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La Revista

LOS ESTUDIANTES SEAN UNIDOS

Desde que nació a fines del siglo XIX y a medida que se consolidó, décadas más tarde y al fragor de la vida política de la Argentina, el movimiento estudiantil secundario desempeñó un papel significativo en la historia del país.

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Por Valeria Manzano. Doctora en Historia. Investigadora del CONICET. El movimiento estudiantil secundario ha sido un actor muy significativo en la política argentina. Si bien durante buena parte del siglo XX el famoso decreto De la Torre (sancionado en 1936) prohibía la agremiación estudiantil, las escuelas fueron espacios privilegiados para la socialización política de sucesivas camadas de jóvenes, que supieron delinear demandas específicas, organizarse en centros y federaciones e iniciar su participación en el marco de partidos o grupos políticos. La gravitación política del movimiento estudiantil secundario fue de la mano de la creciente importancia numérica de esa rama educativa, una dinámica que despuntó durante los primeros gobiernos de Juan Domingo Perón (1946-1955) y se amplificó en las décadas siguientes. La experiencia escolar fue medular para la emergencia de una nueva cultura juvenil. A la vez que prometía abrir las puertas para un ascenso social que implicaba subir peldaños en la escalera educativa, la escuela secundaria fue también un espacio despreciado: muchos jóvenes creían que allí se aprendían sólo rutinas sin sentido y que eran, por lo tanto, una incubadora del autoritarismo político y cultural que atravesaba a la sociedad argentina. Ese descontento con la escuela secundaria fue, sin embargo, productivo, ya que alimentó un rasgo que distinguió al movimiento estudiantil secundario del universitario: la denuncia de diversas formas de autoritarismo.

LOS ORÍGENES DEL MOVIMIENTO

La organización gremial de los estudiantes secundarios se remonta a fines del siglo XIX y, hasta la década de 1940, se trató de un movimiento circunscripto a los colegios dependientes de las universidades nacionales así como a algunos bachilleres o técnicos. Las primeras experiencias organizativas tuvieron como hilo conductor la insatisfacción de los estudiantes con los castigos corporales y los regímenes disciplinarios de los colegios nacionales. Aunque es mucho lo que falta conocer de esta etapa inicial, hay algunas características que posibilitan considerar rupturas y continuidades con las décadas posteriores. En primer lugar, se trataba de un movimiento fundamentalmente “varonil”, en consonancia con la predominancia masculina muy evidente en esta rama educativa, con la excepción de los liceos y las escuelas normales, cuya matrícula ya estaba feminizada. En segundo lugar, además de los cuestionamientos de los regímenes disciplinarios, las demandas iniciales se centraron en las condiciones de admisibilidad en las universidades. La primera Federación Metropolitana de Estudiantes, creada en 1919, se originó en un conflicto vinculado al examen de ingreso para la carrera de Medicina, lo cual ilustra los modos en que los estudiantes entendían que la escuela era un trampolín hacia los estudios superiores. Mientras que tanto la percepción de la escuela como la composición genérica variaron en la segunda mitad del siglo XX, una tercera característica de esa etapa inicial pervivió: los modos en que fuerzas y grupos políticos extraescolares ayudaron a modelar el movimiento estudiantil secundario. En el contexto de las tensiones ideológicas de las décadas de 1930 y 1940 emergieron, por un lado, la Unión Nacionalista de Estudiantes Secundarios (Unes), alineada con sectores conservadores católicos y nacionalistas, y, por otro, diversos grupos antifascistas, promovidos por la Federación Juvenil Comunista (FJC) y por algunas ramas de la Unión Cívica Radical. De hecho, esos grupos secundarios antifascistas se aliaron con diversas ramas del movimiento universitario reformista en franca oposición a la consolidación del peronismo en el gobierno, al cual entendían como una variante local del fascismo.

Como parte de la “democratización del bienestar” que el peronismo significó para la sociedad argentina, se registró un verdadero despunte en la matrícula en las escuelas secundarias, un proceso que se amplificó en las décadas siguientes. Mientras que en 1945 la matrícula en las ramas normal, comercial, bachiller y técnica sumaba 201.000 estudiantes, en 1955 llegaba a 489.000; en 1965 a 789.000 y en 1970 ya bordeaba el millón. En esta expansión hay algunos rasgos destacables. Primero, la ampliación de los orígenes sociales de los estudiantes. En la década de 1950, las ramas que más crecieron fueron la normal y la técnica; en la siguiente, explotaba la matrícula en la comercial: ambas atraían a hijos de los sectores medios-bajos y de obreros calificados. Segundo, la matrícula de la escuela media se feminizó: en 1950 las chicas representaban un 47 por ciento del total de estudiantes, en 1970 llegaban al 54 por ciento. Si bien durante esas décadas la tasa de deserción escolar rondaba el 50 por ciento, la mayoría de esas deserciones se producía en el tercer año de escolaridad, esto es, cuando los estudiantes completaban el ciclo básico y se hacían con un certificado que les permitía una mejor inserción en el mercado laboral. Fue, así, a partir de la experiencia peronista cuando muchas familias de sectores medios y, ahora también, trabajadores podían afrontar que sus hijos e hijas avanzaran peldaños en la escalera educativa y, con ello, se relanzaba el viejo ideal de ascenso social mediado por la educación.

 

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