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La Revista

La correspondencia entre Perón y Cooke

Uno de los testimonios más fascinantes de la relación entre el máximo líder político de la historia moderna argentina y el intelectual platense fue el intenso intercambio epistolar que mantuvieron entre 1956 y 1962. Los dilemas para eludir las trampas de la oligarquía y el peronismo burocrático.

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Cooke IG2

Por Claudio Mardones. Por la presente autorizo al compañero doctor don John William Cooke, actualmente preso por cumplir con su deber de peronista, para que asuma mi representación en todo acto o acción política. En este concepto su decisión será mi decisión y su palabra la mía. En él reconozco al único jefe que tiene mi mandato para presidir a la totalidad de las fuerzas peronistas organizadas en el país y en el extranjero y sus decisiones tienen el mismo valor que las mías. En caso de fallecimiento, delego en el doctor el mando del movimiento”, escribió Juan Domingo Perón en la más pública de las cartas que le dedicó a su amigo platense, ex diputado nacional del justicialismo y, desde el 2 de noviembre de 1956, delegado personal del ex presidente derrocado. La fecha de la carta implicó una inflexión para el Bebe, que había sido detenido por la dictadura de la Revolución Libertadora y recibía esa epístola como un salvoconducto enviado por Perón, desde Caracas, para preservar su vida ante la criminalidad de la represión que había desatado la dictadura. El texto es parte de la intensa correspondencia que ambos mantuvieron entre los años 1956 a 1962 en un mosaico de textos, cuya dimensión fue reconstruida por el esfuerzo documental de investigadores como Roberto Baschetti, Miguel Mazzeo, Guillermo Aritz Recalde y Norberto Galasso, entre otros. La versión original de esos textos es un clásico de la literatura política, aunque cuentan con una dimensión que no era total, pero sí fundamental del pensamiento de Cooke y la génesis del pensamiento del peronismo, en una conversación entre Perón y Cooke que refleja las tensiones políticas e ideológicas del movimiento justicialista durante su proscripción, pero en boca de su principal conductor y el precursor y representante teórico de la izquierda del movimiento peronista, al calor de la crítica directa a la burocratización del partido, de los representante sindicales y de las elecciones tuteladas por la dictadura. “La oligarquía creyó, en 1955, que volteando al gobierno había terminado con el peronismo, error típico de una clase que no tiene otro horizonte que su propio egoísmo. La vigencia del peronismo fue y es la prueba permanente de que en el país y en el mundo se están produciendo procesos profundos que ellos no comprenden ni encauzan. Sólo pueden demorar la llegada de su Némesis utilizando la fuerza, ya sea como pura violencia (gorilismo) o combinándola con maniobras para que el pueblo no encuentre fácilmente el camino de la victoria. En inferioridad frente a su fuerza material, la ventaja del peronismo está en que no resiste al curso de la historia sino que forma parte de él, que no es un rezago del pasado sino una hipótesis del porvenir. Y la manera de sacar todo el provecho de esa ventaja es, frente a una oligarquía que se defiende con uñas y dientes en medio de sombras y procesos que desconoce, en compenetrarnos, en conocer, en integrarnos cada vez más en la dinámica de la historia, de la cual formamos parte y sobre la cual influimos”, le escribió Cooke a Perón para convencerlo de la necesidad de continuar la resistencia del peronismo, pero con una fuerza suficiente como para terminar con la dictadura.  Si la Revolución Cubana impactó en el peronismo con la misma fuerza que lo hizo en todo el continente, uno de sus principales intérpretes fue Cooke, que tenía la legitimidad suficiente como para debatir, de igual a igual, con Perón. No sólo por su referencia ineludible para el peronismo proscripto, sino por el rol que tuvo como legislador durante la democracia.

EL DILEMA ES CLARO

“A menos que a la clase gobernante se le haya despertado una irrefrenable vocación suicida, es difícil que nos ayude o que nos permita tomar el poder para que desde él la destrocemos. Tanto la coyuntura electoral como el golpe son impensables como acción propia y exclusiva del peronismo; y el programa del peronismo es incumplible sin el manejo de todos los resortes del poder. El dilema es claro: o la oligarquía nos presta colaboración para que la hagamos pedazos, o nosotros participamos del poder en una proporción lo suficientemente menguada como para que nuestro programa quede como simple formulación fantasmal”, definió el Bebe en su cerrada lucha práctica y teórica contra la burocratización del peronismo, algo que consideraba como un cáncer del movimiento y la ventana de su peor peligro histórico: caer en las redes de la burguesía y transformarse en su instrumento reformador, a partir de la porosidad de las conducciones anquilosadas, que se preparaban para un peronismo sin Perón.

En otra de sus cartas, del 5 de febrero de 1959, Cooke le explica a Perón sus razones: “Lo que antes insinué tímidamente, debo afirmarlo ahora con toda mi responsabilidad: el Partido Justicia-lista puede ser el camino para que la corrupción penetre en el peronismo (…) Ya esos hombres ensayaron el neoperonismo y la política de no violencia con la Libertadora, que a estos efectos era torpe (…) el triunfo de esa tendencia nefasta es el mejor regalo que puede hacerse al gobierno”, insistía este hombre cuyo nombre fue el sello “del peronismo que Perón no quiso”, según definió José Pablo Feinmann para dejar en claro que el planteo de Cooke buscaba que el movimiento peronista fuera una expresión revolucionaria de los trabajadores argentinos: una definición política que Perón siempre eludió.

“Si de estos dirigentes burócratas dependiese, la oligarquía y las Fuerzas Armadas podrían dormir tranquilas, seguras de que ni sus posesiones ni sus privilegios corren peligro. Independientemente del grado de seriedad que tengan esos propósitos destructivos, los burócratas están confinados al mismo ámbito mental que nuestros enemigos. Si coinciden en la conciliación de clases, en que el imperialismo no es necesariamente nocivo y un buen gobierno puede valerse de él, en el rol de los militares en América de hoy, en que por sobre todo hay que defender los valores ‘Occidentales y

Cristianos’, etcétera, etcétera, ¿qué es lo que los separa? Solamente lo formal, lo transitorio, los malentendidos”, razonaba Cooke para demostrarle al conductor del peronismo el riesgo de darle vuelo a una conducción cegetista que, dentro del país, cada vez se mostraba más proclive a negociar con la dictadura, como sucedía con Augusto Timoteo Vandor.

El platense más revolucionario del peronismo fue diputado a los 25 años, luego de un proceso ideológico que comenzó en la Fuerza de Orientación Joven Radical de la Argentina (Forja), y luego formó parte del movimiento como su legislador más joven. Poco antes de cumplir los 49, el 19 de septiembre de 1968, murió en el Hospital de Clínicas, luego de años de lucha clandestina desde la Resistencia Peronista. Un cáncer de pulmón le impidió ver el regreso de Perón al país cinco años después, rodeado de una parte de la burocracia que siempre combatió, pero también recibido por miles de jóvenes que tenían en Cooke a uno de sus máximos inspiradores revolucionarios.

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