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La Revista

MUJERES SON LAS NUESTRAS

La pelea por la igualdad entre géneros es tan antigua como la cultura. En nuestro país se desarrolló, significativamente, al calor de las luchas por la independencia. Y fue el tópico obligado durante el siglo XX. La legalización del aborto y la violencia contra las mujeres, sin embargo, siguen siendo las principales preocupaciones.

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Por Roxana Sandá. Y en el comienzo fueron el subsuelo de la patria. Bajo ese trazo podría relatarse la historia de las mujeres en la Argentina contemporánea, denostadas o sacrificadas según se tratara la esfera pública o privada que las encapsuló durante siglos para construir una memoria pergeñada por varones. “Ser mujer” significó un inconveniente castigable, el cuenco donde arrojar estereotipos y roles intrascendentes, exponiendo asimetrías con la misma fuerza con que se les impuso la debida moral de la virginidad. Si hasta fines del siglo XVIII abrazar el oficio de actriz, por caso, era sinónimo de prostitución, el transcurso del XIX consolidó un ejercicio desigual del poder a favor de los hombres y recién el siglo XX estalló en una ampliación universal de derechos que aún esperan consolidarse pero que sin duda alteraron para siempre las normas que oprimían, y tantas veces ignoraban, a las mujeres.

“Las ideas, la religión, las doctrinas, fueron contrabandeadas a América por los hombres. Fueron invernadas y desarrolladas por estos. Todos los conceptos y las vivencias de las conquistas son masculinos. El hombre venía, conquistaba o destruía, convertía o esclavizaba, se quedaba o partía. La mujer inexistía. La mujer que estaba vivía terrenalmente umbilicada al sexo y al cuerpo. Era la condición más violenta que le imponía el conquistador, entre otras. Y, sobre todo, estaba soterrada en la tierra que pisoteaba.” Este compendio de fatalidades femeninas que enumera Julio Mafud en Psicología de la viveza criolla remite a aquellas mujeres-víctimas como seres “no vivos” o acaso menos avispados que los varones, diestros ejemplares de lo que fuera abrirse paso en el territorio hostil de las conquistas coloniales. Una historiografía muy posterior y tardía reconoció en ellas, sus madres, sus hijas y sus hijos el don de haber hecho grande a esta Argentina, pero todavía se mira de soslayo que eso sucedió remando desde las más bajas orillas, en un pacto de exclusión ciudadana que había sido firmado después del 25 de mayo de 1810.

ELLAS HACEN

Costureras, modistas, panaderas, cocineras, lavanderas y comadronas de los siglos XVII y XVIII colmaron un aire donde se respiraban usos y costumbres ajenos a una autonomía que en el XIX terminó por oscurecer en pos de la mujer-madre, alumbradora y socialmente feliz. “La sensibilidad maternal fue un aprendizaje de la nueva subjetividad que se abrió paso a lo largo del siglo XIX: lejos de ser un instinto innato, esa creencia se propagó especialmente durante ese siglo”, describe la socióloga y doctora en Historia Dora Barrancos, en Mujeres en la sociedad argentina. Una historia de cinco siglos, para referirse a la asimilación de la sensibilidad materna, de la afectividad y del gusto por cuidar a la prole “a medida que se desarrollaba una actitud algo más reflexiva frente al significado de la procreación”. El quiebre lo impusieron las inquietudes de algunas que hallaron en la política y el poder un sentido menos angustioso de la vida. Ana Perichón, la amante de Santiago de Liniers y activista de su tiempo, y su nieta, Camila O’Gorman, transgredieron bastante más que la simple desestimación del embarazo. Muerta una en el olvido y la otra entre fusiladores, ninguna hizo honor a la dignidad de la Virgen que el culto católico dogmatizó entre 1850 y 1854. Al cabo que tener amantes sería durante décadas una cuestión de hombres y ciertos encuadres morales pesaban como yunque sobre las mujeres. Se cree que una antecesora de la Perichón, la glamorosa Mariquita Sánchez, participó del complot de los fusiles, de 1812, para armar ejércitos patriotas, pero se sabe que las Ezcurra, Encarnación y María Josefa, marcaron el pulso de un activismo militante prorrevolucionario que fue retomado con ardor y eficacia un siglo después, en la figura de Eva Perón.

Es probable que la primera historiadora argentina, Juana Manso, haya sido también la primera mujer pública abandonada por su marido, en 1853, al tiempo que una de las voces más escuchadas y combatidas en el reclamo de la libre expresión y de una educación sexual para todas. Periodistas, políticos e intelectuales intentaron denostarla frente a la sociedad de su tiempo, que observaba con pacatería a esa mujer insumisa. Pretendían callarla para clausurar cualquier iniciativa de empoderamiento. “Feminista inaugural”, dirá de ella Dora Barrancos. “Loca”, la tildarán los diarios de la época. Unas décadas atrás se había sancionado el voto universal para los varones, excluidas de ciudadanía las mujeres en su conjunto, sin acceso a garantías colectivas ni individuales. Pese al ingreso admitido de mujeres a la Universidad de Buenos Aires en la década del 80, con la estrella de Cecilia Grierson, creadora del Consejo Nacional de las Mujeres al que abandonó pegando un portazo en 1900 por el carácter retrógrado y conservador de las damas que coparon la institución. También destacaron Petrona Eyle y Elvira Rawson, comprometidas en las luchas por los derechos femeninos y con los movimientos sociales que entonces acercaban las conceptualizaciones del primer feminismo.

 

(Continuar leyendo en la edición impresa)

 

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