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La Revista

El evangelio según el Tío Sam

Por Andrés y Mario Rapoport

Guionista de TV y autor de obras teatrales / Economista e historiador

 

De los millonarios que importaban castillos enteros a los raperos que les cantan al desempleo y sus miserias aledañas, las manifestaciones culturales de los estadounidenses son casi infinitas. Pero siempre tienen algo en común: el deseo de conquistar más consumidores a los que les guste lo mismo.

Por Sin Firma
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La cultura estadounidense se formó como un Moloch que todo lo traga, como bien lo refleja Allen Ginsberg en la segunda parte de su célebre poema “Howl”. Hay que distinguir con lupa el aporte que ha hecho el wasp a esa cultura –el estadounidense de pura cepa, blanco, de origen anglosajón y protestante– comparándolo con el de otras culturas que llegaron a ese país voluntariamente, por necesidad o arrastradas a la fuerza durante la época de la esclavitud.

En 1835 un millonario británico que no conocía los Estados Unidos hizo una generosa donación monetaria al Congreso de ese país, para promover allí la cultura y las ciencias, que se tardó años en aprobar argumentando sentimientos patrióticos: no se deseaba recibir nada de los antiguos amos. Pero el presidente John Quincy Adams revelaba en sus memorias las verdaderas razones: “A los congresistas de las décadas de 1820 y 1830 era más frecuente encontrarlos cometiendo adulterio que leyendo un libro”.

Es decir, desde la misma formación de los Estados Unidos el dinero, el trabajo y la búsqueda del placer inmediato tuvieron mucha más importancia que cualquier otra manifestación cultural o científica. Hombres como Thomas A. Edison simbolizaban el verdadero espíritu estadounidense: la búsqueda práctica para resolver los problemas de la industrialización, diferenciándose del carácter más vinculado a las ciencias básicas de Newton. Sin embargo, la formidable acumulación de riquezas creada por la expansión económica norteamericana con la aparición de los “robber barons” –apodo de los multimillonarios–, como los Rockefeller, los Vanderbilt, los Mellon, los Morgan, y sus sucesores, que conocieron el arte y la refinada cultura europea, generó la necesidad de importarla mediante la adquisición de artistas, artefactos culturales y aun edificios enteros, desde abadías y castillos hasta más recientemente los mismos Halles de París.

En cambio, la industria cinematográfica fue creada por judíos rusos y alemanes escapados del nazismo. La música propia por los negros que cantaban blues en las plantaciones del sur y supieron aprovechar los instrumentos comprados en Europa para inventar el jazz, con Louis Armstrong como abanderado. Esa fue, con el aporte de la canción country y el rhythm and blues, la cuna del rock y la principal contribución moderna a la cultura musical contemporánea.

La pintura del viejo continente armó galerías enteras como el Metropolitan Museum of Art de Nueva York o la National Gallery of Art de Washington, pero Jean-Michel Basquiat se hizo famoso pintando grafitis en las calles de la Gran Manzana. La literatura poseyó expresiones propias como Mark Twain, Walt Whitman, Edgard Allan Poe, Faulkner, Steinbeck, o la novela negra de Hammett y Chandler, aunque también estuvo muy al tanto de los salones, vivencias, amores o costumbres del viejo continente (desde Henry James hasta Scott Fitzgerald y el mismo Hemingway, que se inspiró muchas veces en su experiencia del otro lado del Atlántico, sobre todo en Francia y en España, y terminó viviendo en Cuba).

 

DE BATMAN A BART

Con la fuerza de esa mezcla, el siglo XX, testigo del ascenso de los Estados Unidos como la gran potencia económica, política y militar del mundo, replicó en el plano cultural su modalidad expansionista. La cultura norteamericana, surgida de un caldo de cultivo en el que confluyeron corrientes migratorias de Europa, África y América latina, llevada de la mano de la política imperialista, se convirtió en una suerte de estándar a nivel prácticamente universal con el cual el resto de las culturas debe lidiar. Con la aparición de internet y las redes sociales, donde se dio un impulso decisivo a la horizontalidad y a la más amplia circulación de las manifestaciones artísticas, los productos culturales que emanan del gran país del norte tienen un peso aun más determinante y una capacidad de impregnación que supera por mucho a los de cualquier otra nación.

Es un error común considerar que esto se debe únicamente a la preponderancia que hoy tiene su presencia en prácticamente todas partes. Sobre todo, es gracias a su formidable poder de síntesis: esa capacidad de absorber las más diversas influencias y transformarlas en un “relato” creíble, o al menos parecerlo, para el resto de los países. Desde las películas clásicas de Hollywood (una industria que hoy se rige por los mediocres premios Oscar) con sus narraciones precisas e inolvidables, como las de Orson Welles, o los bodrios multimillonarios al estilo Cleopatra. A su vez, la canción popular, pasando por una meteórica y excéntrica evolución que va de George Gershwin a Elvis Presley, los Beach Boys, Michael Jackson, Madonna y tantos otros, y la invención del pop-art, que elevó esos elementos a la categoría de arte, la cultura norteamericana siempre supo apelar de manera contundente al consumidor, ya sea como estímulo intelectual o como un elemento deformador de su propia cultura.

No es tampoco casual que la figura del “héroe” sea tan central en el universo cultural estadounidense. Ya el concepto de “padres fundadores”, conjuntos de próceres que dieron nacimiento a los Estados Unidos, se ubica en esa línea, y los superhéroes tan populares hoy, provenientes de la historieta –Superman, Batman, los Vengadores y muchos más, todos creados por dibujantes y escritores yanquis–, no son más que la versión hiperamplificada de esa figura, que toca un nervio muy profundo de la idiosincrasia estadounidense: el que conecta con la idea del self made man, hombre (o mujer) que se construye a sí mismo partiendo de un origen adverso, superando todas las dificultades, adquiriendo nuevas capacidades en el camino y llegando finalmente al éxito.

Pero hay otro aspecto de la cultura estadounidense que también explica su ubicuidad y su inigualable poder de seducción: la notoria capacidad que muestra una y otra vez para criticarse a sí misma, muchas veces bajo la forma de la sátira y la parodia, exhibiendo en los mejores casos un humor feroz, poco complaciente y que desnuda una por una todas las miserias de una nación que llegó a dominar el mundo a sangre, fuego y coacciones económicas. Sin ir demasiado lejos en el tiempo, un programa de televisión como Los Simpson es un perfecto ejemplo de este tipo de producto cultural que transmite hacia el afuera una imagen absolutamente degradada del famoso american dream, a esta altura de la velada un sueño que no apunta más que a poseer un sillón cómodo, una tele gigante y snacks chatarra para hundirse en el sopor televisivo hasta el infinito y más allá.

Asimismo, las series de TV más destacadas de los últimos años –desde Los Soprano a House of Cards– o el cine nostálgico y satírico de Woody Allen reflejan el profundo malestar de una sociedad aparentemente “condenada” tanto al éxito como a la crisis, y surcada por profundas tensiones raciales, políticas y económicas. Por eso, aunque se siente obligada a actuar como policía del mundo, no puede ni siquiera evitar que un estudiante estudiante entre a una escuela con armas que compró en Walmart y mate a varios de sus compañeros. Esto se ve claramente también en la música, en particular en el universo del hip-hop, muchos de cuyos artistas, aun haciendo gala de una misoginia rampante y un culto al lujo y al dinero que raya con lo religioso, diseccionan lucidamente los conflictos raciales, el drama del desempleo, el flagelo de las drogas entre las clases más bajas, el sexo casual como vía de escape y el vacío que se esconde detrás de los cantos de sirena del capitalismo de mercado.

Lo que es indudable –tanto si hablamos de productos valiosos como de los otros– es el impulso evangelizador que recorre la cultura de los Estados Unidos de punta a punta: esa búsqueda por conquistar conciencias, gustos y anhelos mucho más allá de sus propias fronteras, con el objetivo concreto de crear consumidores que demanden más y más las formas y contenidos generados al norte del Río Grande. Con las orejas gigantes de Mickey, ese mundo Disney que hoy posee gran parte de la industria cultural estadounidense se asoma en el horizonte del mundo, en cualquier dirección en la que uno elija mirar.

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