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La Revista

NINÍ REGRESÓ “REDEPENTE”

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Por María Seoane. Directora de Contenidos Editoriales

Estos días pensé cómo llamaría Niní Marshall, la más grande cómica argentina del siglo XX, a los focus groups que tanto consume el gobierno. Viajé a mi niñez en los años 50 cuando, sentada al lado de mi madre en el extinto cine Cuyo de Boedo, mirábamos Hay que educar a Niní. Han pasado muchos años, pero el talento de Marina Esther Traverso, Niní o Catita, para desarmar y armar el sentido del lenguaje como una experta porque “su dominio de la lengua es cervantino”, como señaló María Elena Walsh para cuestionar el orden colonizado de asociarla a un “Chaplin con faldas”, desafió al olvido. Imaginé este diálogo entre Catita y Juan Carlos Thorry, su partenaire en radio El Mundo entre los años 40 y 60:

–¿Qué opina de los focus groups que usa el gobierno?

–Pobrecitas. Aunque las focas sean engrupidas, ¡no hay por qué maltratarlas señor, no!

Repasé algunos diálogos desopilantes en los libretos que ella misma escribía y la historia de sus personajes, que fueron publicados en una brillante nota de María Moreno en Página/12 al cumplirse cien años de su nacimiento, en junio de 2003: “‘Catalina Pizzafrolla, a sus pieses. Desde hoy, una amiga más’. Desde el aparato de radio, una voz engolada, siempre repleta de gallos, intentaba poner en escena aquello que, se suponía, era una mezcla de finura y pudor. Y lo hacía para derramar una catarata de retruécanos que un locutor indulgente

–Iván Casado, más a menudo Thorry– soportaba desde su lugar de maestro ciruela o besamanos cultural. Fue así que Niní Marshall logró lo que Picasso y Maradona: que el nombre de uno de sus personajes, Catita, pasara al lenguaje popular como sustantivo. Los otros personajes, Cándida Loureiro Ramallada de López Caldeiras, Miss Mac Adam, Lupe, Jovita de las Nieves Leiva Peña y Obes, El Mingo, Mademoiselle Nitouche, Loli, Belarmina Cueueio, Gladis Minerva Pedantone y Pola Slotzkyn de Kohan, llegaron a transformarse en una suerte de biografía social de Buenos Aires, de un museo oral periódico que atravesaba el aire en las ondas emitidas por radio El Mundo. Sin embargo, no había en ellos ningún rasgo de militancia ni de pedagogía. Irradiaban un populismo hedónico que conservaba mucho de ese arte espontáneo capaz de hacer que toda familia de inmigrantes cultivara la tertulia con zarzuela, recitado e imitaciones y donde la diferencia entre el amateur y el profesional fuera tan difusa como la existente entre el patio y el escenario”. Más adelante: “Thorry enfatiza el papel de corrector, representando al interrogador de un programa de preguntas y respuestas:

Thorry: –La primera pregunta es de geometría. ¿Qué son ángulos?

Belarmina: –Sonángulos son los que se levantan de noche.

Cándida: –Los ángulos son los maridos de las ángulas.”

Este análisis define el mundo Niní, la galería de sus creaciones ancladas en el lenguaje popular y la notable traslación a la vida cotidiana de los argentinos de mediados del siglo XX. En este marzo en que al celebrar a otro gran capocómico nacional como Olmedo –cuya relación con los estereotipos femeninos fue conflictiva y vulgar– podemos ver en los personajes de Niní Marshall un archivo de la mujer, como señaló Moreno, “en todas sus máscaras presentes: Lupe, la mujer golpeada; Belarmina, la sirvienta; Loli, a quien la vejez expulsó del mercado de los encantos; Jovita, más anacrónica por no haberse casado que por haber sido pasajera de La Porteña; Gladis, el loro en que suele convertirse una mujer al intentar hablar en fálico; Doña Pola, mujer empresa más allá de ser dueña de la tienda Los Tres Hemisferios; por último Catita, metáfora de la inadecuación fundamental de la feminidad a la cultura cuyos ‘errores’ bien pueden constituir otro código y cuya lectura del mundo no forma parte de un menos sino la fundación de una estética aún no formulada.” En marzo de 2005, Marilú Marini la representó en Buenos Aires. “Ella –la definió– representa todo un momento social argentino, el gran lapso que va de los 40 a los 60, y no es sólo como visión social sino también poética. Era un espíritu habitado por la gracia.” Fui a ese espectáculo. Amé a Marini y regresé a ese cine de mi infancia junto a mi madre, con cada personaje del Buenos Aires anterior a todos los fuegos, el fuego, que nos dejó redepente Niní.

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