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La Revista

El Trilema de Venezuela

La República Bolivariana se prepara para afrontar una nueva elección legislativa. El chavismo se enfrenta a tres opciones: ganar, perder o lograr una victoria pírrica.

Por Modesto Emilio Guerrero
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El próximo 26 de septiembre casi 16 millones de electores deberán elegir 165 diputados a la Asamblea Nacional. Trece votaciones en 11 años son suficiente índice de la democratización ganada por la sociedad venezolana en una década, el más alto promedio, en términos de consultas en este hemisferio, seguido por Ecuador, Bolivia, Costa Rica y Uruguay.
La proyección internacional de un evento tan local, impone precisar las tendencias más probables de unas elecciones cuyos resultados incidirán sobre la marcha política del continente. Se trata, entonces, de una nueva prueba de fuerzas sociales y políticas entre proyectos incompatibles en el escenario nacional e internacional.
Este será el noveno escrutinio popular en la República Bolivariana de Venezuela desde 2006 (las últimas presidenciales) y el número 13 desde que comenzó la “revolución bolivariana” en 1999.
No faltará quien piense que 13 es una cifra con demasiados alientos bíblicos en un año frágil para un gobierno asediado por la crisis eléctrica, devaluación, inflación, caída del PBI y agresiones políticas externas recurrentes, como la de Álvaro Uribe en la OEA y la reactivación de plataformas militares en Aruba, Curazao y Bonaire. Visto así, 13 es más que una cábala.

Tendencias
De las principales encuestadoras privadas, Datanalisis, Hinterlaces, Keller y Asociados, Ivad y Consultores 21, sólo la primera se atrevió a sugerir un escenario probable y a publicar en junio de 2010 un dato clave: el presidente Hugo Chávez mejoró su imagen del 40 al 46 por ciento en apenas cuatro meses. Sabemos lo que esto puede significar en el arrastre de votos hacia todo lo que huela a chavismo, incluso cuando huelen mal algunos de sus candidatos.
La tendencia más probable según todas las fuentes, incluyendo las opositoras, es que triunfen los candidatos a diputados por el Psuv (Partido Socialista Unido de Venezuela). A partir de ese punto común comienzan las bifurcaciones.
Los principales partidos de la derecha aseguran –y están militando con mucha fuerza para ello– que se quedarán con el 40% de la Asamblea. Esto contrasta con lo que tienen hoy. En las legislativas de 2005 no se presentaron, dejándole todo al gobierno, aunque un año más tarde 14 diputados chavistas decidieron borocotizarse y desde entonces representan a la derecha.
Desde su perspectiva, el Psuv imagina tres escenarios: el peor, ganar sólo 84 escaños, eso le daría una quebradiza mayoría calificada. Su mejor escenario sería obtener 120 representantes y una opción intermedia de 100 puestos, según información de Rodrigo Cabezas, uno de los jefes del Psuv.
En los tres casos ganarían los bolivarianos. El partido de gobierno, con apenas tres años y medio de existencia y casi siete millones de afiliados, aportaría en septiembre unos 4,8 millones de votos, y con sus dos aliados superaría los cinco millones: 300 mil sufragios del Partido Comunista de Venezuela y 100 mil del Movimiento Electoral del Pueblo.

La incógnita
La abstención es el gran interrogante en esta ocasión, mucho más que en todas las elecciones desde 1999. Ese fenómeno sólo bajó cuando estuvo a prueba la permanencia de Chávez al frente del proceso revolucionario. El entusiasmo electoral de la población mejoró en los últimos cuatro años por encima del 60 por ciento (presidenciales 2006: 74,5 por ciento; referéndum 2007: 61,3 por ciento; gobernadores y alcaldes 2008: 66,6 por ciento y enmienda 2009: 70,3 por ciento). Aun así, sigue siendo el factor más díscolo para el chavismo, zona difusa de latentes premios y castigos de un movimiento social bolivariano altamente politizado.
El riesgo esta vez puede aparecer por el “no voto” que sirvió para castigar desde 2008 a candidatos “no queridos”, o campañas “mal presentadas”, como en el caso del referéndum constitucional de diciembre de 2007. Según el gobernador de Portuguesa, Wilmar Castro Soteldo, fuentes partidarias indican que la abstención podría llegar al 50%. Esto dejaría una franja de unos tres millones y medio de chavistas que no votarían a sus candidatos por las más diversas razones, pero que concentramos en tres: mala o pésima gestión en varias alcaldías y gobernaciones centrales, crecimiento de la inseguridad urbana y desempleo. Dos estudios serios confirman que estos son los tres índices de mayor preocupación social: desempleo, 24 por ciento; mejorar la economía, 18,6 por ciento, y seguridad, 18,3 por ciento.
Cuadros políticos consultados para este escrito advierten que alrededor del 75 por ciento de los actuales candidatos se reparte entre dos rubros: los “no queridos” y los “desconocidos”. Allí comienza el riesgo. Es un hecho constatado que desde 2007 hay en el chavismo un sector de cientos de miles de militantes y cuadros intermedios con estados de conciencia que manifiestan inconformidad, molestia, fastidio, enojo, desazón, incluso rechazo, por lo que suelen llamar “las perversiones insoportables del proceso” (corrupción, mala gestión, burocracia).
Paradójicamente, también se ha puesto a andar el omnipresente peso de la figura presidencial. Pero esto será relativo, pues el 26 de septiembre Chávez no será candidato. A este detalle inestable, se suman dos más importantes por su contenido social, y ambos podrían jugar a favor de un triunfo chavista. El primero es el temor (en muchos casos asume sentimiento de terror) a perder lo conquistado en 11 años, que siendo incompleto y con máculas burocráticas, es superior a todo lo conocido en cien años. El segundo dato lo aporta la gracia de una oposición política de derecha altamente fraccionada, incapaz de ofrecer nada mejor de lo que ofrece el gobierno.

Un escenario probable
Las encuestas, estudios de opinión, entrevistas calificadas y, sobre todo, las percepciones directas de cuadros políticos regionales y locales del chavismo, verdaderos termómetros del sentimiento promedio, auguran un triunfo de los candidatos del gobierno el 26 de septiembre. Esa victoria estará relativizada por una alta abstención, que en el lado chavista será un voto que no emigrará a opciones de derecha pero que podría transitar por dos caminos. El primero es retraerse en su rechazo individual, autista, mudo y sordo. El segundo es que una parte emigre a los candidatos del PCV, castigando así a los socios mayores del Psuv.
La derecha obtendría entre el 25 y el 35 por ciento de los escaños en la Asamblea, lo que indicaría un retroceso de la revolución bolivariana en términos institucionales, o sea, una fortaleza del posicionamiento público de sus enemigos.
En un contexto regional preocupante, las elecciones venezolanas del 26 de septiembre constituyen un trilema: se gana, se pierde o se gana retrocediendo.

 

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