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La Revista

El “YUYO” y algo más para saciar el apetito chino

La mirada argentina sobre China pendula entre las oportunidades de negocios y la amenaza por los bajos precios. Hoy es el segundo socio comercial detrás de Brasil, pero la clave a mediano plazo es diversificar exportaciones y generar confianza entre los empresarios orientales.

Por Carlos Boyadjián
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El reciente conflicto comercial con China, que supuso restricciones por parte del gigante asiático a las exportaciones de aceite de soja de nuestro país, es un síntoma de un mundo que aún está crujiendo a raíz de la severa crisis internacional. Ante el derrumbe de la economía mundial los países buscan resguardarse y eso –huelga decirlo– siempre genera roces.
Desde hace más de un año la Argentina aplica licencias no automáticas (autorización especial para importaciones) en sectores industriales sensibles –calzados, textiles, juguetes, marroquinería, etc.– y también controla los llamados valores criterio (precios de referencia de bienes ingresados). Así, el Gobierno protege a esas industrias locales en momentos en que los excedentes de bienes chinos se vuelcan a otros mercados para compensar la recesión y reducción de órdenes de compra de Estados Unidos y Europa.
Luego de la crisis, parece cada vez más claro que el eje del comercio global está virando del Atlántico a la región Asia-Pacífico, atraído por el gigantesco mercado chino, aunque también Japón y los tigres asiáticos. Este es el contexto en el que habría que leer el conflicto de intereses de hace algunas semanas entre la Argentina y China.
“Lo que se observa en la balanza comercial entre ambos países es un progresivo deterioro de los términos de intercambio. Mientras la Argentina continúa exportando manufacturas de origen agropecuario y bienes primarios, desde China se importan bienes de capital, situación que genera una fuerte vulnerabilidad para nuestro país”, señala Nicolás Comini, investigador del Observatorio Iberoamericano de Asia-Pacífico.
El analista apunta que China “tiene muchos intereses puestos aquí”, desde recursos energéticos hasta alimenticios y financieros. Más allá de conflictos concretos en ciertos sectores productivos, “estos le otorgan a la Argentina un rol de suma relevancia para el futuro de China, principalmente como proveedores de energía y recursos naturales”, subraya.
Se trata, en última instancia, de definir las estrategias de relacionamiento entre una economía emergente como la nuestra, básicamente exportadora de bienes primarios o con una primera transformación –harinas, aceites–, y la segunda economía mundial, una verdadera aspiradora de alimentos y materias primas.
Si bien el tema comercial ya está entrando en un proceso de normalización, tras la visita a nuestro país en abril de Jian Yaoping, el viceministro de Comercio chino, el caso deja algunas enseñanzas que conviene capitalizar a futuro. Anualmente nuestro país exporta a China unos 6.000 millones de dólares, cifra que representa algo menos del 10 por ciento del total enviado al exterior.
“Para exportar a EE.UU. usted hace un contrato, intervienen los abogados y allí están todas las cláusulas. Pero para vender a países como China o Japón hace falta primero generar confianza. Son países que comercian con el que se hacen amigos a través del tiempo”, afirma Elvio Baldinelli, director del Instituto para el Desarrollo de Consorcios de Exportación de la Fundación Standard Bank.
El experto destaca que bajo esta premisa “lleva mucho tiempo entrar a esos mercados, los empresarios tienen que viajar, verse la cara y después hacer negocios”. Del mismo modo, romper un contrato comercial es relativamente sencillo, mientras que ser desplazado de un mercado ganado a base de confianza resulta más difícil.

 

SAINETE CRIOLLO
Mucho se ha especulado sobre el carácter de retaliación que tendría la prohibición de ingreso a China de aceite de soja con niveles de hexano superiores a cien partes por millón (ppm). Tampoco hay que descartar que responda al malhumor por las recurrentes investigaciones por dumping a productos chinos (19 sobre un total de 29 casos abiertos) o la lentitud en la aprobación de licencias no automáticas de importación. Hasta se habló del suspendido viaje oficial de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner a Beijing en febrero último.
Para Baldinelli hay mucho mito en eso. “La verdad es que los chinos tienen razón, no hay tal cuestión como represalias por el viaje que no hizo la Presidenta ni las licencias no automáticas. De todas maneras, el problema no fue tan grave porque no afectó a todas las exportaciones de aceite de soja sino sólo a un 30 por ciento”, sostiene el ex secretario de Comercio Exterior de la Nación.
Por su parte, Rosendo Fraga, director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría, recuerda que “China es un país muy nacionalista y tiene muy en claro su interés nacional, tanto en lo económico como en lo comercial”. Es por eso que “aplica la reciprocidad en materia comercial –incluso lo hace con EE.UU.– y adopta medidas proteccionistas” contra aquellos países que se las aplican.
“Desde esta perspectiva, las medidas restrictivas para el aceite de soja de la Argentina tienen relación con las medidas adoptadas por el país contra importaciones industriales de China”, advierte Fraga. Sin embargo, se distancia de quienes responsabilizan a la Presidenta por el rechazo chino. “Este tema no tiene relación con la cancelación de la visita de Estado de Cristina Kirchner”, asegura.
Dante Sica, titular de la consultora Abeceb.com y ex secretario de Industria de la Nación, afirma que la medida referida al límite de hexano en el aceite de soja rige desde 2005, pero “ahora, de manera repentina, se prohíbe el ingreso de aceite argentino”, por lo que adhiere a la teoría de la retaliación.
En su opinión, tras el principio de acuerdo, los chinos van a monitorear en los próximos meses “los tiempos que demanda la concesión de licencias no automáticas de los actuales 120 días a unos 60 días” y verán también si “se hacen más lentos” los casos de investigación por dumping en marcha.
Para Fraga, en el largo plazo “acceder al mercado chino exigirá abrirle el nuestro”, pero para la Argentina “no es fácil por una cuestión de volumen”. Lo que es indiscutible es que la clave pasa por diversificar las exportaciones y no proveer sólo materias primas.
En este sentido, “la Argentina debería definir qué va a necesitar China dentro de veinte años, en 2030, para poder desarrollar una estrategia eficaz”, destaca Fraga. Y se pregunta: “¿Seguirá necesitando aceite de soja para ese momento? ¿O tendrá para esa fecha 400 millones de consumidores sofisticados y entonces requerirá alimentos orgánicos? Este es el tipo de reflexión que requiere una relación eficaz con China en el largo plazo”.

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