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La Revista

PUTEANDO SE ENTIENDE LA GENTE

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Por María Seoane. Directora de Contenidos Editoriales

Imagino el siguiente diálogo campestre entre Inodoro Pereyra, el gaucho rebelde (que se llamaba Pereyra por la madre e Inodoro por el padre, porque trabajaba con sanitarios), y su perro Mendieta –acomodaticio y negociador–, rodeados del chancho Nabuco Donodosor II –rey del chiquero– y, a lo lejos, la Eulogia Tapia, la concubina de Inodoro, enorme y fea, tendiendo ropa.

–Dígame, Mendieta, cuando usté se rompió una pata me pidió vacaciones… ¿Y si en una vuelta carnero insensible yo no le hubiera dado vacaciones, usté que haría, eh?

–¿Un paro?

–¡No me mienta, Mendieta! No se hubiera podido parar… Yo que usté me iba para siempre, arrastrándome como yuyo malo. Yo que usté me hubiera rajado una puteada…

Mendieta tiembla. Imagina la soledad y el hambre a campo traviesa…

–Negociemos, don Inodoro…

Me río por este invento atrevido de plagio sin destino. Es que extrañamos tanto a Roberto “el Negro” Fontanarrosa, que murió el 19 de julio de 2007, pero aún vive en sus personajes. Fue uno de los más brillantes humoristas gráficos de la historia. Tan argentino como el colectivo, el dulce de leche y la birome. Y tan culto y exquisito como la historia intelectual resumida en el bar El Cairo, en Rosario, donde pasaba gran parte de su vida, y donde inventó parte de sus personajes entrañables, como Inodoro y su perro Mendieta; como el salvaje mercenario Boogie, el Aceitoso, la mejor y más genial crítica de la violencia imperial y del armamentismo que un humorista haya realizado por estas tierras. Entre 1999 y 2003 estuve en contacto con el Negro, sobre todo telefónico, por nuestro trabajo en el diario Clarín. Por entonces, yo dirigía el suplemento Zona y no pocas veces pedí su auxilio para ilustrar complejas notas de tapa sobre distintos temas nacionales e internacionales, que necesitaban un toque brillante de crítica desde el humor como sólo él podía dar. La última vez que lo vi en Rosario ocurrió poco después de su participación extraordinaria en el Congreso Internacional de la Lengua Española, realizado allí entre el 17 y el 20 de noviembre de 2004. La enfermedad maldita que lo paralizaba lentamente ya hacía sus estragos corporales pero él seguía teniendo destellos imposibles de apagar. En la charla, recordamos ese último día del Congreso. Fontanarrosa había compartido una mesa con cuatro hombres de traje y corbata, entre ellos el ex presidente uruguayo José María Sanguinetti y el editor general de La Nación, José Claudio Escribano. El Negro estaba vestido con un jean y en camisa de manga corta –como si hubiera salido a  pasear por el barrio–, sentado en una punta de la mesa apenas, como cayéndose de la tarima, ante un auditorio repleto. Y dio una de las más geniales clases de literatura de todos los tiempos, mientras hacía ante cada frase, cada cita, un elogio de la rebelión que significa una buena mala palabra pronunciada con todo el énfasis de la pasión. El Negro reivindicó, en esa charla, tres palabras condenadas al ostracismo de la Academia: “pelotudo”, “carajo” y “mierda”. A propósito dijo: “Pero no es ‘mielda’, como dicen los cubanos o los chinos… es mierrrrda…”. Porque, para él, el secreto de esas malas palabras estaba en la pasión con que se entonara la “t” en el caso de decir “pelotudo”; o la “r” en los casos de carajo y de mierda. No es lo mismo, claro: sólo se insulta si se enfatiza la dureza de la “t” o de la “r”. El Negro hizo la más brillante defensa del lenguaje popular, que eso son las consabidas puteadas; cuestionó indirectamente el elitismo de la Academia al dudar de que las llamadas malas palabras debían ser exiliadas de la lengua española. Y reivindicó con pasión: “No sé por qué se les dice malas palabras, si son irremplazables”. Y entonces, genial y entero, profundo y coloquial, terminó: “Lo que yo pido es que atendamos esta condición terapéutica de las malas palabras. Lo que pido es una amnistía para las malas palabras, vivamos una Navidad sin malas palabras e integrémoslas al lenguaje porque las vamos a necesitar”. Y es verdad: decir un carajo a tiempo –frente a una injusticia, por ejemplo– aporta a la salud y a la libertad un beneficio de la gran puta.

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