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La Revista

A 42 años del asesinato del Padre Carlos Mugica

El 11 de mayo de 1974, el cura villero Carlos Mugica fue asesinado por la Triple A.

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Carlos Francisco Sergio Mugica Echagüe abandonó el seno de una familia pudiente para entregarse al sacerdocio y a la “opción por los pobres”. Nacido en Buenos Aires, el 7 de de octubre de 1930, Mugica fue uno de los siete hijos de Carmen Echagüe, hija de terratenientes adinerados y descendiente del gobernador Pascual Echagüe y Adolfo Mugica, diputado del Partido Conservador y luego ministro de Relaciones Exteriores del gobierno de Arturo Frondizi . Como él mismo afirmaría años después, el de los pobres le era un “mundo totalmente desconocido”.

En 1949 comenzó la carrera de Derecho en la Universidad de Buenos Aires. En ocasión del Jubileo del año 1950, viajó a Europa con varios sacerdotes amigos, entre ellos Alejandro Mayol, quien luego sería integrante del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo. Esa travesía sería fundamental para madurar en Mugica su vocación dormida. De regreso en Argentina, abandonó Derecho, tras haber cursado sólo dos años. En marzo de 1952, a los 21 años, ingresó al Seminario Metropolitano de Buenos Aires para iniciar formalmente su carrera sacerdotal.

La figura de Mugica comenzó a crecer por esos años: fue nombrado profesor de Teología en la Universidad Del Salvador y en las facultades de Psicopedagogía y de Derecho, y una vez a la semana predicaba una homilía en Radio Municipal. El 18 de octubre de 1965 participó de las jornadas “Diálogo entre católicos y marxistas”, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. A su vez, comenzó a desempeñarse como asesor de la Juventud de Acción Católica, en su ex colegio Nacional. Allí conoció a Gustavo Ramus, Fernando Abal Medina y Mario Firmenich, futuros fundadores de la organización Montoneros  y con quienes Mugica tendría una relación política zigzagueante, atravesada por las diferentes concepciones acerca de la violencia y los límites de la lucha revolucionaria que cada uno de ellos desarrollaría con el correr de los años. Luego de un breve interregno como vicario en la parroquia Inmaculada Concepción de María, Mugica viajó en 1967 a Bolivia, en nombre de monseñor Jerónimo Podestá, para reclamar el cuerpo del Che Guevara.

En la Argentina, un grupo de sacerdotes porteños hizo circular el Manifiesto de los 18 Obispos de Helder Câmara entre sus colegas y propuso la formación del llamado “Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo” (MSTM). Mugica, que se encontraba por ese entonces en París, se enteró a través de una carta del nacimiento del Movimiento. Y viviría en carne propia el “Mayo Francés” de 1968.  Poco después, viajó a España donde visitó al general Perón y luego a Cuba, a instancias de John William Cooke . Su visión del cristianismo y los contactos políticos y religiosos acumulados a lo largo de ese año, conjuraron para que, de regreso a la Argentina, Mugica se convirtiera en un miembro destacado del MSTM.

Mugica regresó a la Argentina un mes después de clausurado el encuentro episcopal de Medellín. Al bajar del avión, se enteró que había sido reemplazado en la capellanía de la escuela “Paulina de Mallinkrodt” a manos del capellán castrense Julio Triviño. Sin embargo, la parroquia San Martín de Tours había decidido abrir una capilla en la villa de Retiro y confió al Padre Mugica su desempeño.

Cuando en noviembre de 1972, Perón regresó al país en el famoso vuelo charter de Alitalia , Carlos Mugica fue uno de los miembros de la comitiva. Perón, a su vez, visitaría la capilla Cristo Obrero a comienzos de diciembre de ese año y Héctor Cámpora  haría lo propio unos meses más tarde, ya convertido en primer mandatario del país. El Frente Justicialista de Liberación (FREJULI), le había ofrecido a Mugica un lugar como candidato a diputado por la Ciudad de Buenos Aires, pero el sacerdote, siguiendo la línea del MSTM, lo rechazó. Tras la asunción de Cámpora, el 25 de mayo de 1973, Mugica aceptó, sin embargo, un cargo no rentado como asesor del Ministerio de Bienestar Social. Poco después lo abandonó por sus diferencias con José López Rega.

Los años setenta pondrán al MSTM ante el desafío de posicionarse como religiosos frente a la lucha armada. En 1970, uno de sus miembros, el Padre Alberto Carbone sería encarcelado, acusado de participar en el secuestro y asesinato del General Pedro Eugenio Aramburu. La máquina de escribir de Carbone, asesor nacional de la Juventud de Estudiantes Católicos, había sido utilizada para redactar el comunicado con el que Montoneros se adjudicó el fusilamiento: esa ligazón lo convirtió en culpable ante los ojos de las autoridades que lo bautizaron el “Padre Montonero”.

Ese mismo año, Mugica junto al Padre Hernán Benitez, antiguo confesor de Eva Perón, ofició el funeral de Fernando Abal Medina y Carlos Ramuslos líderes y fundadores de Montoneros, quienes el 7 de septiembre habían muerto abatidos por las fuerzas de seguridad en la localidad bonaerense de William Morris. El diario La Razón publicó una transcripción -según Mugica, “cargada de inexactitudes”- de la homilía pronunciada por él y Benitez, y a causa de eso ambos sacerdotes fueron detenidos el 14 de septiembre y liberados una semana después. En prisión, Mugica se enteró que el arzobispado lo había suspendido en sus licencias ministeriales por el lapso de 30 días.

Lo cierto es que muchos integrantes del MSTM mantenían relación con los ahora principales dirigentes de las “formaciones especiales” pero a la vez rechazaban la lucha armada. La relación entre Mugica, Abal Medina, Ramus o Firmenich era cercana pero se volvería tensa a medida que estos últimos comenzaban a concebir a la violencia armada como una de sus herramientas políticas principales.

Mugica rechazaba la lucha armada pero a la vez, imbuido de esos “signos de los tiempos”, de esa denuncia a la opresión reconocida hasta por la propia Iglesia, no desconocía la violencia como una respuesta posible de parte de los oprimidos y las víctimas de la “violencia institucional”. “Del Evangelio no podemos sacar en conclusión que hoy, ante el desorden establecido, el cristiano deba usar la fuerza. Pero tampoco podemos sacar en conclusión que no deba usarla -declaró en una entrevista a la revista 7 Días en 1972 . Cualquiera de las dos posiciones significaría ideologizar el Evangelio, que más que una ideología es un mensaje de vida. Pasará Marx, pasará el Che Guevara, pasará Mao, y Cristo quedará. Por eso pienso que es tan compatible con el Evangelio la posición de un Luther King como la ideología de un Camilo Torres”.

Definido públicamente como un “no-violento”, Mugica se erigió en una voz contraria a la lucha armada a medida que la proscripción sobre el peronismo se deshilachaba y esa “identidad popular” volvía a ser reconocida en el teatro político. Para Mugica el regreso de Perón y la asunción de un gobierno constitucional obligaba a cambiar de estrategia y deponer las armas. El 7 de diciembre de 1973, en una misa en conmemoración por la muerte de Abal Medina y Ramus, Mugica citó a la Biblia diciendo: “Hay que dejar las armas y empuñar los arados”. Mugica parecía avanzar por la línea de tiempo de la historia por un camino demasiado personal y zigzagueante para las exigencias de la época. Referente popular en Retiro -donde en 1973 formaría el Movimiento Peronista Villero-, daba misas tanto para los fundadores de Montoneros como para Osvaldo Bianculli, guardapespaldas de José Ignacio Rucci, o Isabel Martínez de Perón. La cúpula eclesiástica desconfiaba de él, sindicándolo como miembro de las organizaciones guerrilleras y un hombre que había convertido su misión pastoral en política. Mientras tanto, la revista El Caudillo  ligada a la derecha peronista, se preguntaba si Mugica “está al servicio de los pobres o tiene a los pobres a su servicio”, antes de acusarlo de “bolche”. Dos años antes, una bomba había estallado en su casa de Gelly y Obes; desde entonces las amenazas serían recurrentes. “Nada ni nadie me impedirá servir a Jesucristo y a su Iglesia, luchando junto a los pobres por su Liberación”.

El sábado 11 de mayo de 1974, a las ocho y cuarto de la noche, Carlos Mugica salió de la iglesia de San Francisco Solano, ubicada en la calle Zelada 4771, en el barrio de Mataderos. Acababa de ofrecer la misa vespertina y de llevar a cabo una reunión con un grupo de preparación al matrimonio. Mugica salió de la parroquia junto a Ricardo Capelli y María del Carmen Artecos, y caminaron hasta el auto del sacerdote, un Renault 4-L azul, matrícula C-542119, que estaba estacionado junto a la iglesia. Cuando se disponía a subir, alguien lo interceptó. Un hombre, según testigos, delgado y de bigote hirsuto, bajó de un auto estacionado en las inmediaciones y abrió fuego.

El agresor efectuó veinte disparos con su ametralladora Ingram M-10, de los cuales quince impactaron en el cuerpo de Mugica. Varios le perforaron el abdomen y el pulmón. Al escuchar los gritos y los disparos, el Padre Vernazza salió de la iglesia. Vio a Mugica en el suelo; aprovechó a darle los últimos sacramentos. Dicen que Mugica sonrió y guiñó un ojo; dicen que alcanzó a decir: “Nunca más que ahora debemos permanecer unidos junto al pueblo”.

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