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La Revista

CRÓNICAS: LA HISTORIA INOLVIDABLE

La Noche de los Lápices por María Seoane

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La Noche de los Lápices
La Noche de los Lápices 2 (Secundarios)
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Ocurrió un sábado de agosto de 1984. Había viajado a La Plata a visitar a una amiga con quien compartimos parte del exilio en México. Llegué a la casa de María Alaye, hija de Adelina Dematti de Alaye, fundadora de Madres de Plaza de Mayo en esa ciudad, cuyo hijo había sido secuestrado en 1976. Fue Adelina quien me invitó a la proyección de un documental sobre la represión durante la dictadura militar (cuyo nombre ya no recuerdo) en un pequeño local perdido entre diagonales. Cuando entrábamos, escuché a una mujer decir: “No, yo no puedo ir a esa reunión porque estaré ocupada con la Noche de los Lápices”. Me detuve como llamada por un nombre extraordinario por su belleza y dramatismo. Recordé otras noches de la historia: la de San Bartolomé, la de los Cristales, todas matanzas colectivas que precedieron o siguieron a una tragedia. “¿Qué es eso de la Noche de los Lápices?”, le pregunté a María Alaye, que me precedía en el ingreso al local. Me explicó: el secuestro el 16 de septiembre de 1976 de estudiantes de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) de La Plata que habían peleado por el boleto estudiantil gratuito, un permanente reclamo de todos los tiempos. Como los estudiantes eran peronistas, comprendí que el día de los secuestros hubiera sido el 16 de septiembre, fecha en que los militares solían festejar el golpe de Estado contra Juan Perón en 1955. Todos tenían, entonces, entre 16 y 18 años. Un crimen innombrable: las víctimas eran casi niños. Sentí un impulso irresistible por ver a esa mujer que me había despertado tal inquietud que, lo supe más tarde, no me abandonaría nunca. Nunca. Me dijo: “Se llama Nelva Falcone, la madre de Claudia Falcone, una de las chicas desaparecidas”. Corrí a ver si lograba encontrarla, pero ya se había ido. Pedí, entonces, frenéticamente sus datos, sus teléfonos, la manera de verla. El domingo muy temprano logré, desde un teléfono público, que me invitara a su casa. Nos vimos poco tiempo y rehicimos la cita para mitad de esa semana de agosto en la puerta de donde funcionaba la Conadep (Comisión Nacional por la Desaparición de Personas), en el céntrico Teatro San Martín en la Capital Federal. El lunes, aterricé en el entonces diario La Voz y me entrevisté con Vicente Zito Lema, el querido poeta que dirigía el suplemento cultural. Le dije que quería contar esa historia. Y aceptó: en cuanto tuviera la investigación lista, la publicaría. Pero la vida se empecina en curvas y diagonales divergentes, a veces. Por razones laborales –recién conseguía mi primer trabajo seguro en la redacción de El Periodista de Buenos Aires, el semanario más importante de la transición democrática en tiempos de Raúl Alfonsín–, falté a la cita y no encaré la investigación y olvidé, casi como si nunca hubiera ocurrido, aquel fin de semana en La Plata.

TESTIMONIO CLAVE

Nueve meses después, en mayo de 1985, estaba destacada para cubrir el Juicio a las Juntas Militares, como parte de un equipo de El Periodista… que también integraban Horacio Verbitsky, José Antonio Díaz y Martín Granovsky, para la sección Política del semanario. Las audiencias eran en el Palacio de Tribunales, y el tribunal estaba integrado por los jueces León Carlos Arslanian, Jorge Valerga Aráoz, Ricardo Gil Lavedra, Jorge Edwin Torlasco, Andrés D’Alessio y Guillermo Ledesma, y los fiscales Julio César Strassera y Luis Moreno Ocampo. El 9 de mayo, Pablo Díaz, entonces conocido como el único sobreviviente de la Noche de los Lápices –en verdad, el único del grupo secuestrado que prestaba testimonio de manera directa–, habló sin parar durante dos horas y cuarenta y cinco minutos para contar cómo lo habían arrastrado a las fauces de los campos clandestinos del régimen; con quienes había compartido el calvario en una mención de otros compañeros como Francisco López Muntaner y María Claudia Falcone (16 años); Claudio de Acha y Horacio Ángel Ungaro (17 años); Daniel Alberto Racero y María Clara Ciocchini (18), y el mismo Pablo, que en septiembre de 1976 también tenía 18 años. Todos, sin excepción, habían compartido la tortura, la violación y el dolor en el llamado Pozo de Banfield. Todos menos Emilce Moler y Patricia Miranda, secuestradas esa semana de septiembre pero llevadas al Pozo de Arana y luego transferidas y liberadas. Moler testimoniará tiempo después por exhorto, y continuará toda su vida en una militancia de la memoria. Lo cierto es que en medio del dolor del testimonio desgarrador de Pablo, en medio del estupor de cientos de periodistas que lo escuchaban, en medio del estremecimiento rotundo de aquella sala de audiencias, fue posible conocer uno de los mayores crímenes de la dictadura: el asesinato de adolescentes. Afuera, en el hall de Tribunales, en un intermedio del testimonio de Pablo, el abogado humanitario y editor Eduardo Luis Duhalde me escuchó:

–Esta historia es tremenda, tremenda e irreparable.

–Mi editorial Contrapunto sacará el primer libro, Ezeiza, de Horacio Verbitsky. El segundo será La Noche de los Lápices –me dijo.

–Qué bueno. ¿Y quién la escribirá? –pregunté ansiosa.

–Vos –me dijo con una certeza definitiva.

–¿Cómo sabés? ¿Cómo sabés que voy a ser yo? –pregunté, y entonces recordé lo que había olvidado: aquella noche de agosto en La Plata. Y ese recuerdo se tornó en un mandato irreprimible: yo contaría esa historia.

UN CLARO DE LUZ

Apenas terminó de declarar, Pablo Díaz salió de la Sala de Audiencias envuelto en un enjambre de periodistas ansiosos que le pedían por él. Esperé, esperé a verlo alejarse y en las escalinatas del Palacio le di mi tarjeta de El Periodista…:

–Cuando puedas, si podés y querés, claro; cuando estés más tranquilo –le dije apiadándome– llamame. Quiero contar esta historia.

Y ya no me olvidé de Pablo, de la Noche de los Lápices, de los adolescentes secuestrados, de sus familias vejadas, de las mentiras del régimen sobre que ellos eran terroristas, peligrosos guerrilleros a exterminar. En junio de 1985, Pablo Díaz me llamó a la redacción. Y comenzó una historia más larga aún que aquel olvido: me contó detalles y vidas y obras. Visité a la familia de cada uno de los chicos, revisé sus cuadernos, sus memorias, sus juegos, sus pasiones, sus ideales, sus miedos. Sumé, en la investigación, a mi colega Héctor Ruiz Núñez, que avanzó sobre la estructura de la represión, para dar con los dominios de la inteligencia del general Ramón Camps y de sus esbirros más sangrientos, como el comisario Miguel Osvaldo Etchecolatz, uno de los torturadores del Pozo de Banfield, denunciados. Para saber que ese nombre tremendo sobre la operación criminal había sido elegido por uno de los comisarios de la inteligencia de Camps. Los chicos eran militantes secundarios peronistas, sus hermanos mayores en muchos casos pertenecían a Montoneros; ellos mismos simpatizaban con Montoneros. Pablo había revistado en la Juventud Guevarista. Pero todos ellos estaban unidos por la única condición de luchar contra la represión en el movimiento estudiantil que compartían. La Argentina oscura de matanzas históricas encabezada por el general Jorge Videla y el empresario Alfredo Martínez de Hoz había escrito otra página carnicera en la historia nacional.Pero la luminosidad de la memoria, la verdad y la justicia se abrían paso entre los escombros de la muerte. El libro vio la luz en julio de 1986, a diez años de aquella tragedia. Con Ruiz Núñez, pusimos el punto final en la madrugada del sábado 7 de junio –Día del Periodista– de 1986. Contar esa historia fue nuestra fatalidad y nuestro privilegio. Nunca fuimos iguales después de eso. Y nadie, nunca, tampoco dejará de escribir como los lápices de los miles de secundarios que los siguieron y que dieron a la memoria del 16 de septiembre de 1976 su lugar definitivo en la historia nacional, con derechos ya adquiridos como el Día del Estudiante Secundario y el boleto estudiantil gratuito. Como el derecho a participar, una y otra vez, en la batalla por una Argentina mejor.

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