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La Revista

Personaje: AGUSTÍN TOSCO

Fue el orador de la Córdoba rebelde. Un emblema de lucha. Hijo del pueblo, se crió, se formó y luchó desde y para los trabajadores. Fue la figura clave de los sucesos de mayo de 1969.

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EL ORADOR DE LA CÓRDOBA REBELDE

Por Vicente Muleiro. Nació imprescindible, se fue haciendo. Seguramente ya en la casa de Coronel Moldes, a 50 kilómetros de Río Cuarto, en el sur de Córdoba, donde había nacido el 22 de mayo de 1930 y donde no balbuceó el castellano sino la lengua de sus padres piamonteses que cultivaron las hortalizas y ordeñaron las leches en la parcela que les dio de vivir y a Agustín Tosco, de crecer.

Él, que llegaría a ser el orador más claro de la Córdoba rebelde de los 60 y 70, comenzó a argentinizarse en la escuela primaria. Allí convirtió las pullas de la obvia crueldad infantil por su entonación tana en una búsqueda por atrapar el idioma. Antes de marchar para estudiar el secundario técnico en la capital cordobesa, exornó el hogar de piso de tierra con una biblioteca alzada por sus manos y amontonó ediciones populares de Shakespeare, Hesse, Gorki, Howard Fast, entre los que fueron burilando su ánimo y su empuje. Era, el púber Tosco, como aquel personaje voluntarioso y sensitivo de Edmundo De Amicis que se presiente nacido para comerse el mundo sin hacer aspavientos.

Su reconcentración y su temple, probados en estancias en las cárceles bravas de Córdoba, Misiones, Buenos Aires, La Pampa y Chubut, ya estaban trabajados en las amplias soledades rurales y en las estrechas pensiones urbanas. Había encendido el motor positivista con el que lo había dotado la lectura de Las fuerzas morales y El hombre mediocre, de José Ingenieros, y ante los obstáculos rezaba, sobrio y laico: “La palabra imposible sólo existe en el diccionario de los tontos”.

Esa potencia se mezcló con Karl Marx, creció hasta la devoción con Lenin. Ya estaba metabolizada en su cuerpo cuando a los 18 años ingresó a Epec, la compañía de electricidad provincial. A los 19 años era subdelegado del gremio desde el que coronó su accionar y del que llegó a ser secretario general: Luz y Fuerza, al fin, otro latigazo retórico que rimaba con su personalidad seria pero sensiblera en su rasguear la guitarra con un dedo menos, en el dominguear por los parques cordobeses –alto, atildado, pintón, ocultando una dentadura amarronada por el agua sin filtro de la infancia– detrás de un siempre perseguido profumo di donna.

CÓRDOBA Y DESPUÉS

Armado caballero marxista, padeció la oscuridad carcelaria de la resistencia peronista. En la  década siguiente aceleró con la historia. “Adelante, adelante”, “seguí y seguí”, decía y escribía a sus camaradas. Socialismo, antiimperialismo y antiparticipacionismo eran sus marcas. Con ellas animó las jornadas de lucha en Córdoba, donde se puso al frente de los clasistas aunque con relaciones tensas con Sitrac-Sitram a cuya verba inflamada tildó de pedante y pequeñoburguesa. Con la CGT local, de Elpidio Torres y Atilio López, pactó el plan de lucha que terminó en el Cordobazo, por el que fue preso antes, después y más después aún, con el Viborazo. En todas las marchas iba un paso delante de su columna de LyF, con el mameluco azul y el trapo engrasado en el bolsillo.

En la segunda visita involuntaria al penal de Rawson, los militantes del ERP lo invitaron a aquella fuga que terminó en tragedia. Él dijo que era un dirigente de superficie y no podía quemar su construcción en ese lance, pero se comprometió a mantener en orden el penal mientras los guerrilleros intentaban huir, y cumplió. En 1973 rechazó la oferta erpiana de ser candidato a vicepresidente y apoyó al Encuentro Nacional de los Argentinos en el plano nacional y al peronismo con la fórmula Obregón Cano-Atilio López en el provincial.

A esa altura, los peronistas lo acusaban de anti, la derecha de peligro público, los clasistas de reformista, la izquierda de la izquierda de integrar el PC, la derecha de la derecha de pata sindical de la guerrilla. Pero Agustín Tosco no tuvo adscripción partidaria, en el revuelto insumiso de la época basculaba por una unidad de acción que al fin no diera retorno a los sátrapas. Cuando Perón consintió el golpe de mano –el Navarrazo– que volteó al gobierno de Obregón-López en febrero del 74, empezaba a anochecer en el país. Córdoba pagó su pecado de rebeldía con ogros parapoliciales que anticiparon el perfil brutal del “Cachorro” Menéndez.

El gobierno de Isabel se ensañó con el Gringo, que se volvió un fantasma clandestino en las sierras. Lo escondían sacerdotes del Tercer Mundo: está en Unquillo, no, está en Huerta Grande, no, está en La Calera. Enfermo de muerte, bajó a Buenos Aires. Una encefalitis bacteriana lo apagó. Los claveles rojos tiñeron su ataúd por las calles de Córdoba el 5 de febrero de 1975. Ya muerto, participó en la última refriega contra la represión, en el cementerio de San Jerónimo, donde dispersaron a los tiros a las veinte mil personas que lo lloraban.

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