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La Revista

Entrevista a Taty Almeida

A 40 años de la primera ronda, Taty Almeida recorre su historia en Madres de Plaza de Mayo, y también la del país. Sigue buscando a su hijo Alejandro y peleando por la memoria, la verdad y la justicia. Los retrocesos y provocaciones de la era macrista.

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Por Luciana Rosende. Con mi currículum, van a creer que soy una espía”, pensó Taty Almeida la primera vez que se acercó a una ronda de Madres de Plaza de Mayo, allá por el año 1980. Se refería a su familia llena de militares –coroneles, tenientes, comodoros– y a su ferviente antiperonismo. “Era una gorila, mis pelos salían por todos lados”, se ríe de sí misma. Pero así y todo decidió ir a conocer a esas mujeres que desde el 30 de abril de 1977 daban vueltas en torno a la Pirámide de Mayo, reclamando la aparición con vida de sus hijos. Pese a las dudas con las que llegó a la sede de la calle Uruguay, la mujer con pañuelo que la recibió (“María Adela Gard Pérez de Antokoletz, La Madre, con mayúsculas”) sólo quiso saber una cosa: “Me acuerdo de que lo único que me preguntó, porque era lo único que se le preguntaba a una madre cuando se acercaba por primera vez, fue: ‘¿A vos quién te falta?’. No importaba política, religión, nada. Así que a partir de ahí me incorporé a Madres”.

Por entonces, Taty llevaba un lustro buscando a su hijo, Alejandro Almeida, secuestrado por la Triple A cuando tenía 20 años, el 17 de junio de 1975. Con Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora cumpliendo cuatro décadas de vida, Taty dice que “la meta hoy es seguir exigiendo y practicando la memoria, la verdad y la justicia”. Y agrega un deseo: “No me quiero ir sin encontrar los restos de Alejandro. Por lo menos quiero tocar sus huesos”.

Taty repasa los 40 años de historia de Madres desde el living de su casa. Con paredes rojas de fondo, está rodeada de fotos en blanco y negro y también en colores: ahí están sus tres hijos, seisnietos y dos bisnietas. Junto a los portarretratos, reconocimientos con el sello del emblemático pañuelo, souvenirs de todas partes del mundo y una infinita colección de llaveros, cubriendo una pared entera. Sobre la blusa turquesa, tres prendedores ocupan su pecho: uno con la foto de su hijo Alejandro, otro con la azucena que se convirtió en el símbolo de Madres en homenaje a una de sus fundadoras, Azucena Villaflor, y el tercero con el reclamo por la liberación de Milagro Sala.

Con el pasado y el presente atravesándola, comenta sobre la enorme marcha que copó las calles el día anterior a la entrevista, en el marco del Paro Internacional de Mujeres. No pudo ir (“ya no estamos para esos trotes”), pero la siguió por televisión y le pareció “estupenda”.

–¿Hay algo de Madres en esta lucha de las mujeres en las calles?

–¡Sí, desde ya! Estoy convencida. Porque primero es la lucha de las mujeres para hacerse valer, que seamos reconocidas por lo que somos. Que una mujer gane menos que un hombre en el mismo puesto es inaceptable. ¡De ninguna manera! Es también una violación a los derechos humanos no reconocer el lugar que ocupamos. Yo siempre digo, cuando hablan del sexo débil: ¿quién dijo que somos el sexo débil nosotras? ¡Por favor! Si lo habremos demostrado… En mi caso, lo que me tocó desgraciadamente: ser una Madre de Plaza de Mayo. Ojalá que no existiéramos las Madres, eso querría decir que acá no hubo 30 mil detenidos-desaparecidos.

–¿Por qué fueron las mujeres hace 40 años las que primero salieron a enfrentar la dictadura?

–¿Sabés lo que pasa? Para una mujer perder un hijo es el dolor más brutal que existe. No hay palabras. Hablás de huérfanos, viudos, viudas, pero no se va a encontrar una palabra que signifique la pérdida de un hijo. El dolor es el mismo en cualquier circunstancia, pero en el caso nuestro esa palabra, “desaparecido”, no la conocíamos, no la practicábamos. Es tan cruel. Porque a nuestros chicos se los llevaron, como gritábamos al principio, con vida: “Con vida los llevaron, con vida los queremos”. “Aparición con vida”. Eso era lo que creíamos. No nos imaginábamos desaparecidos.

Hacia 1975 Taty era docente, madre divorciada, vivía en el mismo departamento que habita hoy y, así como se admitía ultraantiperonista, desconocía la militancia política de su hijo. Además de cursar el primer año de la carrera de Medicina y trabajar en el Instituto Geográfico Militar al mando de Santiago Omar Riveros, quien ya acumula múltiples condenas en juicios por crímenes de lesa humanidad, Alejandro militaba en el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP).

“Las veces que Alejandro, con su metro ochenta, me abrazaba y me decía ‘esta gorilita de mierda, y sin embargo la quiero’. Yo me reía. Él me cuidaba. Militaba en el ERP, pero de todo eso me entero muchísimos años después”, relata Taty, ya habituada a convertir historia de vida en testimonio.

El 17 de junio de aquel año, Alejandro le dijo que enseguida volvía y cerró la puerta. No la abrió nunca más. “Al día siguiente que lo desaparecen yo empiezo a buscar un papelito, algo. Porquecuando él no venía a dormir me dejaba una nota. No encontré nada de eso. Pero sí encontré una agenda de teléfonos y las últimas 24 hojas, con 24 poesías. Las empecé a leer y hay una que me dejó a mí, por si algo le pasaba. Son tremendas. Yo tampoco sabía que escribía poesías. Ahí empecé a conocer otra faceta de Alejandro.”

–¿Qué implicó incorporarte a Madres?

–Cuando yo me incorporo a Madres es como que puse la pata en el acelerador. Ahí me empecé a informar. Y preguntaba, preguntaba, preguntaba. Con mucha avidez. Sabía que nos unía un factor en común: buscar a nuestros hijos. Nunca hemos aceptado que nos digan ‘madres heroínas’. No. Hicimos lo que cualquier madre hace por un hijo. Nos arrebataron lo más preciado que tiene una mujer. Salimos como leonas, a pelear, a buscar a nuestros cachorros.

–¿Qué definía al reclamo de Madres en aquella primera etapa y qué lo define hoy?

–Al principio era “con vida los llevaron, con vida los queremos”. Hasta que en el 80 y pico, gracias a la valentía de los sobrevivientes que empezaron a hablar, a contar, ahí uno se fue enterando que la Esma, que Campo de Mayo, en fin. Cuando tuvimos la certeza de que estaban muertos –aunque políticamente jamás los damos por muertos: son detenidos-desaparecidos–, a partir de ese momento nuestra base de la lucha son tres patas: memoria, verdad y justicia legal. Justicia legal, jamás por mano propia. Ahí seguimos.

–A mediados de los 90 surgió y comenzó a tomar cada vez más visibilidad H.I.J.O.S. ¿Cómo vivieron ese proceso?

–En el 95 se presentan en sociedad los chicos. Hijos de desaparecidos. Fue una maravilla. Con esa insolente juventud, que la necesitábamos, fueron los primeros en decir, en hablar, sobre la militancia de sus padres. “¡Mi padre era un monto!” “¡Mi padre era del ERP!” Nosotras no lo decíamos. Para preservarlos. Ellos fueron los primeros y ahí nos largamos todas.

En el camino atravesaron el Juicio a las Juntas (“fue ejemplar, era la primera vez que civiles juzgaron a los militares”), la sanción de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final (“otra cachetada”), los indultos que dejaron en libertad a los condenados durante el Juicio a las Juntas (“fue espantoso, los tipos se nos paseaban ante las narices”) y hasta los empujones de fuerzas de caballería que arrasaban incluso con los pañuelos en la Plaza de Mayo del 19 y 20 de diciembre de 2001: “Lo vivimos mal, pero era como una inyección. Adrenalina para seguir y con más fuerza. Porque decíamos ‘no nos van a poder’. Y no pudieron”. En su repaso por cuatro décadas de historia, Taty está apurada por avanzar casilleros: “¡Por fin llegamos a 2003!”.

–¿El kirchnerismo generó discusiones internas en Madres? ¿Había quienes querían más acercamiento y quienes preferían mantener una distancia con lo partidario?

–Hay que tener memoria. Y aquel que no reconoce todos los logros que tuvimos durante estos doce años no tiene memoria. Para mí hay un antes y un después del kirchnerismo. Dentro de los organismos por supuesto que había diferencias y todo, pero en cuanto al kirchnerismo, no es cuestión acá de hacer partidismo. Hay que reconocer. Tenemos que reconocer lo que logró. Con sus errores, con todo. Pero mirá lo que está haciendo este…

–¿Cómo ven el contexto político que las encuentra en este 40º aniversario de las Madres de Plaza de Mayo?

–Estamos cumpliendo 40 años y lamentablemente nos encontramos haciendo cosas como hacíamos 40 años atrás. Entrevistas, acudir al exterior, contar, viajar, decir lo que está pasando acá. Es lo que hacíamos hace tantos años. Y cuesta.

–¿Sienten que no tienen un interlocutor en el Gobierno hoy?

–Para nada. Al contrario, cada vez ofenden más. Empezando por el Presidente. Directamente está provocando. Pero nosotras ya no estamos solas. Y esa es la tranquilidad que tenemos. Porque sabemos que no vamos a estar vivas para el último juzgado y condenado, pero están los jóvenes, y sabemos que a ellos les estamos pasando de a poquito la posta. La tranquilidad y esa posta que les vamos pasando a los jóvenes es de a poquito, porque todavía y a pesar de los bastones y las sillas de rueda, las locas seguimos de pie. Y vamos a seguir.

–¿Cómo se da esa transmisión a los más chicos?

–En las charlas, en los acercamientos, en hablar con los jóvenes, en ir a colegios. Una vez terminé de dar una charla y un nene que tendría 11 años me abrazó fuerte y me dijo ‘no está Alejandro, pero estoy yo’. Me derretí. Tienen unas respuestas maravillosas, y los dibujitos que nos hacen… ¿Por qué? Porque son los docentes que están transmitiendo lo que ha ocurrido, desde que se instaló el tema de los derechos humanos como política de Estado.

–¿Además de construir un legado, cuál es tu meta en este cumpleaños 40?

–La meta hoy es seguir exigiendo y practicando la memoria, la verdad y la justicia. Pero por ejemplo la lucha de las Abuelas es esperanzadora, porque buscan desaparecidos con vida. Nosotros ya sabemos que no. Entonces yo, como tantas, no me quiero ir sin encontrar los restos de Alejandro. Por lo menos quiero tocar sus huesos. Y no pierdo las esperanzas. Porque ese equipo de antropólogos forenses maravilloso ha encontrado tantos y tantos. Yo tengo esperanzas y más de una también las tiene. Porque lo peor es eso. Si un hijo muere por enfermedad se lo puede cuidar, hacer lo indecible, se lo puede enterrar. Pero lo más cruel que hay es el desaparecido.

Presente, como reza el grito que suena en cada acto por los 30 mil, Alejandro está en el relato, la foto en el pecho, las imágenes en las paredes, el bordado en el pañuelo, la mirada de su mamá. “Todos los 16 de febrero, el cumpleaños de Alejandro, siempre me junto con la familia y lo recordamos con alegría. Ahora me doy el lujo de también recordarlo con mis dos bisnietas”, sonríe Taty, a tres años de cumplir 90.

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