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La Revista

LA REBELIÓN STONE

Es acaso la mayor experiencia del rock a nivel mundial. Con 55 años de trayectoria, la banda liderada por Mick Jagger y Keith Richards incluso generó una cultura propia, como la que existe en la Argentina entre sus fans. Aquí, una historia social de los Rolling Stones.

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Nota de tapa

Por Alfredo Rosso. En los años que siguieron al final de la Segunda Guerra Mundial, Inglaterra se enfrentaba a una dura realidad: la contienda se había ganado, pero a un precio muy alto. Las principales urbes inglesas mostraban las cicatrices que habían dejado los bombardeos alemanes y en la mente de sus habitantes todavía estaba muy presente el racionamiento de alimentos y la austeridad general que siguió al cese de hostilidades. Se trataba, sin duda, de un país muy diferente a aquel orgulloso imperio de la era victoriana en cuyos dominios ecuménicos, como les gustaba decir a sus súbditos, el sol nunca se ocultaba. Ante este panorama desalentador, los adolescentes ingleses de los años 50 encontraron una panacea en la nueva música, que llegaba de los Estados Unidos y que era dinamita pura: el rock and roll de Elvis Presley, Little Richard, Chuck Berry, Carl Perkins y demás pioneros. Un ritmo irresistible que fue mucho más que un nuevo estilo musical para convertirse en una auténtica revolución social. De repente los jóvenes tenían una música propia y con ella descubrieron también una nueva identidad y una nueva escala de valores, diferente a la de sus padres y maestros. No es casualidad, entonces, que el rock and roll encontrara una sólida resistencia de parte de los mayores de la sociedad de entonces.

Hacia finales de la década, esa primera ola de rock and roll había perdido su impulso inicial en Estados Unidos, pero su influencia permanecía intacta en Inglaterra.

Con el cambio de década, surgieron los Beatles en Liverpool y, luego de pulir sus habilidades y su temprano repertorio en los clubes de mala fama de Hamburgo, pegaron un salto cualitativo sorprendente, que en un par de años puso el mundo a sus pies. Más allá de sus melodías contagiosas y sus grandes armonías vocales, los Beatles transmitían un elemento extra de optimismo, de alegría de vivir.

En Londres, mientras tanto, nacía una movida diferente. Sus integrantes habían ido más atrás en el tiempo en su búsqueda musical, hasta el blues del delta del Misisipi y su versión eléctrica de Chicago. Esa música sensual, vibrante y melancólica a la vez, encontró oídos aguzados y corazones abiertos en aquellos jóvenes londinenses recién salidos de la adolescencia. Amaron instintivamente la brutal honestidad de esos sonidos que producían hombres con nombres más propios de hechiceros o de sabios jefes indios que de cantantes: Muddy Waters, Howlin’ Wolf, Robert Johnson, Bukka White.

Estos muchachos, entre los que se encontraban Mick Jagger, Keith Richards y Brian Jones, necesitaban un santuario, un trampolín desde donde pegar el salto hacia sus sueños musicales, y la Blues Incorporated de Alexis Korner (un pionero en el desarrollo del blues británico) se los proporcionó. Después de hacer sus primeras experiencias con Korner en el Ealing Club del oeste de Londres, Jagger, Richards, Jones, más el piano de Ian Stewart y la base rítmica firme de Bill Wyman y Charlie Watts salieron al ruedo por cuenta propia. Nacían los Rolling Stones.

 

(sigue en la edición impresa)

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