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La Revista

Con una ayuda del Estado

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Por María Seoane. Directora de Contenidos Editoriales

Como toda marca de la cultura de una sociedad, el deporte depende de la promoción activa del Estado. Los Juegos Olímpicos son una expresión máxima de esa intervención, que se despliega cada cuatro años desde fines del siglo XIX, con la sola excepción de las ediciones de 1916, 1940 y 1944, debido al estallido de la Primera y Segunda Guerra Mundial, cuando fracasó el intento más genuino de la humanidad de sublimar en las competencias deportivas pacíficas las violencias por el reparto del mundo capitalista. La Argentina participó de esos Juegos esporádicamente. Pero fue durante el primer gobierno de Hipólito Yrigoyen (1916-1922), cuando el deporte se impulsó como política de Estado, que la participación olímpica tuvo su bautismo como delegación oficial, concretada en los Juegos de 1924 durante la presidencia de Marcelo Torcuato de Alvear. A lo largo del siglo XX, la actuación del país fue irregular en resultados. Las marcas más importantes ocurrieron en períodos en los que reinaron los gobiernos populares del radicalismo y el peronismo. En ellos, más que un negocio de corporaciones y de elites, el deporte fue considerado un derecho humano para el desarrollo más pleno y armónico de la sociedad. El Estado promocionaba a atletas amateurs que se destacaban sin dejarlos presos de su propio origen económico o social. Abundan los ejemplos. La historia indica que hasta 1956 el boxeo fue la categoría que más medallas aportó. Es interesante leer qué ocurrió a partir de 1956, con el golpe militar sangriento contra el gobierno de Juan Perón, y la etapa que vino a poner fin –desde el punto de vista de la elite conservadora– al experimento populista –tal como llaman a los gobiernos populares y democráticos basados en la redistribución del ingreso– del primer peronismo. A partir de los Juegos Olímpicos de Melbourne 1956 comenzó un largo período de magros resultados, en los que la Argentina no obtuvo medallas de oro durante 48 años. El Estado se retiraba de la promoción del deporte, preso ya de negocios privados o estímulos logrados por la pertenencia social o de clase media alta y alta de los deportistas. La historia del auge del tenis lo ejemplifica. Luego de los Juegos Olímpicos de Londres 2012, la Argentina, con un total de 70 medallas (18 de oro, 24 de plata y 28 de bronce), se ubica en la posición número 40 en el medallero histórico de los Juegos Olímpicos. En los Juegos de Atenas 2004, la Argentina recuperó los buenos promedios olímpicos que caracterizaron el período 1924-1952, al obtener dos medallas de oro y seis en total, resultado que se repitió en los Juegos Olímpicos de Pekín 2008. ¿Qué ocurrió? A partir de 2003 se inició el gobierno de Néstor Kirchner y a partir de 2007 hasta 2015, el de Cristina Fernández de Kirchner. El kirchnerismo, esa pesada herencia a la que el gobierno de derecha del PRO se refiere siempre como el sino de todos los males, revitalizó la idea de la participación del Estado como promotor del deporte olímpico. La historia dirá si esta hipótesis es el verdadero hilo de Ariadna que permite el éxito en la salida del laberinto de la pobreza deportiva en la que se sumió el deporte en la era de los golpes militares, los gobiernos neoliberales y las derechas rampantes y guadañadoras de este derecho social, como la actual.

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