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La Revista

HUMORES BÁRBAROS

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Por María Seoane. Directora de Contenidos Editoriales

A cada período de la historia de un país, que es al mismo tiempo una determinada prevalencia de sus marcas culturales, le corresponde un estilo de humor político. Son como las protuberancias exacerbadas y también certeras de la crítica social. Así ocurrió a lo largo de la historia nacional, desde los orígenes del país –más precisamente a mediados del siglo XIX–, desde la existencia de Don Quijote y El Mosquito hasta Caras y Caretas, Cascabel y Tía Vicenta, ya entrado el siglo XX, o las revistas Hortensia y Hum® a fines del siglo, para citar apenas algunas publicaciones. Y esas marcas se ven con nitidez desde las reflexiones de Mafalda de Quino a, por qué no, los extraordinarios planteos del humor político audiovisual que tuvo sus próceres como Tato Bores, y también, en este invierno de 2017, cuando hicieron su entrada al ruedo las “Investigaciones del reportero Randall López” (producidas por Martín Rechimuzzi) que está especializado en una de las construcciones y debates predominantes de la cultura popular del momento: la manipulación informativa. Rechimuzzi se lanzó a mostrar la construcción del discurso de los medios y sus efectos en la cabeza de los ciudadanos: su terreno de crítica en la era de la posverdad, entendida como la construcción de un sentido común basado en el odio y los prejuicios, en creencias viejas o nuevas, asentadas en versiones o simples mentiras. El diálogo entre el reportero y sus entrevistados ocasionales acercan a la crítica de la barbarie de la construcción de la mentira como condición del odio y el error político y su santificación en los medios de comunicación como el estado normal de la conciencia social. Así, Rechimuzzi se para en cualquier esquina de Buenos Aires con su micrófono y un camarógrafo, y aborda a cualquier hombre, mujer, joven o viejo, con un lenguaje directo y un español desnaturalizado: un acento extranjero en el reportero que no remite a ningún país de origen por lo impostado. Sus dotes histriónicas son extraordinarias. Los reporteados se someten mansamente, dóciles sin preguntar, ni repreguntar, ni dudar del extraño comportamiento del reportero. Rechimuzzi, pregunta: “Se dio a conocer el caso de un fiscal de Unidad Ciudadana en la última elección, que, como CFK dio la orden expresa de que se quedara en la mesa de votación hasta el final, no pudo ir al baño y le reventó la vejiga. ¿Debería Cristina hacerse cargo de la operación Cóndor?”. Sucesivos entrevistados contestan: “Totalmente de acuerdo, ella es culpable de todo”. “Debería hacerse cargo de tantas cosas: no se hace cargo de nada”. “Hablar de Cristina es hablar de una persona nefasta. No me sorprende de ella”. Randall López vuelve a la carga: “¿Debería Cristina entonces darle su vejiga?”. Hay una respuesta única: “No, debería pegarse un tiro”. Es notable la docilidad de los entrevistados, que aceptan como verdad aquello que desconocen sólo porque es formulado por el periodista y porque no pueden aceptar ante una cámara su ignorancia. Así aceptan pensar y naturalizar la mentira de llamar operación Cóndor a una operación de vejiga, cuando en verdad era el nombre del plan de la dictadura militar argentina para exterminar opositores, en coordinación con las dictaduras de Bolivia, Brasil, Uruguay y Chile en los años 70. López insiste en otra esquina: “¿Qué opina de la nueva acusación contra Cristina en donde denuncian que se robó 400 ballenas en la zona franco austral?”. “Lo debe haber hecho ella.” Como decía el filósofo alemán Walter Benjamin, toda manifestación de la cultura es al mismo tiempo una manifestación de la barbarie que la encrespa; cultura a la que se debe pasar el cepillo a contrapelo para descubrir los rastros de la barbarie que debe ser dominada para que la violencia no termine su faena de exterminio. Por eso, el humor político puede ser una radiografía alucinada de los humores, las creencias, la conciencia y los extravíos de una sociedad. Puede ser la radiografía atenuada y anticipatoria de esa barbarie. Y la necesaria reflexión para someterla, es decir, para restituir el orden de la libertad y la paz.

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