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La Revista

Cursos para llegar a la calle Corrientes

Dramaturgo se nace, pero también se hace. Por eso florecen en Buenos Aires talleres oficiales y amateurs que enseñan las técnicas indispensables para escribir obras de teatro.

Por María Ana Rago
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 El universo teatral es amplio. En ese cosmos existen los escritores de teatro que, por cierto, no son menos autores que los de otros géneros de la literatura. Ellos también son escritores y quieren escribir. Y no son pocos, aunque se trate de una materia no tan popular.

Quien dice que estudia teatro lo hace sobre el supuesto de que hacerlo es asistir a un curso de actuación. Pero el que pretende escribir teatro y está formándose para eso debe decir que concurre a un taller de dramaturgia. ¿De qué se trata? La respuesta no es del todo sencilla.

En Buenos Aires, no sólo existen en la Emad la carrera de Dramaturgia, que en rigor es un curso, no tiene entidad de carrera de grado, y en el Iuna la Maestría en esa misma disciplina, sino que muchos maestros dictan talleres particulares. Y he aquí el fenómeno: la oferta es numerosa y la demanda es alta. Los talleres privados, en general, están destinados a grupos pequeños y son más personalizados e intensivos. En el marco de instituciones, en cambio, suelen dictarse para grupos de alrededor de quince discípulos. Pero en el arte, nada es regla.

El interrogante es qué se enseña en un curso de dramaturgia. “Hay dos aspectos importantes: el desarrollo de la creatividad (el arte) y el oficio (la artesanía). Lo primero no puede enseñarse; lo segundo, sí. El arte está adentro de las personas y lo que un maestro puede hacer es ayudar a hacer conscientes a los dramaturgos de las técnicas inconscientes que usan para bloquear su creatividad y reemplazar esos procedimientos inhibitorios por métodos que estén en armonía con los principios de los procesos creativos. En cuanto al oficio, es clave esforzarse constantemente por adquirir y desarrollar las habilidades artesanales. El trabajo es arduo y largo, y por lo tanto hay que desarrollar dos actitudes emocionales: resistencia a la frustración y persistencia inclaudicable en la reescritura”, responde el dramaturgo Ariel Barchilón.

Quienes se acercan a los talleres de dramaturgia lo hacen con la expectativa de escribir una obra. Pero también, en busca de la posibilidad de estrenarla. “El apoyo del Instituto Nacional de Teatro, de Proteatro y del Fondo Nacional de las Artes es muy importante para que tengan la posibilidad de hacerlo”, expresa el autor de teatro y docente Eduardo Rovner. Pero el motivo por el cual tantos tienen la inquietud de estudiar dramaturgia parece formar parte de un fenómeno mayor. “Nuestra tradición de teatro independiente es única en el mundo”, ensaya Barchilón. Y agrega: “Más o menos a partir del comienzo de la dictadura militar, el sistema teatral experimentó grandes cambios y uno de ellos fue que los roles de autor, director y actor, que en décadas precedentes estaban separados, comenzaron a confluir. Los directores y actores se volvieron autores y también muchos autores se volvieron directores y actores”.

TODOS AL TALLER

Para Javier Daulte –guionista, dramaturgo y director de teatro–, “las expectativas son muy diversas. En general creen que uno puede enseñarles una técnica. Pero no hay tal cosa. Y si la hay, no hay que ir a un taller para conocerla, se lee de un manual. La dramaturgia se aprende escribiendo. En el taller lo que hago es acompañar a los participantes en ese viaje fascinante”. Daulte explica el fenómeno desde otra perspectiva: “Creo que a partir de los 90 (quizá la irrupción del Caraja-ji puede ser un mojón para ubicarnos en la situación de la dramaturgia en la Argentina) se produjo un corrimiento de eje respecto de la estructura de construcción de un hecho escénico. Hasta ese momento el modelo era verticalista. Si eras un actor debutante tenías que actuar en una obra de un autor consagrado y ser dirigido por un director ya reconocido. Si eras un nuevo director, tenías que tratar de convocar a actores consagrados y elegir un texto importante y ya probado. Si eras un autor nuevo, tu obra tenía que ser dirigida por un director reconocido. En los 90 empezamos a trabajar con nuestros pares. Escribíamos, dirigíamos y actuábamos entre pares. Este fenómeno de horizontalidad generó una facilitación a la hora de pensar en escribir, dirigir o actuar. Los jóvenes pueden armar sus historias sin necesidad de buscarlas en los textos ya escritos. Quizá sea una de las razones de la enorme proliferación de dramaturgos en nuestro país”, reflexiona.

“Hay dos grandes mundos: los alumnos que provienen de la práctica teatral y los que no”, distingue el dramaturgo y docente Ignacio Apolo. “Los primeros vienen con la expectativa de organizar en forma escrita las experiencias que tienen en su actividad teatral”, continúa. “Los que llegan de otras áreas no aspiran a producir una obra, sino explorar su creatividad en la escritura, abrir horizontes. Los que vienen del teatro sí quieren escribir porque tienen un proyecto”, dice.

Durante algunos años, Luis Cano participó de la gestación de la Maestría en Dramaturgia del Iuna y fue su director. “Siempre pensé ese espacio como un lugar que permitiera preguntarse permanentemente qué es la dramaturgia. Cabe aclarar que no estudié dramaturgia ni dirección. Creo que le temía a la domesticación, no sé. Hoy doy clases proponiendo que cada uno tiene un teatro personal, muy singular, que es la extraordinaria novedad que cada quien tiene para aportar”, reflexiona. En cuanto a lo que aprenden sus alumnos, dice que “a reconocer su campo de acción y crear sus propias herramientas”.

Otro aspecto del fenómeno es la variedad de formas en las que la dramaturgia se está enseñando. Apolo, además de dictar talleres convencionales, actualmente tiene a cargo el aula virtual de un taller a distancia del Celcit. Y es responsable de un laboratorio de dramaturgia en Santiago del Estero, y en la Universidad Nacional de Salta ofrece talleres.

Para complementar la formación, hay dramaturgos que transitan cursos de actuación. Y en muchos casos, sus primeras obras fueron producidas en el marco de un taller.

“Ser docente interpela constantemente mis posibilidades de saber-hacer y, sobre todo, mis limitaciones. Además, por supuesto, es divertido, apasionante, y una forma de ganarme la vida con el oficio”, resume Bachilón. “Creo que todos los que tuvimos la posibilidad de aprender algo a costa del esfuerzo de una comunidad deberíamos compartir el saber. Además existe la vocación docente: yo disfruto ese ida y vuelta que significa enseñar”, dice Rovner, que fue alumno de Ricardo Monti, figura en la que unos cuantos dramaturgos prestigiosos reconocen a un auténtico formador.

Claro que los maestros de dramaturgia son, además, dramaturgos. Es precisamente esa condición la que los habilita a ejercer la docencia. “Se dice que uno sólo sabe aquello que es capaz de enseñar”, expresa Barchilón. Y a veces se ven obligados a suspender talleres en pos del estreno de sus propias obras.

 

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