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La Revista

ENTREVISTA CON ATILIO BORÓN

La política migratoria, el vínculo con México en particular y con América latina en general, la incipiente recomposición de las relaciones con Cuba, el anuncio de que EE.UU. se saldrá del Tratado Transpacífico. Por el momento no hay certezas respecto del rumbo que dispondrá el gran país del Norte y de cómo impactará en el mundo.

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CyC Nº 2325 Enero 2017-16 (Borón)

Por Emiliano Guido – Foto: Agustina Roasio. Los contornos ideológicos y programáticos de Donald Trump aún están muy difusos. Sin embargo, el politólogo y analista internacional Atilio Borón advierte que los presupuestos clásicos del imperialismo tradicional, más intervencionismo militar y blindaje de las propias fronteras económicas, retornarán con fuerza a partir del 20 de enero, cuando el magnate asuma la presidencia.

–Usted fue muy crítico con la supuesta política exterior progresista del presidente Obama. Sin embargo, durante su mandato se sucedieron varios hechos significativos en la región: el deshielo con Cuba, la paz en Colombia. En ese sentido, ¿la victoria de Trump implicaría más intervencionismo para Latinoamérica?

–Analizar a Trump, por el momento, es un salto al vacío. Incluso, los más encumbrados analistas estadounidenses admiten que aún carecen de datos contundentes para poder perfilar la futura gestión republicana. Trump es un dirigente muy inestable y voluble con sus movimientos políticos. Ha dicho cosas terribles sobre los inmigrantes latinos en general. Amenazó a México con forzar a construir un muro fronterizo. Lo que implica un delirio, una política pública imposible de consumar para cualquier nación. Desgraciadamente, podemos esperar cualquier cosa del próximo mandatario. Incluso, su equipo de trabajo es muy heterogéneo. No es fácil encontrar ahí un hilo ideológico conductor o algún tipo de coherencia. Expresan más bien un rejunte muy improvisado de cuadros políticos. Si bien en los últimos años la política de los demócratas para la región no abandonó el histórico patrón injerencista, seguramente lo que va a venir no va a ser mejor. En La Habana, por ejemplo, están muy preocupados por la llegada de Trump a la Casa Blanca.

–Durante la era Obama, EE.UU. reconfiguró su política energética y se apoyó mucho en la fuente del gas shale. Esa autonomía, a su vez, alteró la relación de Washington con los países de la Opep, caso Venezuela. ¿La llegada de Trump implicaría un retorno del país a la matriz del crudo y a la tradicional guerra por el petróleo?

–Eso va a depender de las reacciones que tenga el mercado petrolero, que suele ser un sector muy volátil de la economía. Ese terreno para mí aún es una incógnita. Trump es un gran ególatra. En el proceso de toma de decisiones, incluso en los temas más sensibles, es muy personalista. Todo recae sobre su persona, los asesores más cercanos han sido corridos por él en más de una oportunidad. Lo que sí está claro es el encono del establishment estadounidense con el nuevo presidente porque no es un dirigente fácil de encuadrar con los intereses corporativos del sector financiero. Entonces, hay enojo y también preocupación en algunas facciones del poder. No sólo a nivel doméstico, sino a nivel global. El gobierno de Japón tiene todas las alertas encendidas por lo que ha dicho Trump sobre suspender el Tratado del Transpacífico. La Unión Europea, por su parte, no sabe todavía si Washington irá abandonando su apoyatura económica a la Otan, que es el principal paraguas militar del Viejo Continente. Hay demasiados interrogantes abiertos con Trump. Incluso, el lugar de Latinoamérica en su agenda es uno de ellos.

–Más allá de los pronósticos abiertos, en el mundo están sucediendo hechos, como el Brexit o el auge de los nacionalismos, que parecerían desterrar definitivamente la tesis líquida del Imperio acuñada por Toni Negri. ¿Trump implica el retorno del viejo imperialismo, el maridaje cerrado entre Estado y transnacionales?

–Creo que la historia ha demostrado de una manera rotunda que ese pensamiento que estuvo tan en auge era una fantasía que no tenía ni pies ni cabeza. Negri decía que el imperialismo era una cosa del pasado. Hoy en día nadie puede sustentar esa tesis posmoderna para leer a los centros de poder. El papel del Estado es cada vez más importante para los países centrales en pos de viabilizar su expansión económica y militar. Es notorio que el capitalismo y las transnacionales necesitan mucho más Estado que antes. La crisis de 2008 lo demostró. Wall Street no habría sobrevivido si el gobierno no hubiera actuado encendidamente para rescatarlo. Además, Estados Unidos no logra acrecentar sus posiciones de poder gracias al espíritu santo. Su intervención en el exterior se da con el Ejército, los marines, los paramilitares, y eso no es otra cosa que el Estado mismo. La visión del imperio virtual de Toni Negri era una pura fantasía. La victoria de Trump corrobora el fracaso de esa lectura.

–Volviendo a la victoria de Trump, que fue sorprendente para toda la comunidad analítica, ¿cómo entiende el ascenso al poder de una persona tan estrafalaria?

–Primero, fue una elección muy reñida. Hillary, incluso, ganó en votos, lo que marca la crisis del sistema electoral estadounidense. Puntualmente, Trump ganó en los estados donde debía hacerlo, los llamados estados oxidados, vinculados a un modelo de producción industrial que fue destrozado por la matriz financiera y neoliberal de las últimas administraciones demócratas. Trump encarnó el malestar social presente en Michigan, Ohio, Pensilvania. La población ahí estaba muy enojada con el desempleo y las políticas sociales de Obama. Todos esos sectores, a su vez, estaban muy molestos por las limitaciones de los intentos reformistas de la administración Obama. Porque la reforma en salud se quedó a mitad de camino. Obama, desgraciadamente, no fue un presidente que haya tenido agallas para pelear. Por eso, el electorado cambió de rumbo. Trump logró tocar la fibra del pueblo estadounidense. Fundamentalmente, con la consigna “Make America great again”.

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