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La Revista

EL HUMOR EN TIEMPOS DE DEMOCRACIA

Puede ser una válvula de escape, una invitación a reírse de la realidad cuando apremia. También, una vía por donde canalizar la crítica social. De esencia contestataria, el humor político muchas veces tuvo que vérselas con la censura. Y otras, resultó funcional a l poder de turno.

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Nota de tapa

Por Diego Igal. En estepaís se escucha mucho rezongar ayquépaís. Y también en estepaís no se ríe el que no quiere. Porque en estepaís la realidad y el humor político compiten a diario, se confunden y amalgaman desde hace más de dos siglos. Y con chistes más o menos elaborados, más o menos en contra del poder y más o menos reflejo del clima social, publicaciones como Don Quijote, El Mosquito, Caras y Caretas, Tía Vicenta y Hum®, entre otras expresiones, tuvieron continuidad en estos últimos 34 años con la pluma, la palabra y la gracia de Carlos Abrevaya, Raúl Becerra, Tato Bores, Alfredo Casero, Adolfo Castelo, Diego Capusotto, Andrés Cascioli, Jorge Guinzburg, los hermanos Korol, Sergio Langer, Eduardo Maicas, Daniel Paz, Enrique Pinti, Miguel Rep, Rudy, Mario Sapag y siguen las firmas.

Este camino iniciado con la plena libertad en 1983 no estuvo exento de censura, aprietes, persecuciones y vaivenes hasta llegar a un presente sombrío como pocas veces. Las razones del derrotero son múltiples, tienen nombre y apellido, apodos artísticos y cuestiones puntuales. Veamos o, mejor dicho, leamos.

ADÓNDE ESTÁ LA LIBERTAD

Los primeros días, semanas y meses posteriores al retorno democrático estuvieron pletóricos de alegría, reencuentros, esperanza y un puñado de sensaciones generadas en el haber dejado atrás la pesadilla represiva. Y aunque el genocidio cometido entre 1976 y 1983 y el encausamiento de los responsables dejaban poco margen para el humor, aun así, aliviaba ridiculizar el Ford Falcon y los anteojos negros que calzaban los uniformados.

Viuti, aka Roberto López, publicaba entonces una tira titulada Aún tengo la vida, en la que alguien que pasea por Buenos Aires piensa: “Yo puedo ver el sol, la luna y las estrellas. ¿Y eso por qué? Porque no me embarqué en aventuras infantiles; ni les fui a mojar la oreja a los servicios; ni escribí fanfarronadas en algún pasquín de mala muerte; ni anduve alborotando en la universidad o el sindicato; ni me plegué a firmar solicitadas irritantes; ni salí a la calle a gritar pavadas, tirar papelitos y gritar a la policía… Y es por eso que hoy puedo decir como Miguelito (Hernández) ‘aún tengo la vida’. Para qué mierda, no sé”. Santiago Varela –columnista de Hum® desde 1980 y monologuista de Tato a partir de 1987– opina que a diferencia de los 70, “cuando como en cualquier dictadura se trabajaba con códigos, las cosas se decían sin decirlas y se mostraban sin mostrarlas; cuando llegó la democracia todo el mundo empezó a hacer humor y a decir lo que se le cantaba porque se podía. Ya no hacía falta hablar en clave; era un humor más libre, menos vueltas, menos código. Ni mejor ni peor”.

Maicas –otro del staff de Hum® y desde mediados de los 80 libretista con Beto César en Radio Del Plata– recuerda que la llegada de Alfonsín permitió la apertura de “hermosas revistas que nunca soñábamos y posibilidades en todos lados. El humor político se atomizó entonces y también aparecieron las ideologías y las luchas intestinas”. Claro que cuidar la flamante democracia tuvo algunos episodios de cierto oficialismo. Alguna vez Fernando Sendra (La Razón, Clarín, Página/12) admitió que en esa época sentía “que hacía humor a favor”. “No puedo decir el mecanismo que usaba, pero trataba de hacer un humor que apoyara a ese gobierno que yo veía como rescate de valores democráticos y montado en una cosa ‘polenta’. En [el levantamiento carapintada de] Semana Santa me sentí traicionado”. Maicas reconoce ahora que bajó el tono “para no joder a la democracia que tanto había costado. Teníamos miedo de ponerle palos en la rueda”. La revista Hum®, cuándo no, marcaría tendencia en esos primeros años y haría escuela como lo había hecho en los últimos cinco de la dictadura; aunque sufriría los embates de la competencia, que con los aires renovados copiaría lo que la publicación había hecho hasta entonces y en tiempos de censura férrea.

Repasar las tapas de la revista creada por Cascioli de aquellos primeros tres años permite comprobar que, si bien hubo apariciones de personajes castrenses tan caricaturizados en los 70, la política económica fue la principal materia prima de los humoristas. Los blancos principales de chistes y dibujos eran Bernardo Grinspun (primer ministro de Economía de Alfonsín), Saúl Ubaldini (entonces líder de la CGT), Estela Martínez de Perón (con visitas esporádicas desde el exilio madrileño), Herminio Iglesias (aquel del cajón o de la frase “conmigo y sinmigo”) y ciertos miembros de la Iglesia, como Antonio Quarracino (que abjuraban del destape y del proyecto para legalizar el divorcio, entre otras libertades individuales).

Ya en una de las dos ediciones de febrero de 1984, Hum® incluyó un remedo de la cara del entonces canciller Dante Caputo para recortar y armar en cartón: “la capureta” para ser “el rey del verano y del carnaval”. También comenzaría a publicar Los Alfonsín, una historieta dibujada por Rep que recreaba los avatares de la vida doméstica presidencial. Rep reconocería en 2002: “El humor en ese momento era totalmente alfonsinista. Yo veía el sentido común alfonsinista en los lectores, y realmente atacaba al alfonsinismo; el sentido común, el lugar común, la democracia. Realmente me gustaba estar en contra de ese lector. Y después me pasó en Página/12, se me ocurrió Gaspar el revolú, que es como el lector progresista promedio, el benedettiano, Galeano, Valdano. Y la verdad es que también me dan ganas de criticarlo. Sin ir a hacharlo hasta la muerte, es simplemente una cosa de molestarlo, de molestarle el sentido común”.

En esa misma oportunidad aclaró: “A veces a uno lo acusan de humorista político, pero yo, en realidad, nunca dejo de ser humorista. El tema es que uno siempre es humorista político y siempre es humorista. Yo siento que siempre hago humor político, aun cuando hago los chistes del náufrago. Es decir, primero me siento humorista y después me siento un ser político, siempre”.

En el mismo 1984 –cuando sólo el 9 de Alejandro Romay era el único canal privado–, debutaría el programa televisivo Las mil y una de Sapag, donde el humorista alcanzaría la consagración con imitaciones muy logradas de personajes de la farándula y también de Alfonsín, Caputo o Álvaro Alsogaray. Tan buena era la caracterización de Caputo que el Día de los Inocentes de 1985 casi logró ingresar en la residencia presidencial de Chapadmalal para hacerle una broma al jefe de Estado. Dicen que Alfonsín recibía muy bien las bromas, aunque no de todos los temas. Jorge Palacio, aka Faruk, dibujante y libretista de Sapag, recordó que el presidente en persona llamó una vez a los responsables del programa porque habían hecho chistes sobre el posible traslado de la capital a Viedma.

Alfonsín no zafaba de los chistes: por esos días le decían caballo de estatua (“tiene las bolas de adorno y no te lleva a ninguna parte”) o el gran toallón argentino (“porque te envuelve, te seca y te deja en bolas”). El presidente también podía participar del programa de Tato Bores, que en 1987 sufriría quedarse sin canal. “Íbamos a ir a ATC y siempre tenían un problema y no podíamos estrenar. Los radicales tenían miedo de que Tato estuviera en el aire”, recuerda ahora Varela.

(sigue en la edición impresa)

 

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