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La Revista

EL COMPROMISO COMO BANDERA

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Por Felipe Pigna. Director General. Ricardo Carpani nació en Tigre en 1930. En 1950 se radicó en París, donde inició sus estudios de pintura. De regreso a Buenos Aires, continuó su formación nada menos que con Emilio Pettoruti. Pudo exponer por primera vez en 1957. Dos años más tarde, junto a un importante grupo de artistas, funda el grupo Espartaco, con el objetivo de que los trabajadores ingresen al arte “con sus gestos airados, su mirada amenazante y sus puños de hierro”. En el manifiesto, el grupo expresaba: “El artista no tiene otro camino para triunfar que el de la renuncia a la libertad creadora, acomodando su producción a los gustos y exigencias de la clase dominante, lo que implica su divorcio de las mayorías populares que constituyen el elemento fundamental de nuestra realidad nacional. Es imprescindible dejar de lado todo tipo de dogmatismo en materia estética: cada cual debe crear utilizando los elementos plásticos en la forma más acorde con su temperamento, aprovechando los últimos descubrimientos y los nuevos caminos que se van abriendo en el panorama artístico mundial y que constituyen el resultado de la evolución de la humanidad, pero eso sí, utilizando estos nuevos elementos con un sentido creativo personal y en función de un contenido trascendente. El arte revolucionario latinoamericano debe surgir como expresión monumental y pública. El pueblo que lo nutre deberá verlo en su vida cotidiana. De la pintura de caballete, como lujoso vicio solitario, hay que pasar resueltamente al arte de masas, es decir, al arte”. Ya para 1961, en plena efervescencia de la resistencia peronista, comenzó a pintar murales, algunos de ellos para las sedes de sindicatos, y a diseñar afiches para el movimiento obrero y organismos de derechos humanos. Fiel a los principios del grupo Espartaco, Carpani transformó a los trabajadores en los protagonistas de su obra. Muchos de esos materiales fueron destruidos durante la dictadura militar. Algunos se conservan en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos. En 1974 se radicó en España y regresó a la Argentina en 1984, donde volvió a pintar murales en sindicatos y organismos de derechos humanos, aeropuertos y hasta en la propia Casa Rosada. Poco antes de morir brindó una entrevista a los jóvenes de H.I.J.O.S. de Rosario, en la que señaló: “Todo lo que existe tiene una razón, todo lo que existe lo ha inventado el hombre, y lo ha inventado para satisfacer necesidades y pienso que el arte tiene que responder a una necesidad que no es meramente ornamental o estética sino social. Por lo menos así apareció históricamente: en las cavernas de Altamira, el bisonte que pintaban en esas cuevas no era para decorar, significaba mágicamente que había intención de cazarlos. El arte tuvo una función utilitaria en sus orígenes y la siguió teniendo al servicio de la Iglesia, y de todos los movimientos renovadores que se fueron dando. No de una manera directa, porque tampoco el arte actúa como un panfleto de propaganda, sino que actúa de una manera emocional e ideológica despertando e impulsando la emotividad de la conciencia de la gente de una manera casi inconsciente. Si no, no sería arte, sería escrito político. El arte auténtico es el que responde necesariamente a la sociedad de la cual surge, y que constituye una respuesta reactuante con esa realidad, para mí ese es el único arte que tiene importancia”. Vaya pues este número homenaje de Caras y Caretas a uno de los artistas más notables y comprometidos de nuestra historia.

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