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La Revista

Fútbol por amor

La profesionalización del deporte más popular del país llegó en 1931. Pero antes hay una historia de más de medio siglo de amateurismo. Los grandes clubes de hoy se gestaron de los esfuerzos individuales y las pasiones colectivas.

Por Sin Firma
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CyC Amateur Final davenport

Por Alejandro Fabbri

Nuestro país ha festejado los 200 años de existencia independiente y casi todos los clubes del fútbol argentino han superado el centenario de vida. Esta frase encierra una verdad imposible de discutir: el máximo deporte nacional ha desarrollado su historia entrelazada con las vicisitudes nacionales, buenas y de las otras.

El fútbol llegó gracias a la inmigración inglesa. A la decisión política británica de extender su dominación económica sobre los nuevos países, América latina no escapó a esa idea y fue a nuestro país donde llegó primero, gracias a las evidencias de aquel partido que se jugó en lo que hoy son las tierras de Palermo donde se erige el Planetario. Allí, el 20 de junio de 1867, hubo “gorras blancas” y “gorras coloradas”, los dos equipos en que se dividieron los británicos que fueron a jugar llamados por los hermanos Thomas y James Hogg. En su mayoría eran empleados de compañías inglesas y algún marinero que otro se sumó entusiasta al juego, que duró dos horas, entre las 12.30 y las 14.30, en el amplio terreno del Buenos Aires Cricket Club.

Cuatro años más tarde llegó la epidemia de fiebre amarilla, que postergó los sueños deportivos de todos y dejó un impresionante registro de casi catorce mil muertos. En 1867 y 1868 se habían producido dos brotes de cólera en Buenos Aires, que tuvieron un saldo de trescientos muertos, pero la fiebre amarilla mató al ocho por ciento de los porteños, se supone que traída por aquellos combatientes que habían peleado en la injusta Guerra de la Triple Alianza que destruyó a Paraguay.

Tuvo que pasar más de una década para que el fútbol iniciara su lento camino hacia la masificación. Todavía faltaba. El primer eslabón fue la llegada del maestro escocés Alexander Watson Hutton en 1882.

Lo había contratado el Saint Andrew’s High School y el hombre trajo entre sus pertenencias pelotas de fútbol e infladores, algo nunca visto en el país. Sin embargo, no hubo armonía con sus patrones y debió alejarse. Espíritu inquieto, Watson Hutton decidió crear el English High School, una escuela exigente, donde irían muchos de los hijos de los inmigrantes británicos y con prevalencia de la actividad física…

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