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La Revista

DESDE EL PRINCIPIO

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Por Felipe Pigna. Director General. La historia-poder gusta de educarnos en la obediencia, inculcándonos desde pequeñitos la idea madre de que las cosas siempre fueron así y así deberán seguir. “Pobres habrá siempre”, decía, en una interpretación recortada de los Evangelios, aquel presidente de triste memoria que se empecinaba en leer las inexistentes “obras completas de Sócrates”. En este marco, una de las preocupaciones primarias fue que nos quedara muy claro que Colón descubrió América en 1492 y que a partir de aquel “venturoso” 12 de octubre, la superioridad, la religiosidad y la inteligencia de los españoles no tuvieron más que aflorar para que todos los pueblos que entraban en contacto con ellos los considerasen dioses dignos de sumisión. Se nos presenta a estas sociedades como zoológicas, hablándonos de sus “usos y costumbres” y no de su cultura, de sus “supersticiones” y “mitologías” y no de su religión. Se los calumnia cuando se los describe como poco afectos al trabajo y sólo se hace justicia cuando se los declara “ignorantes” del concepto de propiedad privada, aunque para la historia oficial eso no es una virtud sino un defecto, entrando así en una de sus tantas y groseras contradicciones: se los cuestiona por no valorar su propiedad privada, a la vez que se avala groseramente el despojo salvaje cometido por los invasores contra las posesiones de los pueblos originarios, generalmente de carácter comunal. Cuando ellos roban se llama conquista y ocupación del espacio, del desierto o expansión del área civilizada. En cambio, cuando los invadidos se defienden se trata de “malones” o “ataques a la civilización”. En conclusión, lo mejor que le podía pasar a esta gente era que muchachos de la “calidad humana” de Colón, Cortés, Pizarro y otros aventureros inescrupulosos la instruyeran en las virtudes de pertenecer al mundo occidental y cristiano, eso sí, como esclavos, sirvientes, encomendados o mitayos. Pero la realidad se empecina en ser distinta, opuesta a esa versión que, aunque en decadencia, sigue vigente en la actual visión de la historia y la política difundida por las cadenas noticiosas  estadounidenses, europeas y, lamentablemente, autóctonas. En ella los habitantes originarios no existen salvo como objeto de curiosidad, cuando son mirados como niños, como agentes del equilibrio ecológico, ciudadanos de segunda. Para que este discurso actual se sustente hay que seguir sosteniendo, aunque modernizada formalmente, la vieja tesis de la conquista arrolladora y borrar de un plumazo los centenares de rebeliones que se produjeron en nuestro continente contra los invasores de todos los orígenes, desde la misma llegada de Colón. Son tantas que sólo podemos mencionar algunas. Con orgullo americano, de 1492 a 1810 prácticamente no hubo un año en que no estallara alguna rebelión de los pueblos originarios; a los que se sumarían, a poco de que el mestizaje diera sus frutos, los criollos. Estas rebeliones constituyen antecedentes insoslayables para reconstruir la historia de oposición al régimen colonial. La elite criolla que protagonizó el proceso revolucionario de Mayo contó entre sus filas con hombres sensibles y conscientes del problema y de los reclamos indígenas. Ejemplo de ello fue Mariano Moreno, que dedicó su primer escrito a denunciar la servidumbre a que eran sometidos, en su “Disertación jurídica. Sobre el servicio personal de los indios en general, y sobre el particular de Yanaconas y Mitarios”, de 1802. También lo fueron Juan José Castelli, enviado por Moreno para dirigir la primera campaña al Alto Perú, cuando declaró, en Tiahuanaco, la libertad de los “indios” y la restitución de las tierras a sus legítimos dueños, el 25 de mayo de 1811, y José Artigas al integrarlos en su movimiento de liberación. Desde entonces, el pueblo argentino ha protagonizado innumerables rebeliones frente al poder. En este número nos ocupamos de algunas de ellas.

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