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La Revista

EL CUERPO ROCOSO DE LA REBELIÓN

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Por María Seoane. Directora de Contenidos Editoriales. Lo descubrimos masivamente en afiches y murales a fines de los 60 cuando ardía la Argentina contra el autoritarismo militar, cruzada por insurrecciones obreras y estudiantiles a partir del Cordobazo (1969). Era el artista de esas conmociones tremendas. Fue clave en la ilustración y la gráfica del diario de la CGT de los Argentinos, en 1968, dirigida por Raimundo Ongaro en oposición a la “burocracia sindical”, que tuvo a Rodolfo Walsh como director periodístico. Ricardo Carpani interpretaba ese momento flamígero de rebeliones: los cuerpos obreros desafiantes, sólidos, rocosos, dispuestos a ser verdaderas murallas contra las injusticias y la pérdida de derechos y, además, a ser los sujetos llamados a liberar a otras clases sociales de los padecimientos del capitalismo. Desde 1959 que había integrado el Movimiento Espartaco –nombre en clave de lucha contra la esclavitud, y su opción estética, fusionando el muralismo latinoamericano con la indudable marca de la etapa cubista de su maestro Emilio Pettoruti–, y su tema era la persecución al movimiento obrero, pero especialmente su destino social, la desocupación y las condiciones laborales de explotación. La historia une el destino de su arte con las luchas obreras y sus tragedias: el 23 de agosto de 1962 es secuestrado el obrero metalúrgico Felipe Vallese, delegado fabril y militante de la Juventud Peronista, por fuerzas policiales del gobierno de facto de José María Guido. Vallese tenía 22 años. Nunca apareció. Carpani realizó un afiche tremendo para su búsqueda y su eternidad. Ahí está Felipe Vallese, rocoso, potente, con los ojos cerrados y su rostro joven. Y luego, otro, donde se ven sus puños de piedra levantados y sus muñecas esposadas, que acompañaba la consigna de lucha: “Un grito que estremece, Vallese no aparece”, coreado en todas las marchas de resistencia de los trabajadores a los ajustes; en cada huelga general; en cada rincón fabril donde un grupo de delegados presentara batalla por sus derechos. Este joven obrero martirizado fue el primer caso de desaparición forzada de la historia moderna, ligado a las luchas del peronismo proscripto. Luego vinieron otros murales, otras épicas. Y eso vinculó a Carpani a la Unión Obrera Metalúrgica y a otros sindicatos, como el del Vestido (Soiva), donde su arte era considerado la mejor representación de los trabajadores. Nadie resumió la fuerza y la esperanza de esa clase social en el arte como Carpani. El “brutalismo”, como los críticos del diario La Nación llamaron a su arte, es una definición que expresaba el desprecio de clase de los propietarios: se sentían amenazados por esas enormes figuras, potentes, como gigantes de piedra articulados pero indestructibles, como Carpani consideraba la potencia obrera aun en sus penurias o en sus derroteros. Trabajadores con expresión franca, severa, en grises y blancos, pardos, negros y violetas. La luz está en la contundencia de esos cuerpos indestructibles. Y, como señaló su compañera de vida, Doris Halpin, alguna vez, luego del exilio en 1974, Carpani no dejó de pensar en que sus trazos definían el amor. Lo mostró en sus series “Los amantes” y “Cabezas”. Aun cuando incorporó el color para su serie “Los que están solos y esperan” en la selva de la vida, parafraseando a Raúl Scalabrini Ortiz. Carpani fue, en verdad, el Scalabrini Ortiz del arte político que supo unir al peronismo y al movimiento obrero con la pasión estética. Fue al mismo tiempo el hombre que ama a una mujer, el que sufre por la falta de pan y trabajo y el mismo que lucha esperanzado por un mundo mejor. Es al mismo tiempo, en sus afiches y murales, ese guapo que toca el bandoneón que lo entrevera con el tango. Hoy, en tiempos de regresión y ataque a los derechos de los trabajadores, en el salón Felipe Vallese de la CGT Azopardo el arte político de Carpani tiene su templo para la eternidad. Y en el abrazo de los amantes dibujados por él se puede sentir la fuerza de la pasión. La obra de Carpani parece tan eterna como el agua y el aire, al decir de Borges, y podría agregarse, como una roca.

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