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La Revista

De oligarcas a plutócratas

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Por María Seoane. Directora de Contenidos Editoriales

Se cumple un año desde la asunción de Mauricio Macri y cien años del fin de la República Oligárquica que expresó Roca cuando luego del voto secreto y obligatorio emergió la República Democrática con el gobierno de Yrigoyen en 1916. La República Oligárquica no dejó de volver por sus fueros. Roca había desplegado un Estado nacional potente, laico y con base en la educación pública, pero cerrado en cuanto a la defensa cerval de las elites terratenientes, el miedo al gaucho y al indio, que fueron aniquilados en las sucesivas campañas del desierto organizadas para el reparto de 30 millones de hectáreas a pocas familias. Si Roca había impulsado la colonización a través de los inmigrantes, no sólo importaba obreros sino ideologías rebeldes, reprimidos luego con la Ley de Residencia que los deportaba sin pan y sin derechos.

La República Oligárquica siguió postrándose con el sometimiento al imperio inglés con deuda externa y pactos espurios hasta su agonía en la crisis mundial de 1930. Su forma de intervención recurrente para volver a asaltar el Estado fueron los golpes militares. Luego de una Década Infame de fraudes electorales, corruptelas y represión a los obreros, los cambios en la estructura económica de la segunda posguerra dieron nacimiento al peronismo en 1945. Juan Perón consolidó su liderazgo popular a través de la refundación del Estado y la construcción de la ciudadela de derechos sociales más profunda de la historia argentina. Se conoció como Estado de Bienestar. Sin representación política, que había cedido a los militares, la gran burguesía agroexportadora –es decir, la nueva oligarquía de posguerra aliada a los EE.UU.– insistió con los golpes de Estado: 1955, 1962, 1966, 1976. La restauración conservadora golpista tenía una idea fija: cambiar la matriz distributiva del ingreso a favor de los más ricos y estatizar sus deudas. A medida que la República Democrática se hacía más profunda y la resistencia a una nueva era conservadora se elevaba, la intervención era más despiadada: el Estado terrorista, en marzo de 1976, arrasó vidas y bienes.

El fin de la dictadura no le permitió a la entente agroexportadores-bancos-empresas multinacionales tener una representación política parlamentaria mayoritaria. Los dos grandes movimientos populares y democráticos del siglo XX, con radicales y peronistas –de Alfonsín a los Kirchner,– se hicieron cargo de la herencia dictatorial y de la del menemismo, que hizo neoliberalismo por cooptación. La crisis de 2001 cerró trágicamente esa etapa. A medida que el capitalismo financiero mundial se hace más voraz, el ansia de restauración conservadora se reformatea. En 2015, último año de Cristina Kirchner en el gobierno, la participación de los trabajadores en la renta nacional llegó al 50,5 por ciento. La primera misión de Macri como presidente en 2016 fue modificarla a favor de la burguesía agroexportadora y de los grandes bancos y mineras: la bajó al 43 por ciento. La creación y consolidación del PRO como partido de la gran burguesía con predicamento popular, y con gerentes en vez de patricios en los cargos públicos, coincidió con la gran crisis de EE.UU. y del capitalismo en 2008. Un origen que también puede rastrearse en el furibundo Donald Trump. La nueva derecha en el poder mundial promete bonanzas mientras anuncia muros: xenófobos y discriminadores a full; tendrá su reprivatización del Estado y la educación pública; pulverizará los derechos laborales, y, en estos arrabales del mundo, negará la historia en busca de impunidad definitiva, para lo que cuenta con los aparatos comunicacionales más masivos y serviciales jamás desplegados. Macri y Trump aparecen como los nuevos héroes del marketing goebbeliano de medios que los exhiben en el Coliseo del capitalismo, finalmente en manos de empresarios y sus gerentes que hablan sencillo hasta para odiar. ¿Es la muerte anunciada de las Repúblicas Democráticas y el comienzo de plutocracias (el gobierno de los ricos) violentas? El nerviosismo del mundo es comprensible. Como lo es el de los argentinos.

 

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