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La Revista

LA ENTREVISTA: Ana Castellani

Reporteada por Felipe Pigna, la socióloga especializada en economía analiza la especificidad de nuestra elite dominante.

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CyC Nº 2324 Diciembre 2016 (Entrevista)

Socióloga, doctora en Ciencias Sociales, magíster en Sociología Económica e investigadora del Conicet, Ana Castellani es autora de Estado, empresas y empresarios. La construcción de ámbitos privilegiados de acumulación entre 1966 y 1989; Radiografía de la elite económica argentina; Recursos públicos, intereses privados, y compiladora, junto con Alfredo Pucciarelli, de Los años de la Alianza. La crisis del orden neoliberal. En esta entrevista, aporta su mirada para esclarecer la naturaleza de las elites argentinas y la particularidad del empresariado local, que no logra proponerse como una burguesía nacional.

–¿Cómo se va conformando la elite argentina contemporánea?

–El final vía manu militari del peronismo y toda la sociedad compleja que deja en términos sociales por la organización del movimiento obrero, por el ascenso social, por el proceso de industrialización que se había consolidado, abre un escenario novedoso, donde la marca distintiva es el conflicto entre las clases altas y las clases bajas, o entre el capital y el trabajo, y al interior de las clases dominantes las distintas fracciones que vuelven a pugnar por ver cuál es el modelo de desarrollo. Ahí se abren dentro de la elite social dos proyectos alternativos con respecto al modelo económico (uno más industrialista y otro más primario exportador), y dos modelos políticos con respecto a la inclusión o no del peronismo en la vida política. Entonces, para el período posperonista hasta la dictadura de 1976 se impone el modelo desarrollista industrial, y en términos políticos la cuestión se salda por el lado de la proscripción del peronismo al menos hasta 1973.

–¿Cuál es el rol del Estado en la conformación de esa elite?

–El Estado en la Argentina posperonista adquiere un rol crucial como distribuidor de ingresos. Ese proceso aparece con fuerza a través de la acción de las corporaciones empresariales. Esa es más pública, más visible. Pero también están los procesos de colonización del aparato estatal.

–Analizando las historias de las grandes fortunas, no hay ninguna que se haya hecho sin la intervención del Estado.

–Eso es clarísimo. Eso es así desde el siglo XIX, porque hay una política férrea del Estado que dice, aunque sea para transportar la cosecha, vamos a construir los ferrocarriles. Traerán a los capitales ingleses, pero hay decisiones estatales fuertes en la construcción de la estructura, de entrega de tierra. Allí hay una mayor imbricación entre el Estado y los beneficiarios de las políticas del Estado. Después ya no es tan clara porque no está tan garantizado el acceso a la clase dominante directamente al Estado en forma legítima y aparecen las mediaciones.

–¿En nuestro país hay una burguesía nacional?

–No. Acá hay empresas nacionales, cada vez menos. Para que una burguesía sea nacional debe tener un proyecto capitalista, de capitalismo nacional. El problema que los dependentistas ya señalaron en la década de 1960 para el caso de América latina es que las fracciones domésticas del capital, es decir, los capitales nacionales, las burguesías “nacionales”, tenían mucha más vinculación con sociatividad de intereses compartidos con las burguesías transnacionales que interés en desarrollar un proyecto nacional de país. Igual insisto en que hay una dificultad estructural para la construcción de una burguesía nacional en este país, que incluso se ha intentado con estudios del Estado y también ha fracasado en reiteradas oportunidades.

–Por ejemplo, con el peronismo.

–Con el peronismo, en el primer período del kirchnerismo, a fines de la “Revolución Argentina” en la gestión Levingston-Lanusse, también fracasa. No fracasa trasladarles un montón de recursos a las empresas nacionales. En eso, el Estado cumple. El tema es que no logra que esa transferencia de recursos se constituya después en un crecimiento importante del acervo productivo local. Esta es la parábola: desde finales de la década de 1960 se transfieren recursos públicos para consolidar un entramado de empresas nacionales, incluso en producción de algunos insumos clave como el acero o el aluminio. Una vez que se logra, todas esas empresas crecen muchísimo en un contexto de articulación muy fuerte con las actividades productivas del Estado. A principios de la década de 1990 son esas mismas empresas, que operaban como patria contratista, las beneficiarias de las transferencias públicas, las que se apropian de esos capitales públicos en el proceso de privatización. Y en la segunda mitad de los 90 la mayoría de esas empresas se venden a capital transnacional. Entonces, las empresas siguen existiendo, pero están en manos de empresas transnacionales. ¿Cuál es el argumento que dan los empresarios cuando justifican esos pases de manos? La inestabilidad de las políticas macroeconómicas.

–O sea que el Estado está en el centro de la conformación de estas elites. Viven del Estado y su riqueza es producto del Estado.

–Necesitan del Estado para poder tomar determinadas decisiones. Por ejemplo, para poder sacar parte de las utilidades al exterior. Porque el manejo de la política cambiaria, el manejo de la apertura comercial y financiera y de distribución del gasto es clave para la acumulación de estas empresas. Si no se produce un cambio estructural a nivel de la industria para poder sustituir más en algunas ramas o lograr una inserción externa más provechosa en otras, que permita tener un superávit de divisas, siempre estará la encrucijada de la restricción externa. El poder de veto de los agroexportadores sigue siendo altísimo, más allá de todos los cambios que ha habido en el campo en las últimas décadas, siguen teniendo ese poder de ser los principales proveedores de divisas.

–¿Cuándo se empieza a conformar la especificidad de la elite que hoy nos domina?

–Es que la elite que nos domina hoy, en términos de la elite económica, ha tenido un cambio muy pronunciado en los 90. Hay una elite que mantiene ciertos rasgos entre el 66 y el 96. Y después ya tenemos una transformación muy fuerte a partir del 96. La que se conforma en torno a la dictadura de Onganía, y que después se va ir expandiendo en la dictadura de Videla, es una elite que tiene un predominio de grandes empresas nacionales e industriales y de servicios. Tiene todavía una parte en la provisión de servicios y bienes al Estado, la famosa patria contratista, y a su vez, en algunos casos, una proyección externa, esas son las empresas industriales nacionales, que transforman bienes primarios, por ejemplo, las aceiteras. Esas empresas, que son básicamente nacionales y que se organizan como grupos económicos, van a ser los actores más poderosos del tablero empresarial, económico y político durante la dictadura y durante los años 80.

–¿Cuáles son?

–Techint, Perez Companc, Bridas. Sasetru estaba, pero después tiene un derrotero de fracaso. Bunge&Born, las aceiteras, las constructoras, Benito Roggio. Hay incluso algunas empresas que empiezan a crecer claramente al calor de la expansión de la acción estatal. En la dictadura se proyectan aún más porque como tienen la forma de organización como grupo, tal vez las dificultades que afrontan en una rama de actividad las compensan en otra. Y son los grandes ganadores de la década del 80. Y a partir de ahí tienen un poder político muy fuerte; de hecho, los capitanes de la industria, como expresión de ese poder, están claramente demostrados. También siguen estando las empresas transnacionales, que tienen siempre delegado el poder de acción política en los empresarios nacionales, y después, en la segunda mitad de la década del 80, desembarcan las grandes cadenas de supermercados.

En la década del 90, se implementan las reformas que ellas mismas solicitaban, vinculadas con la apertura, la privatización y la desregulación del mercado. Ahora que crecieron al calor de la intervención estatal, necesitan libertad para disponer de la apropiación de las empresas públicas baratas.

–Hay además una obsesión por la baja de los salarios.

–Siempre persiguen la baja del costo laboral, la flexibilización laboral. Con la apertura financiera no hubo dudas porque para poder sacar las divisas no había problema. Pero con la apertura comercial sí hubo fricciones, porque claramente algunas se veían totalmente perjudicadas, las automotrices, por ejemplo. ¿Qué hicieron? Lobby para conseguir un régimen de protección especial. Entonces, defendés en general las reformas, pero después hacés las acciones necesarias para que tu sector conserve ese nicho de privilegio. Ahora, cuando hay un desembarco fuerte en los primeros 90 de empresas transnacionales que ya vienen no sólo a comprar las empresas públicas asociadas a capital nacional, sino a instalarse en la producción de bienes de consumo durable o no durable, hay muchas empresas nacionales que ante la competencia deciden vender. Entonces, hay una merma de un tercio, más o menos, de empresas de grupos económicos que eran predominantes en el período previo que ya a fines de los 90 no están más. Y la estructura entonces queda muy extranjerizada, y eso se conserva durante todos los 2000. No hay una merma del grado de extranjerización. Son muy concentradas, mayoritariamente extranjeras, y las que quedan nacionales siempre son de dos tipos: las que están claramente insertas en el mercado externo de una forma competitiva (Arcor, Vicentin o aceitera general Deheza, o incluso Techint con Siderca, haciendo bienes industriales) y las que están asociadas en forma privilegiada con el Estado, como las grandes constructoras y las de juego de azar. Son todas empresas que surgen en los 2000 asociadas a negocios con el Estado. Eso se sigue manteniendo.

–Eso no se modificó en la última etapa.

–No hay una modificación en el perfil de la cúpula empresarial de los 2000 con respecto a la de fines de los 90. Por eso, tratar de aplicar un modelo nacional desarrollista con distribución progresiva de los ingresos, como intenta el kirchnerismo, sin lograr terminar de modificar esa estructura lo complejiza mucho.

–¿Qué diferencia hay entre el poder económico de hoy y el de los 90?

–En términos de configuración estructural, a principios de los 90 había más presencia nacional. Y ahora hay más presencia extranjera. Una cuestión que sí se modificó durante los 2000 es que hay una mayor preeminencia de los industriales por sobre los de servicios. Pero a grandes rasgos no hay una transformación sustantiva del poder económico. Siguen siendo pocos, siguen teniendo los resortes de la acumulación estratégica en las ramas más importantes de la actividad. Son los que fijan los precios de los insumos difundidos dentro de la producción. La inversión privada es débil comparada con la pública, siempre es la pública la que está motorizando, y eso en términos de estructura y de comportamiento microeconómico, y la idea de invertir menos de lo necesario y de exteriorizar la mayor cantidad de activos posibles afuera está presente.

–¿A qué atribuís la ofensiva de este sector motorizada por la prensa hegemónica contra el último gobierno?

–A partir de 2010 el Estado empezó meterse en determinadas decisiones. La primera luz de alarma, más allá del conflicto con el campo, que está expresando ahí otro gran tema más vinculado a la provisión de divisas y al rol que cumple el campo, entre comillas, en el desarrollo de este país, fue en 2009, con las Afjp, la sanción de la Ley de Medios, y después a partir de 2010, 2012 y 2014, que son como hitos en donde aplican la ley de abastecimiento, la nacionalización parcial de YPF, el desembarco de los directores del Estado en las empresas privadas por la nacionalización de las Afjp, la modificación de valores de la Comisión Nacional de Valores, la ley de mercado de capitales, que le da igual peso al accionista minoritario a la hora de definir decisiones de reinversión. Son un montón de medidas que a los empresarios les fueron encendiendo el tablero de las alarmas y desde la Asociación Empresaria Argentina, que se conforma en 2002 y que reúne a los presidentes de las grandes empresas, lograron ir articulando una acción colectiva. En 2013 conformaron el Foro de Convergencia Empresarial, que aúna a corporaciones variadas, a otras asociaciones civiles y profesionales, y empieza todo el tejido de alianzas con candidatos de la oposición y se dan cosas muy interesantes, como por ejemplo tener un documento del Foro de 2015 sobre educación que tiene casi párrafos calcados de la plataforma de Cambiemos en materia educativa. Y ese grupo era además un grupo muy cohesionado, que empezó a operar muy efectivamente en algunas áreas: en el armado de las cadenas de valor, en el análisis de las cadenas de valor, a ver dónde se estaban estableciendo las mayores capturas de utilidad.

–Hoy parece haber una correlación clara entre poder y gobierno.

–El gabinete inicial de Macri, que es lo único que podemos ver como un objeto concreto, y las políticas que se aplicaron en estos primeros once meses nos alertan de un fenómeno relativamente novedoso, que es un desembarco más masivo de miembros de la elite económica ocupando cargos en la función pública, y esto estaría hablando de una articulación más sólida entre elite económica y elite política. Hay un tercio del gabinete a nivel nacional que tiene una trayectoria laboral que incluye pasos por altos puestos directivos en grandes empresas o en grandes estudios jurídicos. Eso habla de cierta pertenencia de clase, de cierta cosmovisión de proyectos nacionales o del país. Tiene que ver con una configuración de sentidos más propia de una fracción social determinada.

–¿Por qué no aparecen las inversiones?

–Porque las dudas están, la economía real no arranca. Si no hay demanda, las inversiones se demoran. Porque además están los más ortodoxos, los creadores de expectativas, que son algunos comunicadores y economistas, que sostienen que si no hay un ajuste brutal en el gasto público, no hay manera de generar esa confianza deseada, que además para seguir sosteniendo rígido el mismo tipo de cambio, para que no se te escape y se te genere un proceso de devaluación o de inflación, como consecuencia de la devaluación, tienen que tener unas tasas de interés muy elevadas que habilitan la especulación financiera e incentivan eso. No incentivan la inversión productiva. No hay un solo indicador de la economía real que esté dando bien en este período. La legitimación de eso hasta ahora es por la “pesada herencia”, por los errores del pasado.

–¿Cuánto de política ha hecho esta elite en estos últimos cincuenta años?

–Mucha política. Nunca renunciaron a hacer política. Si bien no tuvieron un partido que las expresara y que les permitiera llegar al poder por las urnas hasta ahora. Pero tampoco diría que este es el partido exclusivamente de la elite, porque Cambiemos no gana solamente con los votos de los sectores sociales más acomodados.

–Pero los expresa muy bien.

–Expresa en su gran mayoría como acción política esos sectores. No hay ahí un compromiso identitario fuerte, incluso hay algunos que preferirían la gobernabilidad que les garantiza en algunos momentos alguna fracción del peronismo más que este experimento novedoso. Lo que nunca dejó de hacer la elite económica, en sus distintas fracciones, porque no nos olvidemos que todavía no está unificada en una, que, aunque predomine en lo económico logre predominar en lo político, es toda la batería de acciones más corporativas e individuales de llegada al Estado. En eso sí: no pararon. Para torcer la decisión estatal, para apropiarse de la decisión estatal, para tratar de incidir en ella han sido febriles.

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