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La Revista

“Fue una revolución sin armas”

Entrevista al periodista y poeta Alfredo Carlino sobre su participación en el 17 de octubre de 1945 y sus reflexiones sobre el impacto del peronismo en la sociedad argentina.

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carlino

Hubo un tiempo en el que el peronismo no existía. No es difícil saberlo escuchando algún relato a la pasada, mirando alguna película o leyendo un poco. Pero resulta bastante menos sencillo asimilar esa idea. Hoy parece inimaginable una Argentina antediluviana sin el impacto transformador del líder y el movimiento político más influyente de los últimos 70 años. Por su poder simbólico y concreto, el 17 de octubre de 1945 es un hecho de una potencia insoslayable. No sólo porque consagró al por entonces coronel Juan Domingo Perón como el actor central de la vida política de nuestro país.

También porque hizo visible y confirmó el poder del pueblo en la calle. Los eternos postergados comenzaban a tener voz, cara y significancia política. Una de las formas de acercarse a aquella jornada es conocer a quienes la vivieron en carne propia. Alfredo Carlino (83 años) estuvo ahí y desborda en entusiasmo para contar su historia.

“Alfredo es un personaje indispensable, querible como pocos, siempre estando donde tenía que estar: viviendo la experiencia de nuestro pueblo.” Esas palabras corresponden a Norberto Galasso y están refrendadas en el prólogo de 17 de octubre. La celebración de la muchedumbre ardida, el libro donde Carlino rememora uno de los días más determinantes de la historia argentina.

La vida de Carlino estuvo marcada por la militancia desde los primeros años de la adolescencia –“en esos tiempos todo era más duro y se luchaba desde mucho más joven”, subraya– y ese espíritu circula en sus venas hasta hoy. Pero también es periodista, poeta, fue boxeador, titiritero y actor de teatro. Acaso todo tenga que ver con lo mismo: hacer resonar las voces de los menos afortunados.

Desde esa envidiable situación de testigo y actor, Carlino repasó para Caras y Caretas los sucesos del 17 de octubre de 1945 y lo que vino después. No se trata de un relato histórico. Es una visión exaltada por el vértigo de haber vivido esos hechos. El suyo es un recorrido de largo aliento. Con enormes victorias y derrotas dolorosas.

Casi las mismas que las de la Argentina toda. Haber participado en la gestación del peronismo, sumarse a la resistencia, compartir diversas instancias con John William Cooke, Arturo Jauretche y Rodolfo Walsh, entre otros, ser el coordinador de Prensa y Difusión con la vuelta de Perón. También padeció el exilio externo e interno.

La tragedia de la dictadura más sangrienta que sufrió la Argentina y la “traición de Menem”. Apoya al kirchnerismo y también a Daniel Scioli “porque lo eligió la Presidenta”.

– ¿Cómo era su vida en los tiempos del 17 de octubre de 1945?

– Tenía 13 años. Trabajaba en el diario inglés The Standard, bancado por la embajada inglesa. En aquellos años el imperialismo inglés era muy fuerte en la Argentina y se llevaba todo. Entrar a esa edad en un diario era como un sueño porque era un oficio que me atraía mucho. Pero a los pocos meses ya estaba a las puteadas por su línea editorial. Yo les decía que las Malvinas eran nuestras y ellos se reían. Por ese entonces yo ya militaba y tenías mis ideas. Estaba muy comprometido.

– ¿Dónde militaba?

– En la Alianza Libertadora Nacionalista. Por esos tiempos el único partido que le hacía frente al imperialismo inglés. Allí estábamos con los hermanos Puigbó, Rodolfo Walsh, Chiche Lapdula y otros. Después la policía metió a Guillermo Patricio Kelly, que era un ser nefasto, pagado por servicios extranjeros. Los nacionalistas creamos la consigna “Patria sí, colonia no”. Teníamos una actividad territorial muy fuerte. Se peleaba mucho en la calle y cuando era necesario se ponían bombas. Eran tiempos duros. Se nos acusaba de nazis y nada que ver. No hay un solo documento de la época que avale esa acusación. Después me integré al peronismo y ese fue, es y será mi lugar. Pero la Alianza Libertadora Nacionalista fue muy importante en el 17 de octubre. Cuando conocí a Perón él nos decía que la lucha no era contra los radicales ni contra ningún otro partido. La lucha era por la soberanía nacional y contra los imperialismos.

– ¿Cómo fueron los hechos que precipitaron el 17 de octubre de 1945?

– En realidad todo empezó bastante antes. A Perón lo querían voltear hacía un tiempo. Tenía a toda la prensa en contra. El embajador de EE.UU., Spruille Braden, conspiraba abiertamente. Nucleaba a la oposición y hasta hacía discursos públicamente. Hoy eso es difícil de imaginar. Pero era así. Entre los propios militares ya había muchos enfurecidos con Perón. “Ese coronelito que habla de los trabajadores es peligroso”, decían. Los obreros eras recontraexplotados. Ganaban miserias y no tenían derechos. Hasta se los suspendía cuando el patrón quería. La acción política de Perón había comenzado a modificar esa realidad. Desde la Secretaría de Trabajo cambió la realidad de millones de argentinos. Con el Estatuto del Peón de Campo, la jubilación, los convenios colectivos y tantas cosas más. Perón también estimuló que se fortalecieran las centrales obreras. Eso les dio más fuerza a los trabajadores y resultó la columna vertebral de su posterior estructura política. En ese entonces los dirigentes obreros venían del yrigoyenismo, anarquismo, socialismo y/o comunismo. Después la gran mayoría se sumó al peronismo. El asunto es que la interna militar explota y deciden arrestar a Perón. Ahí nos damos cuenta de que la cosa es grave, que todo era una estrategia para matarlo y que había que hacer algo.

– ¿Cómo vivió la enorme movilización?

– Las organizaciones obreras estaban preocupadas. Pero dar la respuesta no fue sencillo. Algunos creían que la solución era “buscar otro coronel”. No entendían nada. El malestar era grande; pero las acciones concretas, pocas. Hasta que una votación en la CGT aprueba por un voto la huelga para el 18. Pero la gente no aguantó y salió antes, el 17. Nosotros veníamos acompañando. Recorríamos las fábricas y llamábamos a los obreros a la huelga. Les decíamos que si había represión les íbamos a dar cobertura. La gente empezó a salir porque sentía que iba a perder a su líder y sus conquistas. Perón lo había dicho en su mensaje previo por radio: “Renuncio a los cargos, pero no a la lucha”. E instó a los trabajadores a que pelearan. El sindicato ferroviario no lanzó la huelga, pero los trabajadores no cobraban boleto y la gente podía viajar gratis. Se juntó más de un millón de personas. Hombres, mujeres y jóvenes. Fue una revolución sin armas ni apoyos. Por ese entonces los pobres nunca llegaban al Centro. A lo sumo iban a Flores. Entonces esa presencia de gente que llegaba hasta la 9 de Julio y las calles aledañas tuvo un impacto increíble. Algún militar dijo que el tema se solucionaba con balas. ¡Pero se necesitaban demasiadas balas! Así triunfa la idea de que el único que puede parar eso es Perón y lo llaman para que le diga a la gente que se vuelva a sus casas. Pero Perón no acepta condiciones y con su discurso consolida la victoria y sienta las bases de lo que vendría después. Recordemos que a los cuatro meses ya ganó las elecciones. El 17 marchamos a la plaza y desde el diario Crítica nos dispararon. Así murió mi amigo y compañero Darwin Passaponti. Con los nacionalistas también enfrentamos con éxito un intento de darle el gobierno a la Corte Suprema de Justicia, el 12 de octubre, en lo que luego se llamó el “picnic de la plaza San Martín”. Irrumpimos al grito de “Patria sí, colonia no”.

– Perón supo manejar todo ese apoyo porque tenía una verdadera visión política.

– Claro. Perón ese mismo 17 hizo una maniobra perfecta. Fingió una enfermedad para estar en el Hospital Militar, mucho más cerca de los hechos. Era un enorme conductor. Nunca hubo ni habrá nada parecido.

– ¿Qué participación tuvo Evita en aquella jornada?

–Poca. Es más un mito que una realidad. En el 45 no era tan conocida. Habló con delegados obreros que trataba porque Perón se los había presentado. Pero no mucho más. Hay que entender que en aquel entonces la política era cosa de hombres. A la mujer no se la tenía muy en cuenta y menos como conductora. La figura de Evita toma su verdadera estatura después. Y tiene mucho que ver con Perón. Perón la amaba y percibió en ella cierto potencial. Evita no había militado nunca. Su sueño era triunfar como actriz en Buenos Aires. Pero le dio un lugar en Trabajo y Previsión y la cosa empezó a crecer. También hizo su aporte para la organización gremial de los actores. En ese contexto tuvo la famosa discusión con Libertad Lamarque, esa en la que dijeron que ella le pegó una cachetada. ¡Una vulgar mentira de los gorilas! ¡Si Libertad Lamarque le hubiera pegado Evita la ahorcaba con sus propias manos!

–El peronismo triunfa, pero también crece un odio profundo hacia esos nuevos actores sociales.

–Sí. La imagen del 17 de octubre potenció odios terribles que se harían más y más virulentos. Gente que despreciaba a los trabajadores. Que se ofendía si usaban traje. “Tienen que estar de overol y alpargata”, decían. No podían aceptar a un pueblo con dignidad. También aquella terrible frase que caracterizaba al pueblo como un aluvión zoológico.

–¿Cómo era Perón personalmente?

–Un genio. Una persona muy inteligente y educada. Y le gustaban mucho las minas. Eso me lo contó Discépolo. Tenía muchas anécdotas de la estadía del General en Chile. Pero después de la muerte de su primera mujer y antes de Evita, claro. Él decía: “Yo no soy político, yo soy conductor”. Y explicaba que la conducción es un arte y por eso es innata y la política una ciencia, por eso hay que estudiarla. Fue el talento político más grande que tuvo la Argentina. Él me quería. Tenía un retrato mío en Madrid. Ahora está en su museo de Lobos. Pero una vez me metió en cana y otra me frenó en seco. Cuando se adhirió al Acta de Chapultepec los nacionalistas no estábamos de acuerdo. Sentíamos que era ceder soberanía. Así que lo combatimos. Intentamos poner una bomba vacía en el Congreso con el aviso de que la próxima iba llena. Con Perón no se jodía y nos metió presos. Y después, en el 48, quisimos recuperar las Malvinas por la fuerza. Perón sabía que se hubiera venido una guerra a gran escala y nos frenó. Son dos decisiones de un conductor cabal. La Argentina antes de Perón no existía. Era una colonia. Perón les dio dignidad y esperanza a los trabajadores y soberanía a todos los argentinos.

–¿Por qué no resistió Perón el golpe del 55?

–Era muy difícil. Porque intervino la Iglesia. El cardenal Spellman organizó el golpe desde la Democracia Cristiana. Era una Iglesia reaccionaria. No como el papa Francisco, que es mi fan. El golpe tenía a favor a todos los sectores del establishment y muchos partidos políticos. Las potencias también conspiraban. Cuando cayó Perón, Winston Churchill, el primer ministro inglés, dijo que era una victoria comparable con la de la Segunda Guerra Mundial. El sector leal del Ejército también se le dio vuelta y Perón no tenía armas en el bolsillo. La Marina siempre fue gorila y masona. El contexto económico global tampoco ayudó. Pero así y todo, y con su proscripción brutal, jamás pudieron hacer que el pueblo se olvidara de él. Fue un proceso muy largo que compartimos de resistencia y lucha. Pero Perón pudo volver y fue otro de los momentos más felices del pueblo argentino.

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