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La Revista

QUÉ ES LA ECONOMÍA FEMINISTA

Se trata de una perspectiva que va mucho más allá de la brecha salarial. El trabajo no remunerado y el rol que debería asumir un Estado que busque la igualdad entre hombres y mujeres.

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CyC 2344 Agosto 2018(2) Economía Feminista

Por Emilia Erbetta. La riqueza de las naciones, el libro que el escocés Adam Smith publicó en 1776, es considerado la obra fundamental de la economía moderna. La tesis de Smith es que el interés en el beneficio personal es el que guía los comportamientos económicos: los hombres son (somos) homo economicus, calculadoras humanas motorizadas por el ánimo de lucro. Eso, decía, es lo que hace girar al mundo, lo que nos levanta todas las mañanas y nos pone la comida en la mesa. Smith vivía con su madre, Margaret Douglas, mientras preparaba la que sería su obra fundamental. Sin embargo, en los cientos de páginas de su libro, el trabajo doméstico no es mencionado ni una vez: la labor de su madre era invisible a sus ojos. Inspirada en esa invisibilidad es que la periodista sueca Katrine Marçal escribió el libro ¿Quién le preparaba la cena a Adam Smith?, en el que analiza la relación entre economía y patriarcado y cómo la economía ha ignorado –e invisibilizado– los trabajos que históricamente han recaído sobre las mujeres. “La economía a secas omitió durante muchísimo tiempo el rol de la mujer en el sistema productivo. Hay un montón de escuelas de pensamiento, el marxismo, los keynesianos, la escuela neoclásica, pero lo que todas tienen en común es que el rol de las mujeres en el sistema productivo está omitido”, explica desde Nueva York la economista Mercedes D’Alessandro, autora del libro Economía feminista y fundadora del grupo de trabajo Economía Femini(s)ta. “Lo que la economía feminista hace es identificar que, dentro del sistema productivo, las mujeres se ocupan de los trabajos ligados a la reproducción, entendida tanto desde el acto de dar a luz y reproducir la vida, hasta la reproducción de la fuerza de trabajo, en el sentido de que son las mujeres las que preparan a los trabajadores para que puedan ir a trabajar, mientras que a los varones les queda asignado el trabajo productivo, que está asociado con tener un salario.”

A partir de esta identificación, la economía feminista discute cómo incorporar en el análisis y las políticas económicas este trabajo que no obtiene ninguna remuneración y que, paralelamente, tiene un costo para las mujeres en tiempo, en la calidad de vida y en el horizonte de lo que pueden hacer y lo que no. Un trabajo asociado a la idea de “lo femenino”, que muchas veces ni siquiera es considerado como tal.

CADENA DE DESIGUALDADES

La Encuesta sobre Trabajo No Remunerado y Uso del Tiempo realizada en 2013 por el Indec reveló que en la Argentina una mujer que tiene un empleo full time dedica más tiempo al trabajo doméstico que un hombre desempleado: el 76 por ciento de las tareas domésticas y de cuidado recaen sobre las mujeres. Nueve de cada diez participan en el trabajo no remunerado general. Lo que la economía feminista desnuda es la cadena de desigualdades que se originan en esta asimetría primaria, la de la cantidad de tiempo y trabajo que las mujeres dedicamos a los trabajos domésticos y de cuidado: una segunda jornada laboral que ni siquiera es reconocida como tal. Como dice la escritora y activista feminista ítalo-estadounidense Silvia Federici en el libro de D’Alessandro: eso que llaman amor es trabajo no pago.

Según datos del Indec, en la Argentina la brecha salarial por género es del 27 por ciento. Las mujeres ganan menos por igual trabajo y tienen más dificultades para acceder a puestos jerárquicos. “El hecho de que las mujeres realicen más tareas domésticas y de cuidado hace que accedan a puestos peor remunerados, precarizados, flexibles”, explica D’Alessandro. “Estas tareas impiden a las mujeres crecer en muchas direcciones: en sus actividades políticas, de esparcimiento, de formación, en sus propios trabajos. Todas estas cosas se desprenden de esa asimetría de los cuidados y de la naturalización de que son cosas de mujeres que se tienen que resolver de manera privada. Por eso una de las cosas que se piden es la provisión de un sistema de cuidados por parte del Estado para aminorar un poco estas cargas sobre las mujeres.”

Hoy en la Argentina, el 10 por ciento más rico gana 20 veces más que el 10 por ciento más pobre. En esa ecuación, las mujeres llevan la peor parte: entre los más ricos, son sólo el 30 por ciento. Entre los más pobres, el 70 por ciento. Este no es un fenómeno local, sino que, con algunas variantes, se reproduce en las cifras mundiales. Es lo que se conoce como feminización de la pobreza, que se agudiza en tiempos de turbulencias económicas. Es que las crisis golpean especialmente a las mujeres: no sólo porque sus trabajos son más precarios y porque ganan menos que los varones sino también porque, cuando hay menos provisión de servicios públicos, de hospitales, de horarios de guardia, de comedores, de jardines, de escuelas de doble jornada, todavía se espera que seamos nosotras quienes absorbamos estos servicios que el Estado no brinda. “Esa es una de las formas por las que vemos que la crisis afecta más a las mujeres”, remarca D’Alessandro. “Y la otra es que si se mantienen los niveles estructurales, si no hacés ninguna política con perspectiva de género, la brecha salarial, de participación económica, no tiene por qué cambiar.”

Ahora bien: economía con perspectiva de género y economía feminista no son exactamente sinónimos. Para D’Alessandro, aplicar la perspectiva de género sería ver qué les pasa a las mujeres, qué les pasa a los varones, abrir los datos por sexo: una perspectiva que incluso puede estar presente en un trabajo del Banco Mundial, del Banco Interamericano de Desarrollo, del FMI. Eso no necesariamente significa que promuevan políticas feministas. La economía feminista, en cambio, aclara, es una posición política: “Tiene que ver con que eso que interpretamos como diferencias entre varones y mujeres lo queremos transformar”.

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