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La Revista

LA ENTREVISTA – LUIS FELIPE NOÉ

Con Carpani compartieron el objetivo de retratar lo que sucedía a su alrededor y desafiar las convenciones de la época. Cada uno eligió su camino estético, pero con el tiempo se hicieron amigos y admiradores.

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Noé

Eran muy distintos pero al mismo tiempo parecidos. Contemporáneos –Luis Felipe Noé nació en 1933 y Ricardo Carpani en 1930–, atravesaron el arte en ese momento de la historia argentina en el que la cultura y la política comenzaban a cruzarse. La Nueva Figuración –con Ernesto Deira, Rómulo Maccio, Luis Jorge de la Vega y Noé– y el movimiento Espartaco nacieron, como los mismos artistas, con dos años de diferencia. Sin embargo, la Otra Figuración –así se autodenominaba el grupo– y Espartaco compartían la búsqueda pero no las formas. La tarea en común era el trabajo por objetivar una imagen que reflejara su propio entorno: el Buenos Aires y la Argentina de su época.

Corría 1959 cuando Noé y Carpani se conocieron. Cuenta Noé cómo fue el encuentro: “Lo conocí en ese año. Pero nuestra amistad nació diez años después. El 59 fue un año muy especial. Cuando se habla de la generación del 60 yo siempre digo que en realidad comenzó en el 59. Por dos razones: por un lado, porque el 1 de enero comenzó el año con la Revolución Cubana. Y era un tiempo muy particular, estábamos en la época de Frondizi, se hablaba de desarrollo, y por la mecánica del desarrollo y por la mecánica de la revolución, había algo que se suponía que servía y que tendía hacia el futuro”.

Por aquellos años (1961), la Nueva Figuración afirmaba en su catálogo de la exposición en la Galería Peuser: “No constituimos un movimiento, ni un grupo ni una escuela. Simplemente somos un conjunto de pintores que en nuestra libertad expresiva sentimos la necesidad de incorporar la libertad de la figura. Porque creemos justamente en esa libertad no queremos limitarla dogmáticamente por eso evitamos el prólogo. Sin embargo, existe una razón de ser, una voluntad artística que nos ha impulsado a hacer esta exposición, esta voluntad artística es individual. Por esto nos remitimos a la confesión privada de la raíz común de esta voluntad, que hable por sí sola la exposición”. Bajo el lema “Ni abstractos ni figurativos”, fundaban el arte contemporáneo argentino donde reclamaban por la ausencia de una expresión plástica de la realidad nacional. Mientras que los neofigurativos buscaban nuevas vías filosóficas y estéticas para encarnar una mirada crítica sobre la historia y una actitud libre en relación a la pintura, Espartaco y, particularmente, Ricardo Carpani hacían del arte un arma en función de sus ideales políticos. El arte era para él una herramienta de lucha. Por un lado, la pintura caótica, vital y expresiva de los neofigurativos, con su deconstrucción de la pintura, sus bastidores dados vuelta, lienzos revueltos corridos de la estructura, colores de pomo inundando como remolinos las superficies, y, por el otro, gráficas y murales de obreros de manos fuertes y grandes a lo Guayasamín, como íconos de la lucha y el futuro. La creencia compartida: el hombre como eje de la mirada y la construcción de una estética que refleje un ser nacional, una mirada crítica hacia la mirada europeísta y estadounidense, sinónimos en ese momento de imperialismo.

Lo propio –colonial y latinoamericano– era el espacio a revalorizar, defender y alimentar. Por ese motivo no había peleas, particularmente entre Noé y Carpani. Relata Noé: “Había varios grupos en esa época, pero sobre todo dos grupos, dos movimientos, que tenían contenido de proposición. Uno fue el informalista, que contaba con dos líderes: Mario Pucciarelli y Alberto Greco, que yo creo que en realidad se detestaban entre ellos y eso los hacía competir. Greco era el de espíritu más rupturista, más que informalista era un antiformalista. Luego estaba el grupo Espartaco, liderado por Carpani. Es decir, aparecían todos iguales pero uno sabía que estaban liderados por Carpani. Grupo que siempre estuvo asociado a él aunque después se abrió. Yo, por mi parte, ese año hice mi primera exposición, conocía lo que sucedía, pero el año como artista para mí fue 1961 con la Serie Federal y con el nacimiento del grupo de la Otra Figuración. Nos reuníamos mucho en El Moderno, y había grupos distintos. En realidad, a partir del 63, con el Di Tella de la calle Florida, todo lo que estaba instalado ahí estaba mal visto por los Espartaco, por los grupos de artistas comunistas. Y yo gané el premio Di Tella en su apertura. En esa época nos mirábamos, pero no éramos amigos. Aunque tampoco nos peleábamos. Algunos otros se peleaban entre sí. Pero yo no recuerdo haberme peleado con ningún otro por esta posición, salvo con los que idiotamente dividían abstractos y figurativos. Cosa que no era posición de Carpani. Pero para mí ser abstracto o figurativo era una división absurda. Y esa fue un poco la posición de nuestro grupo. Nosotros no éramos ni lo uno ni lo otro”.

NO TAN DISTINTOS

En 1965, Luis Felipe Noé escribe Antiestética, donde funda la estética del caos, la “necesidad de asumir el caos como nueva dinámica de funcionamiento de un mundo en cambio permanente”, afirma Cecilia Ivanchevich, curadora de la actual muestra “Luis Felipe Noé. Mirada prospectiva”, que se realiza en el Museo de Bellas Artes, y quien observa la fidelidad del artista en su producción, teórica y plástica, en la continuidad de tres elementos de la estética del caos: la conciencia histórica, la visión fragmentada y la línea vital. Por su parte, Carpani publicaba por esos años los libros Arte y revolución en América latina (1961) y El arte y la vanguardia obrera (1963), encarnando la figura del artista militante que, inspirado en la tradición del muralismo latinoamericano de artistas como Orozco, Rivera y Guayasamín, se oponía a la pintura del caballete, a la que definía como “lujoso vicio solitario”, para sacar a la calle –a través de la gráfica, los murales– su obra y acercarla a los militantes, los estudiantes, los trabajadores, los obreros. El hombre en lucha como bandera permanente y la esperanza de una liberación colectiva eran sus estandartes. A pesar de esas diferencias, Luis Felipe Noé repitió dos palabras de forma consistente y continua en la entrevista con Caras y Caretas realizada a propósito de su relación con Ricardo Carpani: “amistad” y “respeto”. “Yo he publicado dos textos sobre Carpani. Uno es el que escribí con Ernesto Laclau sobre la gráfica política de Carpani. Y en Cuaderno de bitácora, que es testimonio e inventario, está lo que dije cuando murió.” Se refiere a las palabras que dijo, a pedido de Doris, la mujer de Carpani, en el entierro de su amigo. Los años pasaron, la trayectoria de los dos artistas crecía en paralelo, tanto en importancia como en los mapas de su vida: amigos en común, reuniones de conversaciones apasionadas, exilios. Cuenta Noé: “Ahora, en lo sensorial político, yo venía del antiperonismo, porque mi padre lo era, como casi todos los estudiantes de la década del 50. En el 57 me relacioné con Carlos Peralta y su mujer, Pirí Lugones. Había reuniones y yo permanentemente iba, casi todas las noches, y ahí conocí mucho a Rodolfo Walsh, que era muy amigo de ellos. Luego con el Di Tella me fui de viaje nueve meses y volví. Concursé y gané la Guggenheim y me fui tres años. Ahí, en los Estados Unidos, aunque parezca paradójico, era la época de Vietnam, lo hablé mucho con De la Vega, con Berni, pero la verdad es que me fui ‘izquierdizando’, pero mucho. Y escribí un libro que no me animé a publicar; era una proyección de la producción artística hacia el campo sociopolítico. El libro se llamaba El arte entre la tecnología y la rebelión y no lo publiqué pero lo había terminado, y estoy pensando ahora en publicarlo, pero como un libro histórico, en que se retrata una época, con el agregado ‘En torno a 1968’. Cuando volví de los Estados Unidos se reunían mucho en la Sociedad de Artistas Plásticos no sólo artistas sino también sociólogos, y ahí me hice amigo de Carpani, ahí comienza mi relación. Ahí me hice amigo de León Ferrari. Y empezamos a ser muy amigos entre los tres, teniendo orígenes distintos. Y también de Ignacio Colombres. Así se inicia la cosa. Yo no estaba pintando en ese momento. León tampoco. Porque se valorizaba más la político. Carpani lo hacía pero como arma, sobre todo en la época gráfica. Fuimos muy, muy amigos. Después vino el golpe”. El exilio compartido entre París y España no hizo más que unir a Noé y Carpani, en “larguísimas noches, llenas de conversaciones, regadas por alcohol”. Luego, gracias a la cercanía entre sus casas, en el barrio de San Telmo, la amistad y el respeto nunca dejaron de crecer entre dos artistas cuyas obras e ideas siguen presentes en la vida de los argentinos en el siglo XXI.

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