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La Revista

LA ENTREVISTA: Solá, Varchausky y El Ministro

Rockeros por pertenencia generacional, heredaron la música del arrabal por vía paterna y se formaron investigando y escuchando a los grandes. Hacen tango hoy, ya sin necesidad de pedir permiso. En este reportaje coral, Varchausky, Solá y El Ministro hablan de la identidad de un género que vive resignificado.

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La entrevista (Tango)
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Por Virginia Poblet. Desde diferentes lugares, desde diferentes ópticas y fascinaciones, los tres se zambulleron con ganas en el laberinto del tango, dispuestos a sacarle el jugo a un género tan cautivante como esquivo, que esperaba agazapado a que lo sacaran del arcón de los recuerdos. Por pasión y por curiosidad, los tres, Ignacio Varchausky con la clásica orquesta El Arranque; Dolores Solá, animándose al tango canción desde La Chicana, y El Ministro, con su bandoneón y la Fernández Fierro aportándole actitud rockera, generaron, sin proponérselo, un nuevo movimiento tanguero que logró quedarse y promete expandirse.

–¿Ustedes mamaron el tango, lo escucharon en casa?

Dolores Solá: –Yo sí, tengo un padre muy tanguero, de hecho nunca fui rockera, siempre fui medio freaky.

Ignacio Varchausky: –La mía era una casa de melómanos donde convivían música clásica, brasileña, jazz, Beatles y alrededores. Era una discoteca hermosa, ecléctica, que fuimos descubriendo de a poco. Mi viejo quiso que escucháramos a Corsini y ahí se resignificó mi atención hacia la música. Yo era un adolescente que tocaba rock, pero sentía que no tenía onda tocando eso. Con el tango sentí que era lo mío de inmediato, algo por donde me podía encontrar. Y ahí aparecen los raros como vos.

El Ministro: –Yo soy de la Patagonia, de Cipolletti, y allá no se escuchaba tango. Me compraba un CD cada dos meses más o menos, que era para lo que me alcanzaba. Mi colección eran unos 16 CD de The Cure. Así aprendí a hablar inglés.

V.: –Y que los hombres no lloran.

M.: –¡Claro! Cuando vine a estudiar a Buenos Aires conocí a Rodolfo Mederos. Y descubrí el tango por el bandoneón. Es una pena no haberlo escuchado antes. Empecé por Piazzolla, el Sexteto, que es la parte más violenta, y después vi que toda la violencia está en Pugliese.

–En diferentes reportajes, los tres han hablado de Led Zeppelin. ¿Qué conexión le encuentran con el tango?

V.: –Cuando disfrutás de la música como una gran entidad, no hay contradicción: hay cuestiones estéticas, cosas que te hablan o no te hablan. A mí me gusta mucho la poesía: hay grandes autores que no me dicen nada y capaz que algún poeta medio atorrante me vuelve loco. Y no hay contradicción. Estando adentro del tango te das cuenta de que tampoco. Pero cuando empecé sí tenía un montón de prejuicios.

–¿Qué prejuicios?

V.: –¿Es tango o no es tango? Ese es el primero. Vos que admirás esa música y querés ser parte, comprás el discurso también, adoptás esa forma de pensar que finalmente te aleja de un montón de música linda. En El Arranque al principio hicimos un enorme esfuerzo por pertenecer a esa familia, y en un momento nos dimos cuenta de que no nos gustaba cómo pensaba la tía Berta o ese señor facho. Éramos parte y estábamos incómodos. También es una cuestión de edad y de evolución.

M.: –Es que el tango es una tribu urbana. Están los milongueros, los bailarines, los músicos. Yo hubiera pertenecido a la tribu de emos, pero no existía. Era gótico. Pero no, yo me cago de risa todo el día, no soy emo.

S.: –Yo no puedo escuchar el primer disco de La Chicana porque canto como haciéndome la tanguera. Es una necesidad de afirmarse en algo que todavía no es tu terreno seguro. Es lógico, después uno va haciendo su camino. Con La Chicana nunca terminamos de entrar en el mundo del tango. Al tener composición y música propias, estamos medio amotinados desde el inicio, a pesar de que al principio nos dieron bola los tangueros porque tocábamos temas clásicos de la guardia vieja.

V.: –Ahí coincidimos los tres: todos empezamos pidiendo permiso. La Fernández Fierro con Pugliese, La Chicana con la guardia vieja y nosotros, vestidos prolijitos, tocando al estilo. Lo más importante de cualquier arte es encontrar la verdad de uno, qué tenés para dar. Nosotros por suerte entendimos rápido que no veníamos a revolucionar el tango.

S.: –Está bueno el lugar que ocupamos generacionalmente, creo que abrimos un juego al que ahora acceden los pibes. El tango era un género muy cerrado en sí mismo y tiene mucho nivel en todo sentido: interpretación, composición, poesía. Es difícil animarse al tango. No podés hacer changa-changa y cantar como el culo. En el rock sí podés cantar como el culo, en ese sentido es más generoso. Me parece fundamental lo que logramos, sin querer, que es abrir puertas, transmitir que no hay que tener miedo.

V.: –Hoy el tango no echa a nadie, cada uno hace lo que se le canta y está buenísimo.

–¿Entraron pidiendo permiso por temor o porque del otro lado realmente había miradas inquisidoras?

  1. M.: –Para nosotros, ese pedir permiso fue tratar de hacer algo parecido a Pugliese, aprender a tocar en orquesta teniendo orquesta. Casi como si fuéramos una banda punk. “Yo puedo tocar más o menos esto, yo me animo a este instrumento.”

–Pero querían tocar temas de Pugliese, no de Sex Pistols. Y estudiaban.

M: –Sí, hay que estudiar mucho, pero el espíritu está en cómo lo encarás. Tiene que ver con esto de Led Zeppelin, que es de cuando el rock no estaba tan pasteurizado, tan mercantilizado, de cuando seguían buscando un sonido auténtico, aguerrido. Desde ese disconformismo nos metimos en el tango, un poco a las patadas.

S.: –Uno empieza una búsqueda, no se quiere parecer a esto y le gusta esto otro. Así va formando su público también. Nosotros decíamos: “Yo no quiero tocar tangos para viejitos jubilados tangueros reaccionarios, no me interesa ese público”.

M.: –Ese es el punto de partida. Nosotros teníamos bien claro qué no queríamos.

–¿Y qué no querían?

M: –No queríamos al tango como una cuestión patriotera ni como evocación melancólica del farolito que ya no está. Estuvimos siempre de acuerdo en captar algo del espíritu de Pugliese en todos sus sentidos.

V.: –En cambio, nosotros estábamos obsesionados con lo que sí queríamos: emular el lenguaje, esa música que tanto nos calentaba. Nos pegábamos una revolcada con Gobbi y después tocábamos nosotros y era una mierda. Pero queríamos aprender ese idioma para después buscar qué teníamos nosotros para decir. Llamábamos a los viejos, los entrevistábamos.

–¿Y contestaban?

V.: –¡Sí! Pero uno preguntaba por la receta mágica y por ahí te la daban. Lo que no te decían es que tardaba veinte años en cocinarse… Nuestro viaje era captar el perfume de esas grabaciones que tanto nos gustaban.

S.: –Lo nuestro es más canción, por eso estábamos más con la búsqueda en Gardel-Le Pera, con todo respeto, que en las orquestas. Entiendo que en la orquesta hay una necesidad de bucear y aprenderse el último yeite, el último acorde, para después tener todas las armas.

–Y la búsqueda de la canción también tiene ese inconveniente: las letras deben cambiar un poco.

S.: –Hay una delgada línea. Si te la pasás hablando de la vieja y el farolito, es forzado, pero por otro lado esos tangos que hablan de internet y el delivery me resultan horribles. Recurren a esas palabras para decir: “¡Che, este tango es de hoy, eh!”.

M.: –Una canción tiene que ser de temas metafísicos, que son siempre actuales.

S.: –Tal cual, de qué otra cosa vas a hablar. Yo no compongo en La Chicana, hablo por Acho, algún farolito se le escapó, pero no cae en esas tentaciones.

–¿El tanguero tiene necesidad de encasillar?

S.: –Recuerdo que invitamos a Ben Molar a la presentación del segundo disco. Él estaba recopado con nosotros… Se indignó: “Con los tangos que hay, ¿cómo tienen la osadía de componer tangos nuevos?”. Por supuesto, yo no pretendo crear tangos que tengan la estatura de los de Homero Manzi, pero si vos pensás que te están escuchando Manzi, Arolas y De Caro en la primera fila, cagaste, andate a tu casa.

–Sería casi como un género muerto.

M.: –De hecho hay grandes maestros que dicen que el tango se murió y lo que hacen los jóvenes hoy no es tango.

V.: –Una de las grandes máximas de Emilio Balcarce era: “Cada época tiene su repertorio”.

S.: –Yo creo que al entrar en una cierta decadencia después de los años 50, por más que después vinieron Ferrer y otros, el tango tuvo la necesidad de defenderse, de cerrarse. Y se creó un resentimiento que culturalmente es una cagada, una forma de agobiar un género. Al principio había pibes que venían a ver a La Chicana y nos decían: “A mí no me gusta el tango pero me gustan ustedes”. No, a vos te gusta el tango pero todavía no lo sabés, andá a escuchar Nelly Omar.

–¿Fue muy difícil introducirse en la escena?

V.: –Había una curiosidad, todos empezamos con un sorprendente entusiasmo del público.

M.: –Nosotros formamos el club que tenemos ahora porque nos aburríamos en la milonga. En 2001 tocábamos en la calle. Lo llamábamos tango antipánico, por la manera de difusión, la muestra gratis. De hecho, un bandoneonista nuevo que tenemos nos dijo que nos escuchó en la calle y se fue a aprender. Eso pasa cuando hacés cosas fuera del circuito: salís de la escena para volver a meter gente a la escena. Además también nos gustaba la joda, no éramos para la milonga de La Ideal, queríamos un lugar para tomar un fernet. Tuvimos que reinventar al público. Todos los que estamos acá hicimos un rejunte de otros freakies.

S.: –Armamos distintos caminos. Nosotros debutamos en La Viruta. Hace veinte años había muy pocas orquestas de tango, éramos muy pocos músicos jóvenes. Y nos llamaban para tocar en la recepción del emperador de Japón o para el príncipe Carlos. Ahora no nos llamarían ni en pedo.

V.: –Todos empezamos pidiendo permiso, pero a la vez, como éramos poquitos, teníamos mucho espacio. Sin que uno tomara demasiada conciencia, pertenecíamos a un grupo generacional que venía a apropiarse de ese espacio.

–¿Y ahora hay espacios para tocar?

V.: –Respecto de los creadores, los intérpretes, es la fiesta más exitosa del tango en décadas. Sin embargo, hay un abismo entre la oferta que hay, el público y los lugares para tocar.

M.: –El tema es que hoy es la entrada. No sólo para el tango, para todos los músicos se cortó lo del disco. Ahora sobrevivís tocando.

S.: –Y todos salimos a tocar. Desde León Gieco para abajo, todos.

M.: –Es una situación complicada. Hace cinco años que no se habilita un solo espacio para música en vivo en Buenos Aires. Con la Cámara de Clubes de Música en Vivo (Clumvi), que se formó hace poco, intentamos modificar la ley de clubes de música para que sea posible habilitarlos. No son lugares masivos, no son peligrosos y no se habilitan por una mera cuestión paranoica.

–O sea que cada vez hay más músicos pero los lugares siguen siendo los mismos o menos.

S.: –Se dan situaciones ridículas. El Festival de Tango de la Ciudad programa a Cucuza Castiello con “El tango vuelve al barrio”. Es una movida alucinante que armó en una esquina de Villa Urquiza, en El Faro. Lo programan, pero al mismo tiempo el Gobierno de la ciudad que lo promociona no lo ayuda. Es una esquizofrenia. La cultura no es solamente un festival, es ayudar a que existan lugares en los barrios donde se pueda tocar, que no caiga una inspección que lo haga mierda.

V.: –Es un despropósito. Uno podría esperar o pedir o querer un montón de acciones concretas desde el Estado para ayudar al tango, con todo lo que implica: la identidad porteña, el patrimonio cultural, etcétera. En general, se ha hecho poco y nada desde el Gobierno. Sin embargo, este yuyo que es el tango sigue creciendo al punto de que se arma este festín de intérpretes y creadores. En todo caso, si no colaboran al menos no entorpezcan su crecimiento natural. Encima después esquizofrénicamente se reivindica y se utiliza políticamente porque funciona.

M.: –Gracias a que soy músico y tengo el club, estoy de los dos lados del mostrador. Tenés todo en regla, los matafuegos, todo, necesitás que alguien te firme un papel para habilitar, nada más, y te la complican. Te obligan a ser clandestino. Cuando armamos Clumvi, entraron lugares como el Vinilo, Thelonius, el Salón Pueyrredón y empezamos a hacer cuentas. Son tres mil personas por noche. Movemos cincuenta veces más gente que el Colón, que se lleva la mitad del presupuesto de Cultura de la ciudad. Todavía falta para entender las consecuencias de Cromañón. Más allá de la tragedia de aquella noche, todo eso derivó en que no se abran nuevos clubes. Los músicos ni saben el esfuerzo que hay que hacer para que existan estos lugares. Está bueno que ahora fomenten El Faro.

S.: –Sí, es un lugar con más mística que otra cosa que se instaló a fuerza de perseverancia, por eso da bronca que lo absorban para el Festival. La puta que lo parió, hiciste todo para que no existan esos lugares y ahora te apropiás de la mística de algo que no entendés, que estás matando.

M.: –Ahora no puede haber músicos ni en la calle, los están echando. Es el último lugar que te queda. Y si ni siquiera te dejan la calle, están matando el arte.

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