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La Revista

Parteras de la memoria

En la desesperación por encontrar a sus hijas e hijos desaparecidos, un grupo de mujeres se movi lizó para enfrentar a la dictadura. Emblemas de la resistencia, las Madres de Plaza de Mayo se convirtieron en referentes de lucha. Su prédica es admirada en todo el mundo.

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Por Ulises Gorini. El 30 de abril de 1977, un pequeño grupo de madres de desaparecidos se instaló en la Plaza de Mayo para reclamar al dictador Jorge Rafael Videla por el paradero de sus hijos, y empezó a cambiar la historia. El bloque cívico-militar que había usurpado el poder político poco más de un año antes creía haber previsto todo para llevar adelante su proyecto regresivo. Al tiempo que montaba el aparato represivo más feroz de la historia argentina, con la desaparición forzada de personas como arma principal para aniquilar a los sectores más indóciles a sus planes, contaba con la complicidad y la neutralización de amplios sectores políticos, sociales y sindicales, la censura y autocensura de los grandes medios de comunicación, el aval de la jerarquía eclesiástica, el respaldo de las corporaciones económicas de la industria y el campo, el silencio hipócrita –cuando no el apoyo activo– de las principales potencias mundiales y el terror para disciplinar al pueblo.

La derrota política, ideológica, militar y social de la oposición, en especial de las organizaciones de la izquierda nacionalista revolucionaria, de la izquierda marxista, de los sectores radicalizados de los partidos tradicionales y de los movimientos sociales, limitaba al extremo las posibilidades de la resistencia y dejaba allanado el camino de los dictadores.

Pero cuando creían tener el poder más omnímodo y la impunidad más absoluta, ocurrió lo imprevisto: como si salieran de la retaguardia del sistema, un grupo de madres que enarbolaban los valores más tradicionales de la maternidad y la familia, que sólo invocaba el amor y cuidado de sus hijos como fundamento de su reclamo, se instaló en la Plaza de Mayo, el mayor escenario político y simbólico de la Argentina, y trastocó sus designios.

LA CONVOCATORIA DE AZUCENA

La idea fue de Azucena Villaflor de De Vincenti. Desde la desaparición de su hijo Néstor, el 30 de noviembre de 1976, había hecho lo que hacían todos los familiares: presentar habeas corpus, recorrer hospitales y morgues, comisarías y cuarteles. Pero nada había dado resultado y, lo que era más desesperante, se había dado cuenta de que era una trampa. El arma de la desaparición implicaba el mayor hermetismo sobre el destino de los secuestrados y la complicidad del sistema judicial. ¿Qué hacer? Lo único que se le ocurrió no podía hacerlo sola. Entonces empezó a recorrer esos mismos juzgados, cuarteles y oficinas oficiales, pero para hablar a las otras madres. “Así no conseguimos nada. Nos mienten en todas partes, nos cierran todas las puertas. Tenemos que salir de este laberinto infernal. Tenemos que ir directamente a la Plaza de Mayo. Ser cien, doscientas, mil. Y que nos vean. Y quedarnos allí hasta que Videla se vea obligado a recibirnos”, repetía Azucena.

Pero el día elegido, por error, fue un sábado. El dictador no estaba en la Casa Rosada, y los numerosos empleados y oficinistas que durante la semana atraviesan la plaza y hubiesen podido verlas a ellas y su drama tampoco trabajaban. Para colmo solamente concurrieron a la cita unas trece o catorce madres. Nadie, ni la policía, advirtió sus presencias. Sin embargo, ese día se inició un proceso de acumulación de fuerzas que, finalmente, horadaría la espesa trama que pretendía ocultar la siniestra represión desatada por la Junta Militar. A pesar del traspié inicial, cada vez serían más numerosas. Y se plantarían en la Plaza a despecho del Estado de sitio, las amenazas y la represión policial.

Las actas secretas de la Junta Militar registran el golpe poco tiempo después: los comandantes están preocupados porque el New York Times reproducía las denuncias de los familiares en la tapa, en coincidencia con un cambio de política en la cúpula del poder imperial. En efecto, la asunción a la presidencia de Estados Unidos del demócrata James Carter enarbolando los principios de la política exterior abría otro frente impensado para los dictadores.

A la par que negaban la existencia de los desaparecidos, intentaban desacreditar a las Madres llamándolas “locas” ante los corresponsales extranjeros. Pero no dio resultado. Es más, uno de esos corresponsales –Jean-Pierre Bousquet– sería el autor del libro Las locas de la Plaza de Mayo, en el que exalta a las Madres y potencia sus denuncias.

¿De dónde habían salido esas locas? No podía ser que un grupo de mujeres, en general amas de casa, sin experiencia política,pudiera poner en problemas a los estrategas de la seguridad nacional. Las organizaciones “terroristas y subversivas” tenían que estar detrás de ellas. La experiencia de todo el siglo XX había sido que, siempre, detrás de organismos de familiares de víctimas de la represión y entidades defensoras de los derechos humanos, estaban las organizaciones políticas. De hecho, la mayoría de las organizaciones existentes respondían a ese mismo patrón histórico.

(sigue en la edición impresa)

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