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La Revista

LA ENTREVISTA- Alberto Barbieri

Es rector de la Universidad de Buenos Aires señala que los hechos de 1918 fundaron en la Argentina una educación democrática y de nivel. Pero también destaca que aquel espíritu no tiene que quedar en una foto sepia: debe permanecer en movimiento y refrendarse día tras día.

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Barbieri

Por Pablo Galand. Además de ser el rector de la Universidad de Buenos Aires, Alberto Barbieri es un defensor acérrimo de los principios surgidos en la Reforma de 1918. Entiende que si actualmente la UBA es reconocida a nivel mundial –a pesar de contar con un presupuesto muy inferior a los de sus pares– es, justamente, por el carácter democrático y plural que contienen los claustros universitarios. A su vez, considera que los embates de aquellos que pretenden instalar el arancelamiento o restricciones en el ingreso buscan, en realidad, socavar la formación de ciudadanos con pensamiento crítico que caracterizó a la academia pública argentina.

–¿Qué legado dejó a nivel académico la Reforma de 1918?

–Creo que la Reforma del 18 fue un punto determinante de lo que iba a ser la Argentina moderna en materia de educación superior. Fue el hecho que marcó el fin de una educación de la época colonial, cuando los cargos eran vitalicios. Hasta la Reforma, la universidad estaba cerrada en conocimientos arcaicos, en donde había mucho dogmatismo y no tanto conocimiento científico. No había libertad de cátedra y los que ostentaban la elite de la conducción la continuaban en forma hereditaria. Creo que lo que nos dejaron como legado es una universidad muchísimo más democrática, que puede estar aggiornándose a las nuevas realidades que le toca vivir y en donde la pluralidad de ideas y la libertad de cátedra y de pensamiento crítico son un signo distintivo. La Reforma del 18 fue tan de avanzada que se anticipó al Mayo Francés. Con todo, yo veo la Reforma como una película más que como una foto. Hay otro hito fundamental en la historia argentina, que está ligado a la Reforma del 18, y que tiene que ver con el decreto de gratuidad de la enseñanza que dicta Perón, el 22 de noviembre de 1949. Es un signo característico y diferencial de la universidad argentina. Es una de nuestras banderas para sostener una universidad que lleva adelante a la educación pública como un bien social y un derecho del pueblo. Me parece que hay una continuidad en el tiempo.

–Cada tanto surge el intento de algunos sectores de instalar cuestiones como el arancelamiento de la universidad. ¿Lo ve como demandas que van a contramano de los principios del 18?

–Claramente, en una sociedad democrática como la nuestra, la inmensa mayoría de los partidos políticos no se van a pronunciar en contra de los principios de la Reforma del 18. Pero siempre hay sectores que, si bien no se animan a decirlo públicamente, no comparten esos valores. Por lo tanto, prefieren ir sobre algunos aspectos que, simplificando la discusión, buscan atajos, como el del arancelamiento. Esta gente quiere hacer creer que la universidad es apenas una fábrica de graduados que solamente estudian una determinada disciplina. Pero si uno tuvo la suerte de pasar por una universidad pública sabe que lo que hace es formar ciudadanos, que a su vez tienen conocimientos para aplicarlos con pensamiento crítico y que para eso se necesita investigación y libertad de pensamiento.

–Otro legado que dejó la Reforma del 18 fue la cuestión latinoamericana. En la actualidad empiezan a surgir ideas como la de poner restricciones a los estudiantes de países limítrofes.

–Son discusiones que buscan simplificar, sin datos y sin estudios totalmente profundos, cuestiones que apuntan hacia otro lado. La Constitución Nacional dice que cualquiera que habita nuestro país tiene los mismos derechos que alguien que nació aquí. Pero además de pensarlo como principio filosófico, yo lo sostengo como principio académico. El hecho de que en la universidad haya estudiantes de distintos orígenes, diferentes culturas y diferentes realidades enriquece el acervo cultural de aquel que viene a estudiar a la universidad. Pero, incluso, si uno lo quiere ver desde un lado únicamente materialista, está equivocado. En el caso de la UBA, de los 300 mil estudiantes que cursan, 14 mil son extranjeros. Es decir que no llega al cuatro por ciento, y en el caso de todas las universidades del país, el promedio no supera el 2,5 por ciento. El costo marginal de que en un aula con 39 personas agreguemos a una persona más no significa absolutamente nada desde el punto de vista económico. Pero desde el punto de vista cultural enriquece absolutamente a nuestra universidad. Y, por último, esconde un tema de xenofobia. Si viene una persona a estudiar acá y se va a ejercer a Bolivia, nos parece mal. Pero si va a ejercer a Alemania o a los Estados Unidos, nos llenamos de orgullo. Es un caso de xenofobia total. Yo estoy orgulloso de que vaya a ejercer a cualquier lado y que sea embajador de nuestro país. Ese es el sentido que le dimos a nuestro concepto de Nación.

–Una de las ideas centrales de los que impulsaron la Reforma del 18 era que la universidad estuviera al servicio de la problemática social. Muchas veces se plantea que los claustros están alejados de lo que les sucede a los más humildes. ¿Ve que en la actualidad hay vasos de comunicación entre la academia y el pueblo?

–En la UBA en particular, el tema de extensión universitaria, que es el área que tiene que ver con el contacto con el tejido social, lo tenemos al mismo nivel que el área de investigación y que la académica. Hay una gran cantidad de programas interdisciplinarios que nos permiten estar en contacto permanente con las diferentes áreas sociales, sobre todo con las más vulnerables. Esto nos permite darles algunas soluciones puntuales, en la medida de nuestras posibilidades. Pero sobre todo nos permite tomar información de la necesidad de nuestro pueblo para redefinir los objetivos de estudio en nuestra universidad.

–La educación pública fue durante mucho tiempo en la Argentina una herramienta para la movilidad social. ¿Cree que actualmente la universidad sigue ocupando ese rol?

–Esto me toca muy de cerca porque soy hijo de un obrero ferroviario. Está claro que en algunos momentos puede ser mayor que en otros la cantidad de personas de la clase obrera que accede a los estudios superiores. Cuando yo hice la secundaria, no era universal. La cantidad de gente que ingresaba a la universidad y tenía la posibilidad de terminar la carrera era mucho mayor que la de ahora, pero en realidad eran muchos menos los que estudiaban en la secundaria. De acuerdo al último censo hecho en la UBA, actualmente casi el 45 por ciento de los estudiantes provienen de familias trabajadoras. Y casi un 40 son los primeros universitarios de su familia. Es decir que esto de que ha bajado la participación de los sectores populares en la universidad pública es algo que se quiere instalar para decir que estamos dando educación sólo a la elite, lo cual es falso. Lo que sí es cierto es que tenemos un problema de educación muy grave que tiene que ver con el secundario. No es solamente con la calidad de las materias que se dan en dicha instancia, sino también con el contexto de pobreza y la posibilidad real que tienen los chicos de poder estudiar. Al haber un secundario más masivo, la deserción es mayor. Antes directamente no se anotaban. Y la calidad de la secundaria no tiene los niveles adecuados como para seguir después una carrera universitaria. La universidad pública sigue siendo para mí la herramienta más importante para lograr la movilidad social ascendente. Por supuesto que es una herramienta en un contexto de políticas generales que también hay que implementar. No es la única.

–Hace 100 años hubo una reforma que cambió todo el sistema académico. ¿Cree que es necesaria en la actualidad una reforma integral?

–Creo que la suerte que tiene el sistema universitario es que la Reforma es una película. Hoy la universidad, con los fundamentos que se generaron en el 18, se va renovando permanentemente. En el caso de la UBA, basta recorrer los pasillos de las facultades, ver las cátedras en las que uno se puede inscribir, ver los profesores que hay, y uno se da cuenta de que es un proceso que está en marcha, que es cada vez más dinámico y que no hay manera de pararlo. La universidad es una organización viva muy flexible, que se va adaptando a las necesidades de la realidad socio-política. Nuestras asambleas son muy folklóricas y nuestras elecciones muy entretenidas, justamente porque todo el mundo participa. Hay momentos en que las mayorías circunstanciales las tienen algunas ideologías. Hay otros momentos en que las tienen otras. Están mezcladas las ideologías en los claustros y esto es algo que la hace viva y en permanente cambio a esta organización que se llama universidad.

–La UBA acaba de ser reconocida entre las 50 mejores universidades del mundo. ¿Hay una ligazón entre este reconocimiento y la Reforma del 18?

–Para mí, la ligazón es total. Primero quiero decir que con respecto de los rankings, más allá de que nos vaya bien, yo tengo mi observación metodológica- científica. No creo que en un número se pueda reflejar todo lo que se genera y transmite en una universidad. Y sobre todo en una universidad latinoamericana. Porque si hay algo que no tienen en cuenta estos rankings es, justamente, esto de la extensión universitaria, porque está hecha para la realidad de otros países. No obstante, hay que reconocer que a nivel internacional juegan un montón de decisiones. Que estemos tan bien posicionados en la mayoría de las áreas del conocimiento es un caso único en el mundo. Estamos hablando de una universidad masiva, gratuita, de un país no central, con un nivel de inversión notablemente inferior, si lo comparamos con cualquier otra universidad que está en la elite de las 100 primeras. Es una demostración de que el esquema de universidad que viene planteando nuestro país, de generación en generación, claramente echa por tierra cualquier otro que lo quiera atacar. Porque está claro que da frutos concretos y objetivos desde mediciones con las que nosotros no estamos de acuerdo en cuanto a su metodología. Me parece que esa es la mejor respuesta. Ni siquiera la Universidad de São Paulo y la Unam tienen un sistema de ingreso tan irrestricto como el que tienen las nuestras. Con el resto de las que estamos compitiendo, el sistema de financiamiento es pago. Nosotros tenemos 400 millones de dólares de presupuesto para 300 mil alumnos, contra los cuatro mil millones de dólares y 90 mil estudiantes que tiene São Paulo. Y las pruebas están a la vista. Quiere decir que nuestro sistema es el más democrático de todos. En cualquiera de los otros lugares, al rector no lo elige la asamblea universitaria. Sale de ternas, lo elige un grupo de notables. Nosotros tenemos una organización en la que todos participan. Y no sólo es democrática sino que da resultados. Creo que es uno de los elementos por los cuales, a pesar de tener un presupuesto tan inferior, podemos competir como lo estamos haciendo.

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