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La Revista

NOTA DE TAPA – El brazo izquierdo de Perón

Figura olvidada por la historia, hacedor del peronismo de izquierda, gran intelectual del movimiento y a la vez hombre de acción, John William Cooke tuvo una vida breve pero intensa, que sirvió para sentar las bases del peronismo revolucionario. Su ejemplo y su prédica interpelan, desde siempre, a quienes siguen la senda de la justicia social, la soberanía política y la independencia económica.

 

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Nota de tapa

Por Norberto Galasso. Nacido en La Plata el 14 de noviembre de 1919, debió llamarse Juan Guillermo Cooke, pero la influencia irlandesa que predominaba en su familia le otorgó el nombre de John William, justamente a él, que reflexionaría y actuaría desde la izquierda pero sin apartarse jamás de “lo nacional”. En su casa, la política era moneda corriente, pues su padre militaba en un radicalismo democrático, argentino y agrarista, expresión del ascenso de las clases medias. John es un chico muy inteligente, con gran avidez por la lectura que recibe una doble influencia: lo popular, que le llega a través de correligionarios de base, y, por otro lado, la de un país semicolonial, tumbado bajo el peso británico. Incluso su padre, Juan Isaac Cooke, sufre esa deformación europeísta que lo coloca más cerca de Alvear que del “Peludo” Yrigoyen.

Los estudios lo conducen a la Facultad de Derecho de La Plata, donde comparte el fervor aliadófilo al estallar la Segunda Guerra Mundial. Por entonces participa en la Unión Universitaria Intransigente, agrupación estudiantil ligada al Comité Nacional alvearizado, así como también a la agrupación Acción Argentina, conducida por el liberalismo oligárquico: Nicolás Repetto, Federico Pinedo y Victoria Ocampo. En esos años, cree firmemente que Churchill es el líder de la libertad y la democracia del mundo. Pero, en 1944, la vida de John se enriquece cuando se topa con un hombre que le revela el revés de la trama de la Argentina sometida: se trata de César Marcos –diez años mayor que él–, quien, desde su puesto de archivista en una compañía del Ejército, ha venido buceando en la verdadera realidad nacional asumiendo como bandera la neutralidad y el rechazo al liberalismo conservador que predomina en el país. John y César enhebran en esa época una profunda amistad, y Cooke accede de este modo al conocimiento que hasta entonces le había sido negado: un nacionalismo a mitad de camino entre los forjistas y los integrantes del Instituto de Investigaciones Históricas “Juan Manuel de Rosas”.

LA LLEGADA AL PERONISMO

John, unitario y aliadófilo, bebe con ansiedad los comentarios de su amigo César y se aleja de los viejos mitos. Así reelabora profundamente su pensamiento político.

En esos encuentros, también César se enriquece porque, a pesar de todo, ese radicalismo declinante proviene del pueblo antioligárquico y demuele algunas de sus posiciones nacionalistas. Así avanzan ambos hacia una posición nacional y popular, no obstante que John continúa colaborando con su padre en las filas del alvearismo hasta incluso concurrir con él a una cena con el embajador estadounidense Spruille Braden. Por entonces –1945– está creciendo, desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, la figura de un joven coronel que va ganando los corazones de los trabajadores de la Argentina.

En esa época, el padre de Cooke se acerca al gobierno, y no obstante su posición alvearista, pasa a integrar las filas de quienes entienden que Perón prosigue la trayectoria de Yrigoyen. Al mismo tiempo, John realiza un profundo replanteo político e ideológico y decide acompañar los reclamos de los trabajadores que ven en el joven coronel al hombre capaz de derrotar a las fuerzas conservadoras.

Cooke dirá después: “En el 45 (…) no es que la izquierda hiciera crisis: es que era una parte de la superestructura política del imperialismo y saltó junto con los demás pedazos de esa superestructura (…) El movimiento popular que atacó a la oligarquía y al imperialismo pasó a ser la izquierda por cuanto representaba las fuerzas del progreso nacional y de la independencia del extranjero. Fue una situación revolucionaria, donde los esquemas teóricos no servían. Faltaba una izquierda nacional y ese papel pasó a ocuparlo el peronismo, aunque sin definirse como tal”.

El Partido Laborista y la Cruzada Renovadora del radicalismo resultan los instrumentos del emergente peronismo en la batalla  electoral del 24 de febrero de 1946. John, no obstante su juventud  –apenas con la edad como para ingresar en el Poder Legislativo–, se convierte en diputado, el más joven de los parlamentarios, y muy pronto se gana el apodo de “el Bebe”. Interviene, desde el principio, cuando un diputado radical protesta porque a su bancada le han destinado el lugar de la derecha en el recinto, correspondiéndole la izquierda por provenir del yrigoyenismo popular.

John le responde: “Ustedes ya no son yrigoyenistas, lo fueron (…) Se nos dice que la bancada opositora es la continuidad de un movimiento de tradición histórica popular. Pero se ha producido en el país una quiebra total y una confusión de valores que hizo que cada uno buscara la continuidad histórica de las ideas yrigoyenistas en el campo donde han creído que tenía más libre expresión (…) Nosotros creímos que debíamos buscar nuestro rumbo en el pueblo mismo y en la entraña de la masa sufriente. Hay otros que han preferido navegar en oscuros riachos de sucia politiquería y, lo que es peor, pelear por el reparto de los víveres y por ello se han olvidado de la ruta que les marcaban las estrellas y permitieron que el timón fuese empuñado por manos extrañas (…) Somos izquierdistas en un sentido claro, lógico, que es el común acá, por encima de todas las teorías políticas: el de un mayor avance en el sentido de las reconquistas de la igualdad social. Somos los representantes de las masas (…) Hemos de llevar hasta sus últimos alcances la revolución nacional porque, de no

hacerlo, sufriría mengua nuestro decoro de argentinos y de parlamentarios”. De este modo, comienza a destacarse entre sus pares y muy pronto se convertirá en una de las principales espadas

del bloque peronista.

DESEMPEÑO EN EL CONGRESO

El doctor John William Cooke ya no es el gordito aliadófilo de las peleas estudiantiles, sino un legislador brillante que arremete contra los planteos de la oposición radical: “Los hasta ayer valores eternos del librecambio revisten hoy el carácter de mitos. El individualismo capitalista, el principio de libertad absoluta, está en crisis.

El juego de la oferta y la demanda es un sofisma que no convence a nadie (…) La economía clásica ha sido superada: el concepto de Estado gendarme –ajeno a la intervención económica– ya pertenece al pasado y sólo como valor de museo puede de vez en cuando ser exhumado por algunos economistas trasnochados (…) El primer enemigo es la ‘mentalidad jurídico pastoril’ (…) Los enemigos restantes son los intereses foráneos intentando mantenernos en nuestra posición agropecuaria, poco interesados en fomentar el progreso industrial, en cuanto no redunda directamente en su beneficio. Y el último, lo representan quienes quieren aprovechar el progreso industrial en beneficio propio. Los comerciantes e industriales que quieren lucrar desmedidamente al amparo de una situación de incremento de la industria que debe favorecer al país, deben ser perseguidos, para que este error de apreciación recaiga únicamente en perjuicio de los mismos”. Así truena la voz de Cooke en el recinto del Congreso, anatematizando al liberalismo económico que aún será defendido por algunos en la Argentina setenta años después.

En esa lucha de los legisladores por el avance nacional y social, el joven Cooke se convierte en uno de los principales oradores, interviniendo activamente en los debates. Participa en discusiones sobre los más diversos temas, cubriéndose en los debates con la ayuda de César Marcos, citando incluso, entre sus argumentos, los de Karl Marx y Friedrich Engels. Resulta así informante de varios proyectos de ley, especialmente el de la Reforma Constitucional, el de precios máximos y el de expropiación del diario La Prensa. En esa tarea, él mismo recordará que sólo hizo una concesión: cuando votó la ley de enseñanza religiosa en los colegios, oportunidad en que siempre le quedó “la duda de si había procedido de la mejor forma”. Pero en una oportunidad se alza contra las directivas del general Perón cuando, en ocasión del proyecto de ratificación de las Actas de Chapultepec, junto a otros seis diputados, vota en contra por considerarlas atentatorias a la soberanía: “Son un peligro y no una esperanza para los pueblos de América”. Da fuertes argumentos basados en la neutralidad yrigoyeniana y culmina su disertación afirmando: “Honradamente, serenamente, con plena conciencia del voto que voy a dar, opino que las llamadas Actas de Chapultepec y la carta de las Naciones Unidas deben ser rechazadas por el Congreso argentino”. Audacias como estas, en un bloque legislativo alineado disciplinadamente junto al Poder Ejecutivo, le cuestan que al terminar su mandato, en 1952, no sea reelegido en su banca.

COOKE EN EL LLANO

En esos años (de 1953 a junio de 1955) continúa, sin embargo, su lucha desde las bases, y por entonces lanza su revista De Frente. Desde allí sostiene posiciones antiimperialistas y latinoamericanas y disiente, en 1954, del proyecto de negociación petrolera con la empresa yanqui Californian, subsidiaria de la Standard Oil.

De Frente es una expresión nacional y popular, independiente, que acompaña al movimiento peronista. Pero el fervor militante de John no ceja un minuto y cuando se produce la insurrección antiperonista que con los aviones navales bombardea criminalmente el centro de Buenos Aires, se parapeta detrás de la estatua de Belgrano, en Plaza de Mayo, y descarga tres cartuchos de su pistola .45 hacia el bronce de Brown desde donde pretenden avanzar los marinos insurrectos. En medio de la tragedia –cerca de 400 muertos– y mientras el Regimiento Motorizado Buenos Aires intenta controlar el levantamiento, él, con tremenda valentía, se juega entero en defensa del pueblo.

Aplastado el movimiento insurreccional, Perón le reconoce su actitud y lo designa interventor del Partido en la Capital. Pero sólo tres meses dura en el cargo, pues en septiembre se produce el golpe que derroca al peronismo gobernante.

A partir de ese nefasto 16 de septiembre, se lanza a la Resistencia, constituyendo el Comando Nacional junto con Marcos y otros compañeros. “Fue Cooke el único dirigente que sin pérdida de tiempo constituyó un comando de lucha en la Capital que confió a Lagomarsino y a César Marcos”, señaló el general Perón.

TIEMPOS DE CÁRCEL

Pero Cooke cae detenido en la segunda quincena de octubre de 1955 y es encarcelado en la penitenciaría de la calle Las Heras. Desde allí se las ingenia para mantener contacto con los compañeros del movimiento e incluso establecer vínculo con el general Perón, exilado en Paraguay. Al poco tiempo, lo remiten al tétrico penal de Ushuaia y, después, a la cárcel de Caseros. Malos tratos, insultos (“¿con esa panza querías hacer la revolución?”), simulacro de fusilamiento y otra vez al helado ámbito de Ushuaia. Y otra vez a Las Heras, para quebrarle los contactos que logra realizar con sus compañeros. Allí le llega una carta de Perón fechada el 2 de noviembre de 1956 donde lo designa su delegado y, por única vez en su larga lucha, el General declara que John será su reemplazante en caso de su muerte: “Por la presente autorizo al compañero Doctor John William Cooke, actualmente preso por ser fiel a la causa y a nuestro movimiento, para que asuma mi representación en todo acto o acción política. Su decisión será mi decisión, su palabra, mi palabra. En él reconozco al único Jefe que tiene mi mandato para presidir la totalidad de las fuerzas peronistas organizadas en el país y en el extranjero y sus decisiones tendrán el mismo valor que las mías. En caso de mi fallecimiento, en él delego el mando. Juan Perón”.

Poco tiempo después, lo envían otra vez a la cárcel de Caseros, y a fines del 56, al sur, a la prisión de Río Gallegos. Allí convive con diversos compañeros que conforman el abierto espectro del peronismo: el millonario Jorge Antonio, el moderado Héctor Cámpora, el aventurero Patricio Kelly, el sindicalista Gomis y el ex secretario de la CGT José Espejo. Más de una vez, Cooke le ha dicho a Perón que no le tiene estima a Jorge Antonio, y el General ha intentado amigarlos: “Pero, Bebe, Antonio es hombre de la causa. Es peronista. Es millonario pero es peronista”. La respuesta de Cooke es contundente: “Mi general, para mí no hay millonarios peronistas y millonarios antiperonistas. Hay millonarios solamente”.

Sin embargo, con el dinero de Antonio logran sobornar a un carcelero e invertir en los medios mínimos requeridos para fugar. Y el 17 de marzo de 1957, Cooke y sus compañeros logran escapar consiguiendo, con enormes dificultades, traspasar la frontera y llegar a Chile.

En Chile permanece controlado y pasa unos meses hasta que consigue abandonar el país trasandino para llegar en avión a Caracas a encontrarse con Perón, a fines de 1957.

EL PACTO

Los trabajadores peronistas han continuado su lucha iniciada a partir del golpe de Estado de las fuerzas antiperonistas. Sabotajes, caños, huelgas sorpresivas, voto en blanco del 28 de julio de 1957 derrotando a los partidos seudodemocráticos, obleas pegadas a los muros con la inscripción PV (Perón vuelve) a las que una mano “gorila” agrega la noche siguiente “pero muerto”, recibiendo la respuesta al día siguiente con el agregado: “de risa”. Pero el triunfo de los votos en blanco es una victoria moral y los radicales –ahora partidos en UCR del Pueblo (Balbín) y Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI, Frondizi)– se quedan con los cargos y aspiran al poder en las próximas elecciones de febrero de 1958. En Caracas, Perón desarrolla su estrategia y concluye en que es más conveniente votar positivamente al radical menos reaccionario (Frondizi para evitar el triunfo del continuismo gorila a través de Balbín.

Cooke ingresa en estas tratativas conversando con representantes de Frondizi, en especial con Rogelio Frigerio, y participa en el pacto Perón-Frondizi, que se concierta entre fines del 57 y principios del 58. El pueblo quería votar positivamente y el líder entiende que ello resulta lo más conveniente aunque no confía demasiado en Frondizi. En enero de 1958, Cooke se traslada a Montevideo y participa en la política acuerdista, tampoco demasiado convencido. Así se llega a las elecciones del 23 de febrero de 1958 en las cuales Frondizi es consagrado presidente (con cuatro millones de votos), superando a los radicales del Pueblo (con apenas 2,5 millones de votos).

Pero el pacto es detectado por los servicios de la Marina, y los mandos encabezados por el almirante Rojas se niegan a entregar el poder, interviniendo en representación del Ejército el general Pedro Eugenio Aramburu, que consigue celebrar un segundo acuerdo por el cual el poder será entregado pero Frondizi deberá someterse a diversas exigencias de los militares. En esas condiciones limitadas, Frondizi accede al poder el 1º de mayo de 1958. Cooke permanece en Montevideo y recién en noviembre ingresa clandestinamente en Buenos Aires. Dos meses después, en enero de 1959, cuando los trabajadores del frigorífico municipal Lisandro de la Torre, acaudillados por Sebastián Borro, lo ocupan para evitar la privatización, Cooke se suma intentando convertir el movimiento en un paro general contra el gobierno. Pero las fuerzas represivas logran desalojar el frigorífico y los dirigentes moderados del peronismo se manifiestan críticos de la estrategia de Cooke. Da por entonces una conferencia sobre “La lucha por la liberación nacional” intentando conformar una izquierda dentro del movimiento, pero su condición de delegado declina ante la formación del Consejo Superior del Partido Peronista, con dirigentes conciliadores designados por Perón. En esas circunstancias, en abril de 1960, John viaja a Cuba, agitada por la revolución que comanda Fidel Castro.

COOKE EN CUBA

Permanece en la isla hasta diciembre de 1963, ya asumiendo posiciones marxistas, de las cuales venía nutriéndose desde hacía años. Al igual que Hernández Arregui, su concepción teórica marxista se compatibiliza con su acción política peronista. En la isla participa incluso en la batalla de Bahía de los Cochinos, contra la invasión organizada por los yanquis, peleando junto a su esposa, Alicia Eguren. Ya está claro para Cooke que “la revolución nacional debe ser la antesala del socialismo”, como ha ocurrido en la isla, donde ha establecido fuerte amistad con Fidel Castro y Ernesto “Che” Guevara.

En este período, mantiene una intensa correspondencia con el general Perón cambiando ideas, de igual a igual, con su jefe: “¿Para qué queremos obispos, militares y empresarios dentro del peronismo?”, le pregunta Cooke, y lo invita, en nombre de Fidel, a residir en Cuba. Perón le señala que “no es tiempo aún” para residir en la isla y le insiste respecto de la amplitud del frente.

La correspondencia resulta sumamente valiosa y ofrece muchas enseñanzas. A veces se interrumpe y luego se retoma manteniendo Cooke sus posiciones frente al “bendice a tutti” que predica el General.

De regreso en Buenos Aires, Cooke funda la Acción Revolucionaria Peronista y formula fuertes críticas a la burocracia del movimiento, al tiempo que se vincula con movimientos guerrilleros que van surgiendo en América latina. Publica, por entonces, Apuntes para la militancia, dicta varios cursos de formación política y, al producirse el golpe militar del 28 de junio de 1966, lanza el Informe a las bases, con fuertes críticas. Ratifica esa posición en La revolución y el peronismo, en 1967, insistiendo en que el peronismo debe ser la izquierda revolucionaria para conducir a los trabajadores al socialismo, incluso apelando a métodos violentos si fuera necesario, pero hasta en sus últimos escritos sostiene que “Perón no sólo es el artífice de la única época en que el obrero fue feliz sino también el recuerdo, el símbolo de la primavera revolucionaria del proletariado argentino, del momento cenital de las grandes conquistas sociales y las reivindicaciones nacionales. Por eso, su mito se realimenta tanto de la adhesión de los obreros como del odio que le profesa la oligarquía (…) Desde la lucha armada, Perón no es y no será un obstáculo, por cuanto existe una clara y necesaria continuidad histórica entre el proceso del 45 y el proceso revolucionario que hoy comienza a desarrollarse bajo otras formas de lucha integrando un proceso superador las banderas iniciales (…) El prestigio de la conducción revolucionaria de esta nueva generación se cargará con el magnetismo de su antiguo prestigio de sus banderas iniciales”.

Pero Cooke ya está tomado por el cáncer y fallece el 19 de septiembre de 1968, justamente cuando brota en la Argentina la guerrilla de Taco Ralo y las mayorías populares son una impresionante marea social que logrará, tiempo después, el retorno de Perón y las elecciones libres de 1973.

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