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La Revista

Actor por Accidente

Daniel Fanego estudiaba abogacía para darle el gusto al padre, pero le interesaba poco. Y un día dejó. Para esa época empezó a mirar a su alrededor con más atención, y empezó a ver un montón de cosas en las que nunca había reparado. Cuando tomó conciencia del mundo, se convirtió en otro para siempre.

Por Cristina Zuker
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A los 55 años admite que, hace exactamente diez, Teatro Abierto le cambió la vida. De galán guapo y mentón varonil, supo reconvertirse en un artista comprometido. Justo él, que reconoce haber pasado parte de esa vida sin enterarse de nada.
En una fría tarde invernal, un café marrón a la vuelta del Teatro Regio sirve de refugio como para que Daniel Fanego se explaye acerca del azar que lo llevó a esta profesión, que para él fue todo felicidad. A punto de darse el lujo de estrenar uno de esos clásicos del teatro que transitaron los mejores, Largo viaje de un día hacia la noche, de Eugene O’Neil, en la cara lleva todavía la emoción de su primer trabajo como actor durante el reciente cumpleaños de Teatro Abierto, escenificando nada menos que el instante final de Armando Santos Discépolo, en El último verso, texto de otra histórica, Patricia Zángano.

–Tus viejos te soñaban abogado.
–Mis viejos eran laburantes, y querían para su hijo un futuro mejor, con posibilidades que ellos no habían tenido. Eran hijos de inmigrantes: mi abuelo, por parte de mi madre, era andaluz, de Almería. Mi abuela, vasca. Vinieron antes de la guerra, pero sin saberlo demasiado. Escapaban del hambre en Europa. Y mi abuelo paterno era de Galicia. Fanego es gallego, viene de fanega. Aunque hay una prima mía que dice que somos marranos, judíos, y que Fanego en algún momento fue Fanagat. Podría ser, nunca lo investigué seriamente, pero me divierte pensarlo. Sobre todo porque por el lado de mi padre había algunos franquistas, y les caería muy bien saber que son judíos (risas).

–Te tocaron épocas complicadas para la carrera.
–Sí, el 72, 73, y como yo pertenecía a esa franja de la sociedad que no estaba politizada, me corrí de la Universidad de Buenos Aires y me fui a la de Belgrano. Hice los primeros dos años más o menos normalmente, y al tercero me toca la colimba, aunque sigo trabajando en la Secretaría de Extensión Cultural de la universidad. Y ahí es donde hago los primeros contactos reales con un escenario, porque me ocupo de remodelar lo que era el salón de actos, y convertirlo en una sala que pudiera ser más multifacética y que, entre otras cosas, se pudieran montar muchas obras de teatro. No sé si llegamos a alguna representación, pero hubo un intento.

–¿Y la colimba?
–Fue un año muy oscuro. La hice en el 76 en el Hospital Naval. Es la primera vez que hablo de esto. Tengo todo fracturado en la cabeza, no podría armar cronológicamente un hilo desde que entro a la colimba hasta que salgo, son como flashes rotos. Y después la negación y el olvido de todo. Me pasó incluso de encontrarme con algún compañero de esa época, y tratar de ahondar un poco y armar el rompecabezas sobre lo que había pasado. Y enseguida la conversación se disolvía. Cuando salgo, rindo Penal II. Me siento a la mesa con el profesor, y atino a una respuesta por un poco de dignidad, me hace una segunda pregunta, y sigo sin saber de qué me habla, me hace una tercera pregunta, y le digo: “No, está bien, lo dejamos acá porque no sé lo que me está preguntando”. “Pero entonces no estudió”, me dice. “No, no estudié.” Creo que me puso un dos, supongo que por la sinceridad. Me levanté y no volví nunca más.

–Vivías todavía con tus viejos.
–Sí. Un día voy a ver La lección de anatomía con un ex compañero de la colimba, y me encuentro con una amiga que había conocido años atrás en un grupo de teatro. Nos invita a comer, me presenta como un actor vocacional, y me ofrecen hacer un reemplazo. A partir de ahí cambia mi vida: cuando me subo al escenario dejo definitivamente de hacer lo que no tenía ganas. Fue una decisión difícil de tomar, sin posibilidad de quedarse a recoger las migajas. Era cruzar de un lado a otro, y ahora, mirándolo de lejos, veo que ese personaje tenía una gran determinación; estaba siendo movido por una fuerza superior a todo lo que había conocido hasta entonces. Y creo que no me equivoqué.

–¿No habías estudiado teatro todavía?
–Lo más importante lo aprendí de la mejor gente que conocí, que fueron los actores, los bailarines, vestuaristas, escenógrafos, mis amigos, esa especie de familia que uno ve cada tanto. El otro día me pasó de encontrarme con un actor que hacía mucho no veía, y le dije: “Te he visto más que a mis primos, a los que no vi en mi vida”. Hay gente que conozco desde hace más de treinta años, con quienes compartí tantas cosas, además de teatro o televisión.

–Pero el vínculo con la política tardó en aparecer.
–Yo no me daba cuenta de lo que estaba pasando ni de dónde estaba parado. De lo que estoy seguro es que el candor se me va cuando salgo de esa colimba horrorosa, y decido dar el primer paso para subir a un escenario. Hasta ese momento iba con las anteojeras puestas, estaba encajado en una posición que me llevaba a una vida en la que seguro no hubiera sido feliz. Yo abrazo la política a partir del teatro. En el 82 me paro debajo de la bandera de los actores peronistas en esa famosa marcha del 30 de marzo por pan y trabajo. La encabezaba Saúl Ubaldini, y terminaron cagándonos a patadas en Plaza de Mayo. Dos días después invadían Malvinas. Esa es la primera vez que tomo una decisión pensada, elaborada. Hasta ese momento no tenía noción ni formación. Más adelante sí: empiezo a rodearme de gente como Danilo Devizia, conozco a Cristina Banegas, a Tina Serrano, a vos. Empiezo a conocer a la gente que vuelve del exilio. Largas horas en la calle Corrientes, largos whiskys, largas madrugadas. Ahí empiezo a tener conciencia, no diría militancia, porque tengo mucho respeto por la militancia.

–Teatro por la Identidad es militancia.
–Teatro por la Identidad fue un acto de amor de un montón de gente, en el marco de la gesta de las Abuelas de Plaza de Mayo. En ese momento me tocó estar en la punta, y tener la noción de decir “es ahora”, como el que ve la jugada y patea el gol. Abel Madariaga fue muy importante. Con Patricia Zángaro le llevamos una obra, Última luna, que después sacamos porque tenía algunas resonancias que mal pensadamente podían ligar con la teoría de los dos demonios. Y él dijo “bueno, no hagan esa obra si no la quieren hacer, pero la sala está”. Y yo le dije “Pero, Abel, hay que escribir una obra, armar un elenco y estrenarla”. Y él dijo: “¿Y? Háganlo”. Fue el productor más tiránico que tuve en mi vida, hermoso. Siento por él un gran respeto: me llamó justo el día en que me estaba mudando y me dijo: “Hermano, encontré a mi hijo”. Es una gran tarea la que han hecho las Abuelas. A mí me cambió la vida Teatro por la Identidad.

–Pensar que hoy damos ejemplo con nuestra política de derechos humanos.
–La Argentina es un país maravilloso en ese sentido. Así como ha sido el país más horrible, porque lo que pasó acá y en Chile sólo ocurrió en la Alemania nazi. También en los países del Cóndor, porque cada vez es más claro que fue un plan sistemático, bancado por la CIA y por Kissinger. Esto ya no es más de militante, está en cualquier fichero.

–Se sigue excavando, descubriendo cuerpos.
–Es la única manera de dejar al descubierto lo que ocurrió. Todo lo que se está haciendo: los juicios a los comandantes y los que siguen, los juicios por la Esma, Vesubio, Olimpo. Y me parece fundamental la identidad de los chicos apropiados por la dueña de Clarín. Porque además es la dueña de un diario. ¿Qué pasaría con la dueña del Washington Post si se supiera que se llevó dos chicos de Auschwitz? Me parece una aberración tratar de ensuciar la tarea de Abuelas y al Banco de Datos Genéticos, que va más allá de este gobierno, y está reconocido internacionalmente. Sé que no me beneficia hacer este tipo de comentarios, pero es lo que pienso.

–¿El multimedios tiene listas negras?
–No creo, pero tampoco hay espacios para escuchar las voces de los actores. Si uno piensa en la cantidad de horas de ficción que teníamos hace unos años y las que tenemos ahora, la reducción de nuestras fuentes de trabajo en TV ha sido sustancial: yo te diría que se han perdido en más de un 70 por ciento.

–Antes eras más calentón. Hay que ver cómo pasan los años.
–Me han acusado de tantas cosas, pero creo que más que nada soy calentón, tengo una cilindrada alta, pisás y arranca, como un auto de carrera. No es para cualquier gil. Como actor me siento en un momento muy plácido, disfrutando y aprendiendo de la tarea a medida que la voy realizando. Parece mentira que después de cincuenta años todavía me lleve tiempo entender. Tal vez sea un poco lento, pero puedo así descubrir las sutilezas de este trabajo que quiero tanto.

–¿Y el amor, la pareja, esas cosas?
–Uno antes le pedía tanto a la pareja, siendo ya tan importante lo que da la relación de amor con otra persona. Estar abrazados una tarde al sol, hacer el amor, planear unas vacaciones, decorar un espacio. Me parece que a veces uno complica la relación. El amor es muy misterioso.

–Pero cuesta vivir sin él.
–Yo no he sabido. La vida fue muy generosa conmigo. Debo agradecer porque tanto con la madre de mis hijos como con mi compañera en este momento he sabido de momentos inolvidables. No me arrepiento un segundo de mi vida. Aunque parezca masoquista, he aprendido hasta de las cosas que me han dolido. Pude aprender, y salir fortalecido de esas situaciones. No sólo en el amor, en todo.

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