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La Revista

Que no quede, ni uno solo

La noche del 19 de diciembre de 2001 se condensó la frustración de la ciudadanía frente a las faltas de respuestas de la política y la mala situación económica. Con el disparador de un Estado de Sitio decretado, la furia desembocó en un estallido del que participaron sectores de la sociedad muy diversos. Como consecuencia, el presidente Fernando de la Rúa presentaría su renuncia.

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Argentinazo

La Alianza fue la esperanza a la que apostó la mayoría en las urnas, detrás de un mismo objetivo: terminar con el menemismo. Fernando de la Rúa, histórico radical, junto con el frepasista Carlos “Chacho” Álvarez parecían ser los protagonistas de un cambio de 180 grados para la Argentina. Pero no pasó mucho tiempo hasta que se comprobó que las políticas económicas neoliberales continuaban aplicándose, ahora con Domingo Cavallo reapareciendo al frente del Ministerio de Economía.

Una de las gotas que colmó el vaso fue la llamada “ley Banelco”. El Congreso aprobó la Ley de Reforma Laboral (flexibilización) para responder a una exigencia del Fondo Monetario Nacional. Así, deterioraba aún más el amparo legal de los trabajadores. El titular de la CGT, Hugo Moyano, y varios senadores denunciaron que el Gobierno había sobornado a otros senadores para aprobarla, pero De la Rúa sostuvo a quienes estaban acusados, por lo que el vicepresidente Carlos “Chacho” Álvarez presentó su renuncia el 6 de octubre de 2000, menos de un año después de haber asumido.

Mientras la clase media apostaba a los intereses que generaban sus ahorros en el banco, las grandes empresas fugaban sus capitales y el gobierno volvía a contraer deuda, ahora con el nombre de “blindaje”.

Hacia fines de noviembre, la economía estaba en una profunda crisis y Cavallo tomó la decisión de congelar todas las cuentas corrientes, las cajas de ahorro y los depósitos a plazo fijo: el 30 de noviembre de 2001 comenzó a regir el Corralito. Y lo que siguió fue un camino directo hacia el colapso.

El hambre, las ollas populares, los piquetes, los comedores, los saqueos; la clase media afectada por el corralito, las manifestaciones, las asambleas; los empleados estatales y los jubilados con el salario recortado; los bancos tapiados y quienes habían perdido sus ahorros, encadenados a la entrada; los locales comerciales cerrados; la paranoia del “Riesgo país”; las colas interminables para conseguir trabajo. El calor. El hastío. La destrucción. Y la respuesta violenta del gobierno, como detonador.

El 19 de diciembre a la noche, De la Rúa anunció el Estado de Sitio por cadena nacional, provocando una reacción que excedió a la militancia. Sin redes sociales y con pocos teléfonos celulares, la ciudadanía salió a la calle para organizarse. Los cruces de las avenidas fueron espontáneos puntos de reunión y se marchó, ya de madrugada, hacia la Casa Rosada y el Congreso Nacional, donde la Policía disparó contra algunos manifestantes. En las última horas del 19, Cavallo presentó su renuncia. Desde la mañana siguiente, la Plaza de Mayo fue llenándose de manifestantes y el jefe de la Policía Federal, Rubén Santos, ordenó las primeras detenciones. Lo mismo ocurría en otras ciudades. Eran piedras contra balas, una vez más. Como antesala a los asesinatos que cometerían las fuerzas de seguridad de la Alianza, la caballería atacó a las Madres de Plaza de Mayo, que habían adelantado su tradicional marcha semanal. Volvían a sentir la violencia más cruda del Estado sobre sus propios cuerpos, mientras caminaban tomadas entre todas y apoyadas por la población.

La represión contra los manifestantes siguió durante horas dejando 38 muertos y cientos de heridos. Finalmente, poco antes de las ocho de la noche, un helicóptero despegó del helipuerto de la terraza de la Casa Rosada, llevando a un acabado De la Rúa. Años más tarde, el ex presidente sería sobreseído por la masacre.

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