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La Revista

LA PATRIA GRANDE ES UN SUEÑO ETERNO

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Por María Seoane. Directora de Contenidos Editoriales. Si hubo una pasión en San Martín fue el sueño de la independencia y la unidad de Sudamérica. Volvió de España en 1812 para resguardar la revolución y la independencia iniciadas el 25 de mayo de 1810. Volvió para hacer posible el sueño revolucionario de Moreno, Belgrano, Monteagudo. No volvió para proteger los negocios de los hacendados del puerto de Buenos Aires: para eso estuvieron Carlos María de Alvear, con su idea de ofrecer el protectorado de las Provincias Unidas del Río de la Plata a Inglaterra, y Rivadavia, ya entregado a la Corona inglesa y su banca Baring Brothers, justamente un año después del comienzo del exilio de San Martín en 1824. El general del Ejército de los Andes sabía que la independencia sólo podía logarse con una derrota militar del ejército colonial español y la unidad sostenida por los patriotas de toda Sudamérica. Por eso, en 1814 –luego de formar el Regimiento de Granaderos y haber derrotado a los españoles en la Batalla de San Lorenzo– se hizo cargo del Ejército del Norte reemplazando a Belgrano y nombrando a Güemes al frente de las montoneras que defendieron la frontera norte del país. Con la espalda cubierta, San Martín preparó su plan continental: liberar Chile y de allí embarcarse a Perú, sede del poder realista. En 1817, cruzó los Andes e inició el decurso guerrero y político: todo lugar liberado era una nueva nación que daba prioridad al fin de la esclavitud y el comienzo de derechos civiles en las protorrepúblicas de Sudamérica. En 1818, proclamó la independencia de Chile. Antes de sellar su alianza con Simón Bolívar, San Martín se negó a combatir contra los caudillos federales por orden del Directorio porteño y a levantar su espada contra Artigas. En 1820, cuando estalló la anarquía en Buenos Aires, renunció a comandar el Ejército de los Andes pero fue confirmado por sus compañeros de armas como jefe de la expedición a Perú. Estaba claro que el espíritu independentista y anticolonial no era el de la elite gobernante porteña, pero seguía intacto en quienes acompañaban al gran jefe. En 1821, San Martín proclamó la independencia de Perú. A partir de entonces, se intensificaron los contactos con Bolívar para definir la unidad militar y política sudamericana. En 1822, se encontraron en Guayaquil. Consciente de que no podía ya contar con el apoyo de la elite porteña, lanzada a una guerra civil contra el interior, San Martín entregó la conducción de la guerra a Bolívar y se instaló en Perú. En diciembre de 1824 en Ayacucho, el mariscal venezolano Antonio José de Sucre derrotó definitivamente al ejército colonial español. Con la estrella en ascenso de Rivadavia, que negociaba la recolonización con los ingleses, San Martín ya no pudo volver a Buenos Aires. En 1828, el golpe de Estado contra el gobernador Dorrego por parte del general Lavalle, y su fusilamiento, lo convencieron del camino definitivo del exilio. Un último gesto de su alineamiento con la causa de la defensa contra cualquier intento de dominación de la Patria Grande sudamericana fue ofrecer sus servicios a Rosas en 1845 ante el bloqueo anglofrancés en la Vuelta de Obligado. San Martín lo felicitó por ese triunfo, y en su testamento ordenó que se le diera su sable corvo con el que defendió la libertad de la Patria Grande. Desde entonces, esa idea independentista y de unidad anticolonial fue tomada como programa político por los líderes populares latinoamericanos en el siglo XX ante el surgimiento de un nuevo poder imperial expresado por los EE.UU. Se escuchó así a Perón y Getúlio Vargas; Fidel y el Che; Néstor Kirchner, Lula da Silva, Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa. Y se conocieron una y otra vez a lo largo de los siglos XX y XXI los nombres de la entrega de soberanía, inscripto en los gobiernos de la derecha neoliberal desde los jerarcas militares golpistas hasta los civiles que, como Macri o el brasileño Temer, no juraron defender la patria. El corolario de sus triunfos es, precisamente, disolver en el capitalismo financiero y offshore, tanto el Mercosur como el ideario de integración política expresado por Unasur. La faena no sólo será aniquilar la idea de la Patria Grande; también entregar sus recursos naturales como última ratio del neocolonialismo. Hacerlo como si San Martín y Bolívar jamás hubieran existido. Más feroz aun: como si CFK y Lula y Evo y Maduro ya no existieran.

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