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La Revista

La necesidad de contar la historia

La reciente creación del Instituto de Revisionismo Histórico Manuel  Dorrego crispó los ánimos de algunos historiadores de la academia,  que expresaron su rechazo de manera furibunda. Con la intención de  construir, Caras y Caretas propone abrir el juego al debate.    

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Por Hernán Brienza   

Entre el pasado y el presente hay una filiación tan  estrecha que juzgar el pasado no es otra cosa que  ocuparse del presente. Si así no fuere, la historia  no tendría interés ni objeto. Falsificad el sentido  de la historia y pervertís por el hecho toda la política.  La falsa historia es origen de la falsa política.” La frase pertenece  a ese interesante y zumbón ensayo titulado Grandes y pequeños  hombres del Plata, del tucumano Juan Bautista Alberdi. Y  sirve para pensar los usos que se ha dado a lo largo de estos dos siglos  a la historia argentina: un extenso combate intelectual entre  distintas generaciones y escuelas para apropiarse de un pasado.  Porque en el imaginario social y político quien se adueña de la  memoria colectiva tiene la posibilidad de delinear un futuro compartido.  La pregunta entonces, tras el auge de venta de libros sobre  el tema, es: ¿quién cuenta hoy la historia nacional y de qué  manera lo hace?

Está claro que no hay una sola forma de contar la historia. Desde  el nacimiento de la patria hasta hoy convivieron distintas maneras  de relatar el pasado. Elitistas, populares, revisionistas, divulgadores,  anecdotistas, académicos, todos ellos son hijos y nietos  de las primeras corrientes de la historia que representaron Bartolomé  Mitre y Vicente Fidel López. Pero, entonces, por qué desde  hace unos meses el historicismo académico liderado por Luis Alberto  Romero desde el diario La Naciónha dedicado varias páginas  a cuestionar los recorridos de la historia que ya desde hace  unos años los autores reconocidos como neorrevisionistas, como  Mario “Pacho” O’Donnell, Felipe Pigna, Araceli Bellotta, entre  otros, han iniciado.

Evidentemente enojado a la hora de escribir sus opiniones,  Romero redactó un extenso artículo en el que se arrogó para sí  el derecho de decidir quiénes son “historiadores” y quiénes son  sólo “escritores” y lanzó una caterva de críticas sobre quienes cultivan  hoy el neorrevisionismo histórico. El primer blanco de ataque  fue la celebración que realizó en noviembre pasado el Estado  nacional en la Vuelta de Obligado en homenaje a los protagonistas  de esa épica batalla y, sobre todo, lo que él llamó el “nacionalismo  patológico”.

Romero consideró que ciertos neorrevisionistas cultivan este  tipo de nacionalismo e intentan “transformar una derrota en victoria”,  que existe un “sentido común nacionalista, muy arraigado  en nuestra cultura, a tal punto de haberse convertido en una verdad  que se acepta sin reflexión” y contrapone el nacionalismo,  al que prefiero llamar patriotismo, sano, virtuoso e indispensable  para vivir en una nación, al patológico que predomina en el sentido  común de los argentinos y que define como “una suerte de enano  nacionalista que combina la soberbia con la paranoia y que es  responsable de lo peor de nuestra cultura política. Nos dice que la  Argentina está naturalmente destinada a los más altos destinos;  si no lo logra, se debe a la permanente conspiración de los enemigos  de nuestra Nación, exteriores e interiores. Chile siempre quiso  penetrarnos, el Reino Unido y Brasil siempre conspiraron contra  nosotros. Ellos fraccionaron lo que era nuestro territorio legítimo,  arrancándonos el Uruguay, el Paraguay y Bolivia. La última y más  terrible figuración del enano nacionalista ocurrió con la reciente  dictadura militar. Entonces, el enemigo pasó de ser externo a interno:  al igual que los unitarios con Rosas, la subversión era apá-  trida y, como tal, debía ser aniquilada. Poco después, la patología  llegó a su apoteosis con la Guerra de Malvinas”.

Resulta interesante la operación cultural que hace Romero  porque mete a los nacionalismos dentro de una multiprocesadora  y sugiere que todos los nacionalismos son iguales. No difiere entre  el nacionalismo republicano, el popular, el lugoniano, el liberal  conservador. Para él, todos los discursos son iguales, en un claro  error conceptual y metodológico. Porque uno podría estar de  acuerdo con que una exacerbación de la pasión nacional puede  conllevar cierto tipo de conflictos en su vientre, pero unificar en  un solo párrafo el nacionalismo americanista de Manuel Ugarte  y el de la dictadura militar, el marxista de Juan José Hernández  Arregui con el de Jorge Videla o, incluso, la “restauración nacionalista”  que propone Ricardo Rojas con los desvaríos del general  Leopoldo Galtieri, parece ser una operación cultural difícil de establecer  y sostener. Menos en Romero, que es uno de los historiadores  más reconocidos en los ámbitos académicos.

DOS, TRES, MUCHOS REVISIONISMOS

Las palabras de Romero tienen un fuerte contenido político. Pero  ataca, sobre todo, a la corriente historiográfica que se reconoce  como “revisionista” y que no es otra cosa que la mirada, nacional,  popular, democrática y federalista sobre la historia. Comete  un error que es el merengue conceptual o de categorías, porque no  todo el revisionismo es similar ni tiene las mismas consecuencias.

El “revisionismo histórico” tiene un primer estadio de corte  nacionalista reaccionario y ve a Rosas como un paladín del orden,  de la paz de las estancias, del retorno de lo hispano. El segundo  momento del revisionismo está ligado a la experiencia popular  del forjismo y el primer peronismo. En este momento, Rosas  es revitalizado no sólo por su condición de “estanciero”, sino fundamentalmente  como un símbolo de la soberanía política y la independencia  económica, dos valores fundamentales para la concepción  peronista del Estado y las relaciones internacionales. Es  en esta etapa en que se incluye el ingreso de los caudillos federales  al panteón de los héroes. La historia se vuelve plebeya y los protagonistas  comienzan a ser los “pueblos”, antes que los líderes individuales.

Un tercer momento es la inclusión del marxismo con sus herramientas  de análisis para interpretar el pasado histórico. Los  sectores sociales, las luchas de clases, los movimientos y las representaciones  del bajo pueblo y sus líderes y representaciones  forman parte de los estudios realizados entre finales de los años  50 y 70. El fin de siglo y la crisis de 2001 convocaron a la sociedad  a pensarse a sí misma nuevamente y a reflexionar sobre  su pasado reciente, pero también sobre toda su historia. Y surgió  lo que se denomina, no sin cierta imprecisión, el “neorrevisionismo  histórico”, es decir una nueva mirada política sobre la  historia. Ha crecido tanto esa corriente que, actualmente, se organizó  en torno al incipiente Instituto de Revisionismo Histórico  Manuel Dorrego, cuyo presidente es Mario “Pacho” O’Donnell,  y en el que participamos Araceli Bellotta, Felipe Pigna, Eduardo  Rosa, Eduardo Anguita, Roberto Caballero, Víctor Ramos,  Pablo Vázquez y quien escribe estas líneas, entre otros.  Para aclarar el debate, si uno debiera operacionalizar la categoría  “revisionismo” tendría que prestar atención a algunos valores de  ciertas variables: a) una concepción nacionalista del pasado, ya  sea esencialista, culturalista, territorial o económica; b) preocupación  por la conducta individual respecto de infidelidades económicas  y actos de corrupción; c) una mayor cercanía a la experiencia  federal con sus vaivenes respecto de Rosas y los caudillos; d)  estudio de la incidencia de las potencias mundiales en las políticas  criollas; e) responsabilidad de las elites oligárquicas sobre el estado  del país, y f) una tenaz persistencia en el estudio por los sectores  subalternos de la economía, lo político y lo social.

PADRES E HIJOS 

Las polémicas no son nuevas. El debate capital de la historiografía  argentina se produjo en 1881, cuando Vicente Fidel López, al publicar  su Historia de la revolución argentina, criticó la obra de Bartolomé  Mitre, lo que motivó una polémica notable, condensada  en tres volúmenes, uno publicado por López bajo el título de Debate  histórico, y dos por el general Mitre con el título Comprobaciones  históricas y Nuevas comprobaciones históricas, en 1881 y 1882.  En realidad se trata de la gran polémica sobre la historiografía vernácula,  en la que se enfrentan las dos grandes escuelas estilísticas  del siglo XIX, representadas por López y Mitre. La primera considera  a la historia como un arte, donde lo sustantivo es la reconstrucción  viva de los hechos, haciendo hablar y actuar a los personajes,  interpretando las ideas y las pasiones de la época, en lo que  se considera un acto de resurrección o evocación histórica. López  recoge las versiones de la tradición oral en una narración llena de  interés y color, que atrapa al lector. Como contrapartida, desdeña  el método, no muestra demasiado afán en clasificar los documentos,  no le interesa la verificación de los hechos sino la escenificación  del drama.

La escuela mitrista, en cambio, considera que la historia debe  ser elevada al nivel de una ciencia y basa su mirada en la investigación  de los hechos para poder contrastarlos, a través del examen  crítico de los documentos. De esa manera, intenta recuperar  el método experimental de las ciencias naturales. Mitre define  con claridad esa noción en su libro Comprobaciones históricas: “La  historia no puede escribirse sin documentos que le den la razón de  ser, porque los documentos de cualquier manera que sean constituyen,  más que su protoplasma, su sustancia misma. El documento  es a la historia lo que la horma al zapato que fabrica el zapatero”.  La discusión de los llamados “padres de la historia” abrió la  producción historiográfica en dos: de un lado los defensores de la  metodología como reparo de la subjetividad y aquellos que apostaban  a la reconstrucción y acercamiento del pasado al gran público.  Con brocha gorda, uno podría decir que el mitrismo parió la  “historia profesional” y que López alumbró a los divulgadores.

La escuela liberal tuvo sus herederos en lo que se conoció como  la historia profesional, cuyos representantes prominentes fueron  Emilio Ravignani y Ricardo Levene, José Luis Romero y la Academia  Nacional de la Historia. Esta rama alcanzó su apogeo en  las primeras décadas del siglo XX, y sus continuadores se  reúnen en torno  a la Academia  y los institutos  sanmartinianos  o belgranianos.  Su  Producción intelectual está ligada a los sectores más conservadores de la sociedad,  como el Ejército y la Iglesia, y sus referentes más conocidos  en el mundo editorial son Miguel Ángel De Marco e Isidoro  Ruiz Moreno, entre otros. Se trata generalmente de una historia  épica, de próceres y malditos, cuyo armazón principal –basado en  la máxima sarmientina de civilización o barbarie– toma partido  por la organización liberal.

Esta escuela fue fuertemente cuestionada por la irrupción del  nacionalismo y tomó fuerza la corriente conocida como revisionismo  histórico clásico. Escritores como Adolfo Saldías (Historia  de la Confederación Argentina) y Rómulo Carbia iniciaron el camino  que luego retomarían Carlos Ibarguren con su monumental  biografía sobre Juan Manuel de Rosas, Ernesto Palacio, los hermanos  Julio y Rodolfo Irazusta, estos últimos vinculados con un proyecto  claramente conservador, elitista y de derecha.

En un primer momento el revisionismo se concentró en reivindicar  la figura de Rosas como eje central de un proyecto nacional  diferente al de la organización liberal liderada por Mitre,  Sarmiento y Avellaneda. Pero con el paso del tiempo comenzó  a entroncarse con las tradiciones populares de mediados de siglo  XX como el yrigoyenismo (Gálvez y Raúl Scalabrini Ortiz)  y el peronismo (Palacio, José María Rosa, Arturo Jauretche, entre  otros).

Una de las combustiones más interesantes del revisionismo se  produjo tras el encuentro con el marxismo, ya entrados los 60. El  revisionismo de izquierda –llevado adelante entre otros por Rodolfo  Ortega Peña (Facundo y la Montonera, Felipe Varela), Jorge  Abelardo Ramos (trotskista, autor de Revolución y contrarrevolución  en la Argentina), Rodolfo Puiggrós (comunista, autor de Historia  crítica de los partidos políticos), Milcíades Peña, y más cercanos  en el tiempo Fermín Chávez y Norberto Galasso, entre otros– retoma  algunos de los principales postulados del revisionismo tradicional,  específicamente la centralidad de la contradicción naciónimperio,  y le agrega también la contradicción de clases dentro de  las fronteras, hendiendo la sociedad entre los sectores populares,  encargados de llevar adelante la liberación social y nacional –tal  el lenguaje de la época– y las clases dominantes ligadas con los intereses  del capital trasnacionalizado.

DEMOCRACIA Y DESPUÉS

La instauración de la democracia vino acompañada por la profesionalización  del debate histórico. Durante los primeros quince años  dominó el panorama intelectual la escuela de la historia social –heredera  del estructuralismo francés y el marxismo británico mezclados  con cierto desechos culturales de la historia oficial mitrista–,  de la mano de Luis Alberto Romero y Tulio Halperín Donghi.  Fue la edad de oro para esta corriente que ocupó y sigue ocupando  universidades y centros de investigación. Pero dentro del mismo  espacio académico, el paradigma de la historia social comenzó a  resquebrajarse hacia fines de los 90 con la irrupción de la “historia  cultural” (política, de las ideas, de la vida privada, de las minorías).  El centro más importante de producción intelectual es el Instituto  de la Universidad de Buenos Aires Emilio Ravignani, dirigido  por José Carlos Chiaramonte. Se trata de un espacio que contiene  a académicos como Hilda Sabato, Fernando Devoto, Jorge Gelman  y que fue creciendo al ritmo de la profesionalización del oficio,  de la adecuación metodológica a los estándares de los grandes  centros de investigación.

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