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La Revista

LA HISTORIETA ARGENTINA FONTANARROSA MEDIANTE

Precursor de un estilo propio, el Negro se formó en su admiración hacia los grandes del humor gráfico. En este recorrido, que es también un homenaje a diez años de su partida, aparecen su obra, sus inspiraciones, sus aportes y su legado.

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Nota de tapa

“No me interesa demasiado la definición que se haga de mí. No aspiro al Nobel de Literatura. Yo me doy por muy bien pagado cuando alguien se acerca y me dice: ‘Me cagué de risa con tu libro’.”

Por Judith Gociol. ¿Quién es Fontanarrosa? inquiere desde el título el primer libro de humor gráfico del susodicho y promete develar esa identidad en la página 3. La respuesta quedó a cargo del propio autor, que se refiere a sí mismo en tercera persona: “Roberto Fontanarrosa es un sujeto de estatura mediana, con barba y temperatura inferior a la normal (…) Tiene 28 años, ha vivido siempre del dibujo y a juzgar por los resultados obtenidos también morirá de eso”.

Esa compilación iniciática apareció en 1973 y fue una suerte de marquesina en letras de neón para este dibujante que empezaba a jugar en primera, si no en el fútbol –su deseo frustrado– al menos en las viñetas. Para entonces, colaboraba en tres espacios que resultaron hitos en la historia del humor argentino:

* La revista cordobesa Hortensia. Creada por Alberto Cognigni, partió del costumbrismo y el registro de los “negros cordobeses” en una ciudad que se bautizó a sí misma La Docta, mientras escondía un pasado de prostíbulos y esclavos. El quincenario llegó a ser una vidriera para dibujantes de todo el país y una referencia obligada para cualquier publicación posterior nacida en las provincias. En esta oportunidad, la renovación gráfica no surgía del epicentro de Buenos Aires, sino de otro de los polos culturales nacionales. En Hortensia aparecieron por primera vez Inodoro Pereyra y Boogie, el Aceitoso, dos parodias ideadas por Fontanarrosa sin más intenciones que las de un juego, que se transformaron en dos célebres y longevos personajes: un gaucho renegáu con un perro que oficia de la voz de la conciencia y un impresentable matón a sueldo.

* El mensuario Satiricón. Con la aparición de esta publicación fundada por Andrés Cascioli, Oskar Blotta y Pedro Ferrantelli se perdió la ingenuidad. Lo que caracterizó el humor de la revista fue su falta de piedad. Y eso requirió de un nuevo tipo de lector, dispuesto a tolerar los cachetazos de la realidad sólo si se la ofrecían a través de una desprejuiciada carcajada. “La cuestión –anunciaron los editores en el número uno– sería mirarse en el espejo y reírnos. Un ejercicio saludable practicado muchas veces por los pueblos sabios.”

* El diario Clarín. Ese 1973, el matutino decidió publicar una página de historietas y humor gráfico nacionales que, poco después, se instaló en la contratapa, razón por la cual los lectores instauraron la sana costumbre de empezar a leer el diario por la parte de atrás.

A esa altura De la Flor –hoy reconocida como la casa de los humoristas– ya publicaba Mafalda, y con la incorporación de Fontanarrosa sumó a otro goleador. El sello lanzó casi sesenta títulos de humor gráfico del rosarino y más de una docena entre cuentos y novelas, al ritmo de dos libros por año en promedio, a lo largo de unas tres décadas y media. Incluidos los tiempos de la última dictadura militar, cuando sus editores de toda la vida, Daniel Divinsky y Kuki Miller, fueron encarcelados y forzados al exilio y el sello pudo sostenerse gracias a la confianza de Quino y de Fontanarrosa, que no retiraron sus obras.

El mismo año de las marquesinas, el escritor Juan Carlos Martini publicó el primer libro de narrativa de su amigo, Fontanarrosa se la cuenta, en su pequeña editorial Encuadre.

En síntesis: ese 1973 fue un condensado premonitorio del prolífico derrotero humorístico y literario de este autor, cuya creatividad iba al ritmo de la industria cultural y mediática.

 

(sigue en la edición impresa)

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