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La Revista

La Abuela de todos

María Isabel Chorobik de Mariani fue siempre Chicha, fundadora y primera presidenta de las Abuelas de Plaza de Mayo. Su fallecimiento conmueve a gran parte de los argentinos. Desde noviembre de 1976, buscaba a su nieta Clara Anahí. Compartimos su historia de vida publicada en la revista en mayo de 2007.

 

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Chicha Mariani
Clara Anahí
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Por Pablo Llonto. Tu hija estaba embarazada? Hay una señora que anda buscando a las abuelas. Tomá, acá está el nombre.” La mujer no entendió muy bien de qué se trataba. Tomó el papel: “Chicha Mariani. 21 de noviembre. Plaza San Martín”. Trece mujeres fueron aquel día de 1977 al pie de un jacarandá, convocadas por el rumor o por ese texto para saber qué pretendía Chicha. Venían de una marcha de las madres de desaparecidos que puso en manos de Cyrus Vance, el enviado del presidente estadounidense Carter, las denuncias de lo que pasaba en el país. Nacían las Abuelas.

Un año atrás, hacia las once de la mañana de un domingo de primavera, Chicha se disponía a ser la abuela más feliz del mundo. Celebraba su cumpleaños 53. María Isabel Chorobik de Mariani siempre había sido Chicha. En la parrilla, José Chorobik, su padre, estrenaba sonrisa de bisabuelo frente a Clara Anahí, la pequeña de tres meses. Toda una familia hablaba de la nieta. El año, en cambio, era el más infeliz de los años. Pero nadie lo sabía.

El miércoles 24 de noviembre de 1976, dos centenares de policías y militares atacaron la casa de calle 30 y 56 en La Plata. Adentro estaban los militantes Diana Teruggi (nuera de Chicha), Mendiburu Elicabe, Roberto Perfidio, Juan Carlos Peiris y Alberto Bossio. Hasta que sonaron los tiros, comían escabeche de conejo mientras comentaban el último número de Evita Montonera, la revista que ellos editaban. A un costado, Clara Anahí descansaba.

“No sé por qué fueron doscientos milicos a esa casa –se pregunta Chicha–. Al mando estaban Camps, Etchecolatz, Suárez Mason, jefe del Primer Cuerpo de Ejército, Adolfo Sigwald, el jefe de la policía. ¿Todo por una imprenta? Mi hijo se había ido un rato antes a Buenos Aires. Si querían infundir miedo, lo lograron. Mataron a todos, menos a la pequeña. Hoy, a más de treinta años, los vecinos casi ni hablan de quién se robó a mi nieta. Camps se murió, pero Etchecolatz y otros están vivos, sin embargo, nadie habla.”

Se llamó la masacre de la calle 30. Quien vaya hoy a La Plata podrá conocer allí la única casa en la Argentina que ha quedado intacta desde la hora del horror. Chicha la llama “la Casa de Clara Anahí, que sigue esperando su regreso. Pasan estudiantes, periodistas, gente del exterior y vecinos que quieren ver aquella depredación. Están las marcas de las balas, los agujeros de los morteros. Fundamos una Asociación que se llama Anahí con un archivo-biblioteca enorme y llevamos investigaciones sobre violaciones a los derechos humanos”.

Sentada en un sillón, sus ojos confunden sombras y rostros. Se han ido la vista, la juventud y buena parte de los amigos. Le toca hablar del hijo. “A Daniel le decíamos Posky, por un personaje judío de historietas. Era economista y trabajó en el Consejo de Inversiones. Le gustaba la cría de conejos y soñaba con producir escabeche en gran escala. Militaban en la izquierda peronista. En la puerta de la casa habían puesto una chapa: ‘Daniel Mariani. Licenciado en Economía’, para demostrar a los vecinos que eran una pareja común y con vida académica. A mí me quisieron engañar diciendo que a Daniel lo habían matado en la masacre de la calle 30. Lo mismo que a Clara Anahí. Un tiempo después, por un llamado, me conecté con mi hijo. Y por comentarios de unas personas, a las pocas semanas supe que a la beba se la llevaron viva.”

A fines de julio de 1977, Daniel fue asesinado. De la historia de Clara Anahí supo que, en la noche de la masacre, su nuera intentó escapar por el fondo de la casa con la nena en brazos y que fue ametrallada. “Aparentemente murió abrazando a mi nieta.”

Quienes inventaron el terror argentino jamás imaginaron que una maestra de Bellas Artes, esposa de un director de orquesta del Colón, se convertiría en mucho más que una abuela de Plaza de Mayo. Chicha, luego de fundar Abuelas y ser la primera presidenta, hoy es la investigadora número uno de lo que ha pasado durante la represión. Distanciada de Estela Carlotto (sus diferencias pueden leerse en el libro Chicha, de Juan Martín Ramos Padilla), todos los miércoles se sienta en la Sala de Audiencias de la Cámara Federal a escuchar los testimonios en el Juicio por la Verdad. “Siempre hay algo, siempre alguien cuenta cosas. Todo lo anoto y lo chequeo.” En su casa, un cartel sobre una de las puertas evidencia cuánto lleva de sudor y lágrimas: “El archivito de Chicha”. Decenas de carpetas dan cuenta de todo lo que rastreó sobre genocidas, cómplices. “Aquí vienen mujeres despechadas de los policías a contarme cosas de sus ex amantes. Lamento haber perdido mis ojos, con ellos iría cien veces más rápido. Pero tengo la cabeza lúcida. Hemos metido en cana a un montón, pero faltan muchos más.”

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