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La Revista

COCA-COLA LE GANÓ AL PARTENÓN

Los Juegos Olímpicos son una tradición que se extiende desde tiempos inmemoriales. Y como tal reúne buena parte de la esencia humana antigua y moderna: deportes, hazañas, autosuperación, miserias y negocios. A continuación, un recorrido por una historia sinuosa que convoca al amor y al espanto.

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Por Alejandro Wall. A Coroebo no lo transmitió en vivo una cadena de televisión y tampoco lo patrocinó una multinacional de bebidas gaseosas, pero nadie le quita haber sido el primer campeón olímpico del que supuestamente se tenga registro, en el año 776 a. C., cuando los Juegos eran un homenaje a Zeus, el padre de los dioses del Olimpo. Se dice que Coroebo trabajaba como panadero –o cocinero– en Élide, al oeste de la península del Peloponeso, y que ganó la carrera del estadio, una prueba de 192 metros por la que obtuvo una corona de olivo.

Aunque antes de Coroebo hayan existido otros campeones, otros héroes previos de la Olimpia, su leyenda es parte de la historia de los Juegos de la Antigüedad, un relato en donde el oficio no ocupa un lugar menor: es la construcción de lo amateur, el cocinero –o panadero– que es capaz de imponerse gracias a su físico; ser el más rápido, más alto, más fuerte. “Citius, altius, fortius”, el lema olímpico creado por el sacerdote francés Henri Didon y adoptado por su amigo el barón Pierre de Coubertin desde los primeros Juegos de la Era Moderna, en Atenas 1896. Si bien la hazaña de Coroebo no tuvo televisación, no es para descartar que haya tenido algún sponsoreo debido a su fama de buen corredor. Los historiadores más desconfiados descreen que un panadero –o cocinero– pudiera dejar así nomás su lugar de trabajo y su ciudad para irse a participar de una competición atlética. Y entonces, lo que se podría sostener es que Coroebo no era lo que se dijo que era, o que al menos contaba con apoyos económicos de algún sector de la clase alta de Élide, los que le permitieron tener el tiempo para prepararse, algo que para la época era lo más parecido a convertirse en Usain Bolt, que a los 29 años todavía acumula contratos millonarios, entre Puma, Gatorade, Hublot y Nissan.

Bolt es el más veloz de un olimpismo hiperprofesionalizado y globalizado, que tuvo su mutación desde que el barón de Coubertin empujó la restauración de los Juegos de la antigüedad, rescatando su espíritu y proyectándolos hacia la modernidad. Coubertin trabajó en esa idea durante años hasta que consiguió avanzar con ella durante el Congreso Internacional de Amateurismo que se organizó en la Sorbona de París en junio de 1894, cuando se creó el Comité Olímpico Internacional.

Si Grecia era la referencia geográfica, el modelo deportivo estaba en Inglaterra. “En esta cancha –dice un cartel en la Rugby School, en el condado inglés de Warwick– el barón de Coubertin encontró la inspiración para fundar los Juegos Olímpicos.” La escuela queda en la ciudad del mismo nombre, Rugby, y es el lugar donde, según la leyenda, William Webb Ellis –hay un monumento en su homenaje– inventó el deporte de la ovalada. Aunque los historiadores que estudiaron el asunto pongan en duda el relato de Ellis. En 1883, el francés Coubertin visitó Rugby, entre otras ciudad de Inglaterra, como Harrow, Wellington, Eton y Westminster, y entendió que el deporte tenía que servir como herramienta para educar.

Andrew Mercé Varela cuenta en Pierre de Coubertin, la biografía del barón, que al fundador del olimpismo le gustó el “autogobierno de los estudiantes” que observó en las elitistas public schools inglesas. Aunque ese autogobierno no tenía reglas y generaba todo tipo de violencia. Fue Thomas Arnold, el pastor anglicano rector de la Rugby School, el que empezó a dar pasos para ordenar y pacificar la escuela a través del deporte. Y lo hizo precisamente en el lugar que inspiró al barón de Coubertin.

“La doctrina del ‘Cristianismo muscular’ de Arnold, discutida por otros autores que citan al pedagogo como desinteresado en realidad sobre lo que sucedía en los campos de juego, colocaba al deporte por encima de la formación intelectual. El deporte como formador del carácter, disciplina colectiva, esfuerzo e iniciativa personal y con el único límite que impone el reglamento, decía Coubertin”, escribió en 2012 el periodista Ezequiel Fernández Moores cuando los Juegos Olímpicos regresaron a Londres –que ya había sido sede en 1908 y 1948–, la tierra de origen para las ideas del barón francés.

“Liberal, republicano y reformista, pero a su vez crítico de la Revolución Francesa –agregó Fernández Moores–, Coubertin, cuenta por su parte el periodista británico Andrew Jennings, ‘estuvo también muy influenciado por las ideas del filósofo Frédéric Le Play sobre el paternalismo ilustrado, una doctrina fundamentalmente antisocialista’. Para evitar otro estallido como el de 1789, pensó en los Juegos Olímpicos como herramienta de armonía social que pudiese apoyar el orden existente.” Entre los quince miembros fundadores del COI, con nobles y generales, había un argentino, el pedagogo y abogado entrerriano José Benjamín Zubiaur, quien consideraba que los Juegos Olímpicos eran, antes que una competencia deportiva, una herramienta educativa. Pero Zubiaur, un nombre pocas veces mencionado cuando se cuenta la historia olímpica, no viajó a ninguna reunión europea y el COI lo echó en 1907, a pesar de que en la Argentina se había encargado de promover el deporte para la educación.

Es difícil suponer si en lo que se han convertido los Juegos, 120 años después de su primera edición moderna, es lo que hubiera imaginado Coubertin. Hace tiempo que el amateurismo no es una condición para ser un atleta olímpico. Aunque, en otras épocas, recibir dinero era considerado pecado mortal. Lo sufrió el estadounidense Jim Thorpe, que en Estocolmo 1912 ganó el pentatlón y el decatlón. Como entre 1909 y 1910 Thorpe había jugado por dinero al béisbol, el COI consideró que debía retirarle las medallas y los récords. A Paavo Nurmi le respetaron los triunfos. Pero el atleta finlandés, especialista en fondo y mediofondo, ganador de nueve medallas de oro –y tres de plata– en Amberes 1920, París 1924 y Ámsterdam 1928, no pudo competir en Los Ángeles 1932, acusado por haber cobrado para participar de una carrera en Alemania un año antes de los Juegos.

A Thorpe, que murió en 1953, le restituyeron las medallas en 1982. Nurmi, como símbolo, llevó la antorcha hasta el pebetero en Helsinki 1952. Pero ya le habían impedido ir por el décimo oro. Aun así, hasta que aparecieron la gimnasta Larisa Latynina (Unión Soviética), el nadador Mark Spitz (Estados Unidos) y el velocista Carl Lewis (Estados Unidos), que lo igualaron en sus medallas doradas, fue el atleta con más títulos olímpicos. El estadounidense Michael Phelps arrasó con esa marca nadando como un pez en Atenas 2004 y, sobre todo, en Beijing 2008 y Londres 2012. Tiene 18 medallas de oro. “Hercules en bañadores”, lo llamó el periodista español Santiago Segurola.

Pero, ¿aquellos 192 metros que corrió Coroebo y los 100 metros en los que deslumbra Bolt son el mismo deporte? ¿Las nueve medallas doradas de Spitz podrían compararse con las 18 de Phelps? Cada hazaña está enmarcada en su tiempo. Los de Phelps son los tiempos de los bañadores de ultratécnica. ¿Cómo equipararlo con el rumano Alfred Lajos, ganador de los 100 y los 1.500 metros en Atenas 1896, compitiendo en las aguas abiertas de la Bahía de Zea, con una temperatura de 13 grados, casi una prueba de supervivencia?

“Con los Juegos Olímpicos –escribe el periodista Gonzalo Bonadeo en su libro Pasión olímpica (Sudamericana, 2016)– pasa algo único respecto del resto de las competencias deportivas. En ningún otro ámbito del músculo al servicio del talento, la historia sublima episodios, héroes y villanos hasta emparejarlos con las Cruzadas, los viajes de Marco Polo o el cruce de los Andes.”

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