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La Revista

ACERCA DE LA REVOLUCIÓN

Los hechos de Octubre de 1917 cambiaron el mundo. Definieron el rumbo geopolítico del siglo XX y aun hoy, en medio de la ola neoliberal que se impone en buena parte de Occidente, son un referente para fuerzas políticas de todo el planeta que no se resignan a la injusticia y la desigualdad.

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Nota de tapa

Por Telma Luzzani. Pocos acontecimientos en la historia fueron tan ampliamente festejados –en su triunfo y en su derrota– como la Revolución de Octubre. “Los diez días que conmovieron al mundo” en 1917 provocaron cambios tan profundos y abrieron tal abanico de expectativas e ilusiones en la población mundial que son considerados por un historiador de la talla de Eric Hobsbawm como “el movimiento revolucionario de mayor alcance conocido en la historia moderna”. Para él, su repercusión es aún más profunda que la Revolución Francesa, y su expansión mundial, sin parangón desde la conquista del islam en su primer siglo de existencia. “Sólo treinta o cuarenta años después del triunfo de la Revolución bolchevique un tercio de la humanidad vivía bajo regímenes que derivaban directamente de ella.”

También su derrumbe provocó euforia. Durante los últimos años del siglo XX, fluyeron ríos de tinta para subrayar el fracaso de la Revolución bolchevique, para pregonar la muerte de las utopías y hasta para decretar –según el temerario politólogo estadounidense Francis Fukuyama– el “fin de la historia”.

¿Por qué se le teme tanto a la revolución? ¿Por qué fue la palabra más reivindicada y más demonizada del siglo XX? ¿Qué deseos profundamente humanos invoca? ¿Qué pasión o qué sueño despierta que hacen poner, de inmediato, a las clases dominantes en pie de guerra? Probablemente, porque en ese proceso excepcional e irrepetible, nada queda sin cambiar: se arrasa con lo viejo, se remueven y quedan expuestas las creencias sobre las que está edificada la injusticia social, se quiebran las estructuras jerárquicas y nace lo nuevo.

El escritor y actual vicepresidente de Bolivia Álvaro García Linera lo explica así: “La Revolución soviética de 1917 es el acontecimiento político mundial más importante del siglo XX”. Y continúa en tiempo presente. “Cambia la historia moderna de los Estados; escinde en dos y a escala planetaria las ideas políticas dominantes; transforma los imaginarios sociales de los pueblos devolviéndoles su papel de sujetos de la historia; innova los escenarios de guerra e introduce la idea de otra opción (mundo) posible en el curso de la humanidad. La revolución actúa como referente moral de la plebe moderna en acción” (¿Qué es una revolución? De la Revolución Rusa de 1917 a la revolución de nuestros tiempos).

LA VOLUNTAD POPULAR

Entre los mitos que rodean la Revolución de Octubre están los de creer que fue “absolutamente espontánea y original o, por el contrario, totalmente manipulada y dirigida por los bolcheviques, en particular por Vladímir Lenin”, acota el politólogo Marcelo Montes, de la cátedra Rusia del Instituto de Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de La Plata. “La realidad fue variada o mixta. Hubo una revolución en 1905, sofocada y reprimida ferozmente por el régimen zarista, que tenía algo de sobrevida todavía en 1917. En ambos casos, hubo guerras que inclinaron la balanza hacia el hartazgo de la gente. En 1904, la guerra ruso-japonesa, que fue una humillante derrota naval para Rusia, y en 1914 la Primera Guerra Mundial, decidida por el zar en contra del pueblo. El antecedente revolucionario de 1905 y la impopularidad de la guerra fueron factores decisivos.”

Pero como es obvio, la revolución no está condensada en un hecho específico, sino que es un proceso macerado en meses y años, “un momento plebeyo en que la sociedad en estado de multitud fluida, autoorganizada, se asume a sí misma como sujeto de su propio destino”, señala García Linera.

En ese contexto de desastre bélico y con una población mayoritariamente campesina y paupérrima, azotada por el hambre y el sufrimiento, las manifestaciones de protesta de Rusia se hicieron multitudinarias. El zar debió abdicar en febrero de 1917. El régimen monárquico fue reemplazado por un poder dual, el Gobierno Provisional, de mayoría liberal, y el Sóviet de Petrogrado (luego Leningrado, hoy San Petersburgo), controlado por los socialistas. La crisis y el descontento en las calles precipitaron una radicalización que avanzó a enorme velocidad y, en ese escenario, era imposible que un doble comando subsistiera en el tiempo o trajera algún tipo de estabilidad.

Por el contrario, esta situación facilitó el camino de la contrarrevolución y, en julio de 1917, la derecha intentó recuperar el poder con un golpe militar monárquico. El Gobierno Provisional de Kérenski se inclinó por la mano dura. Lenin debió exiliarse nuevamente con la sensación de que estaba todo perdido. Sin embargo, la reacción popular ante la amenaza de una contrarrevolución fue extraordinaria y se multiplicaron los sóviets (comités de trabajadores) contra el golpismo en toda Rusia. Cada uno en su trabajo o desde su pequeño lugar de poder colaboró en el fracaso de la asonada militar. El clima revolucionario resurgió de sus cenizas, esta vez en forma definitiva. Obreros, soldados, estudiantes, empleados públicos, marineros y campesinos fueron los protagonistas de las calles. “Los comités de fábrica se convirtieron, desde su nacimiento tras el estallido de febrero, en verdaderos órganos de poder y disputaron palmo a palmo el control de las empresas a los propietarios, contribuyeron a radicalizar el horizonte político y reforzaron la identidad obrera en un país mayoritariamente agrario”, explican Martín Baña y Pablo Stefanoni.

(sigue en la edición impresa)

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