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La Revista

EL DELEGADO DE PERÓN

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Por Felipe Pigna. Director General

En épocas de olvidos voluntarios y desprecio oficial por la memoria y la historia, recordar a los grandes pensadores nacionales se torna un deber necesario. Uno de los más innovadores de ellos fue sin duda John William Cooke (1919-1968). Se graduó como doctor en Leyes por la Universidad Nacional de La Plata. Con sólo 25 años se convirtió en el diputado más joven de su época. Fue profesor universitario, interventor del Partido Peronista de la Capital (1955) e impulsor de la creación de la primera Juventud Peronista. El 1 de septiembre de 1955, pocos días antes del derrocamiento de Perón, escribía en La Prensa, por entonces el periódico de la CGT: “Esas fuerzas no están aliadas contra un hombre; lo están contra el pueblo, al que niegan el derecho de elegir su propio destino y su propio conductor. Reniegan de la Argentina nueva, la de las conquistas sociales, económicas y políticas, la de los principios de justicia y de la soberanía inmaculada, para intentar retrotraernos a la vieja factoría colonial de los estancieros explotadores, de los comerciantes ávidos, de los acaparadores habilidosos, de las ganancias exorbitantes, de los salarios de hambre, de los gerentes extranjeros y de los traidores nativos”. Fue detenido por la autodenominada Revolución Libertadora el 22 de octubre de 1955. Lo alojaron inicialmente en la Penitenciaría Nacional de la calle Las Heras. Desde su exilio en Caracas, Perón lo nombró su delegado personal y su heredero en la conducción, hecho inédito en la historia anterior y posterior del movimiento. El documento decía: “Por la presente autorizo al compañero doctor don John William Cooke, actualmente preso por cumplir con su deber de peronista, para que asuma mi representación en todo acto o acción política (…) En él reconozco al único jefe que tiene mi mandato para presidir a la totalidad de las fuerzas peronistas organizadas en el país y en el extranjero y sus decisiones tienen el mismo valor que las mías. En caso de fallecimiento, delego en el doctor don John William Cooke el mando del movimiento. En Caracas, a 2 días de noviembre de 1956. Juan Domingo Perón”.

Dada su “peligrosidad”, los “libertadores” decidieron su traslado junto a Héctor Cámpora, Jorge Antonio, José Espejo y Guillermo Patricio Kelly al Penal de Río Gallegos. Allí protagonizaría con sus compañeros de confinamiento una cinematográfica fuga hacia Chile.

Desde el exilio se convirtió en uno de los grandes impulsores de la Resistencia Peronista. Fue, junto con Ramón Prieto, el nexo por el cual Rogelio Frigerio pudo entrevistar a Perón para negociar el acuerdo electoral con Arturo Frondizi. Vuelto al país en 1958, Cooke fue perseguido y debió exiliarse tras el fracaso de la huelga general de enero de 1959. En 1960 viajó a Cuba, donde participó en la defensa armada de la Revolución en Bahía de Cochinos. Desde entonces hasta su muerte, el 19 de septiembre de 1968, intentó elaborar e impulsar una síntesis entre socialismo y peronismo. Sus palabras resuenan por estas horas como pocas otras: “La unidad es indispensable y será un paso previo al triunfo popular. Lo principal es para qué hacemos la unidad, cuáles son los objetivos cercanos (como por ejemplo las elecciones) y cuáles los grandes objetivos. Unidad para simple usufructo politiquero, no. Sí, en cambio, para dar las grandes batallas por la soberanía nacional y la revolución social. En la lucha contra el régimen llegaremos más pronto a la unidad, forjada en la acción: dentro del régimen nos esperan sólo frustraciones y derrotas, y pequeños triunfos que serán desastres”.

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