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La Revista

No me arrepiento de este amor

Son destinatarios, desde hace siglos, de las más diversas promesas y reciben la devoción de sus fieles, que los adoran en procesiones y en rituales públicos y privados. Los santos populares son parte de una cultura que los quiere, los necesita y los venera.

Por Sin Firma
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gauchito gil

Por Roxana Sandá

Simbolizan lo que la gente no pronuncia ni siquiera a amigos de sangre. Reciben oleadas de un amor indescifrable pero que se puede asir en millones de ofrendas, como si el sello espiritual de la fe que despiertan estuviera construido de ropa, velas, botellas, fotos, regalos y promesas de papel.

Los santos populares conviven hace siglos en el imaginario afectivo nacional, son seres extraordinarios venidos del sufrimiento para otorgar favores y darles sentido a las vidas de quienes los invocan. O quizá, como apunta el escritor Hernán Ronsino en el prólogo de Paganos, una antología de santos populares argentinos, “la vida de un santo popular está tramada por una serie de elementos –más o menos similares– que tienen un impacto en la cultura de un pueblo, un impacto semejante a una conmoción, al dolor. Y, sobre ese dolor, se va tejiendo una sutura mitológica, un encadenamiento de susurros y oraciones que sostendrán en el tiempo una iconografía, un puñado de trazos biográficos”.

EL GAUCHO GIL

En el kilómetro 101 de la Ruta 123 se preparan para venerar al Gauchito Gil. Este mes, el 8 de enero, el Santuario Cruz Gil recibea unas 300 mil personas de todo el país. Sus seguidores aseguran que llegan desde otras regiones. A ambos lados de la carretera Austral de Chile pueden verse los santuarios pintados de rojo o envueltos en banderas de ese color.

Son informaciones más precisas que las del origen, las que dan cuenta del hombre y de su santidad, aunque la Iglesia católica se resista al título y prefiera el de difunto, como sucedió con la Difunta Correa, otra santa a la que en los últimos años se le fue astillando la popularidad: en gran parte es responsable este bandido rural.

El periodista Sebastián Hacher Rivera, autor de Gauchito Gil, una investigación escrita y fotográfica que le llevó cuatro años de peregrinaciones a Corrientes y al conurbano bonaerense, dice que “es un santo a medida, no viene del dogma católico; fue creado por una especie de cultura oral. Cada uno tiene el gauchito que necesita: para algunos significa una especie de Cristo criollo, para otros un talismán. Hay una tumba en Mercedes y en el medio una leyenda. No importa qué fue verdad o mentira, la fuerza que tiene el Gauchito es la fuerza del mito, el personaje histórico quedó eclipsado”.

Son muchas las versiones que circulan sobre su origen; acaso la más difundida es la que habla del gaucho Antonio Mamerto Gil Núñez, ultimado a degüello por sus captores. Gaucho matrero, adorador de San La Muerte –otro santo popular de bajos fondos–, el hombre se enredó en amores con Estrella Díaz, viuda, rica y estanciera también cortejada por el comisario del pueblo.

El peor adversario y la pasión irreprimible por la mujer fueron detonantes: Gil tuvo que escapar y se alistó en la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay. Cuando regresó lo reclutaron los autonomistas para pelear en la guerra civil correntina contra los liberales, pero eligió la deserción. Encabezó una columna de hombres que quitaban lo que les sobraba a los ricos para distribuirlo entre los pobres. La proeza duró poco, lo asesinaron el 8 de enero de 1870 a unos ocho kilómetros de Mercedes.

Un instante antes de que su verdugo le cortara la garganta debajo de un árbol de espinillo, Gil le aseguró: “Al volver a tu casa vas a recibir la noticia de que tu hijo está muriendo por causa de una enfermedad; cuando llegues rezá por mí y tu hijo se va a salvar, porque hoy vas a estar derramando la sangre de un inocente”. Entonces se creía que invocar la sangre de un inocente era milagroso, y algo de eso hubo porque el verdugo encontró a su hijo moribundo, rezó por él en nombre del Gauchito Gil y el enfermo sanó milagrosamente. El hombre volvió al campo de espinillos donde quedó tirado el cuerpo para pedirle perdón y darle un entierro apropiado, allí donde hoy se congregan miles de personas.

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